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Agua: ¿Cuidamos el tesoro o lo seguimos tirando?

Hoy arranca el mega corte de agua en CDMX, te dejamos este reportaje que ofrecerá luz sobre la situación del líquido vital en la actualidad. Nuestras ciudades serán viables sólo si los propios ciudadanos participamos en el cuidado del bien más preciado: el agua.

Foto: Pxhere

La señora A. Suárez vive en los suburbios al norte de la capital mexicana, en el barrio de Satélite, Estado de México. Vive sola porque después de morir su marido, sus hijos formaron su propia familia y sólo la visitan los fines de semana. La casa, de unos 1,000 metros cuadrados, tiene una pequeña alberca y un jardín. Mantener en buen estado el césped, las flores y los árboles requiere de agua, mucha agua, la cual dispensa con manguera y aspersores. Pero tiene un inconveniente: la señora Suárez se queja del precio del agua y del servicio, que no siempre es constante. Ha llegado a echar mano de pipas para llenar la cisterna, lo cual le resulta aún más oneroso e incluso la lleva a pensar en vender su residencia.

A menos de 40 kilómetros de ahí, atravesando la Ciudad de México, está el barrio de Santa Cruz Meyehualco, Iztapalapa. Ahí unas 600,000 personas viven con carencia importante de agua, situación que se ha recrudecido año tras año desde la década de los sesenta. Por esos rumbos la familia Hernández Ortiz, de cuatro miembros, debe comprar agua de garrafón, contratar pipas y hasta bidones del líquido que son transportados por burros para proveerse del ansiado recurso. Pero ese no es el único problema de los Hernández: la sobreexplotación de los acuíferos ha hecho que el suelo sea inestable, los cimientos de su casa se hunden y los sismos infunden terror.

Estos dos casos ilustran lo diverso y complejo que es el problema de dotar de agua a las grandes concentraciones humanas del país. Cada una extrae agua de fuentes hídricas diferentes, que suelen ser explotadas a un ritmo superior al que la naturaleza puede reponer. Esta situación se agudiza pues pocos son los centros urbanos y rurales del país que se surten en ríos, manantiales o presas, las llamadas aguas superficiales. Así es que son las subterráneas las que proveen de 75% del líquido potable de las ciudades de México, es decir, hay que sacarlo del subsuelo.

Se calcula que en nuestras urbes viven 65 millones de personas, y desde luego también ahí están los grandes desarrollos industriales. Pero no sólo las aguas subterráneas resultan importantes para las ciudades, también dotan de agua a las 25 millones de personas que habitan las zonas rurales. En otras palabras, 80% de todos los mexicanos dependen de esos, digamos, ríos subterráneos o, mejor dicho, “sistemas de flujo”.

No obstante, para manejar esas aguas subterráneas es necesario desarrollar un plan integral. Y si bien los administradores requieren de estrategias para reusar el agua, estabilizar los acuíferos explotados y recargarlos artificialmente es muy necesaria la participación de los usuarios para conservar y usar racionalmente el líquido. Y lo más importante: aminorar su consumo.

El nuevo gobierno que tomará posesión en diciembre, en la figura de la experta internacional y futura cabeza de la Comisión Nacional del Agua (Conagua), la doctora Blanca Jiménez Cisneros, anunció que se encuentra desarrollando una Política Hídrica Nacional basada en cuatro pilares: derecho humano al acceso de agua potable; desarrollo productivo sustentable; gestión de cuencas tanto superficiales como subterráneas, y gobernanza justa del agua, dando prioridad al uso eficiente de los recursos, que resultan tan escasos.

Un aspecto que llamó la atención es lo que Jiménez Cisneros definió como “el rescate de los conocimientos, saberes y tradiciones milenarias para la gestión del agua, y un cambio de visión en la implementación de políticas públicas hacia la generación de proyectos de vida, eliminando la devastación ambiental”.

En breve podremos atestiguar las diferencias y semejanzas que esa estrategia guarda con el Programa Nacional Hídrico de México 2014-2018, de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales, que incluía ordenar el uso del agua en cuencas y acuíferos, y cuyo objetivo era fortalecer la gestión integrada y sustentable del agua.

¿Cuánta agua usamos?

Algunos cálculos estiman que alguien con muy buena cultura del agua gasta unos 3,000 litros por mes, es decir, unos 100 litros al día. Ahora piense cuántas veces usa el inodoro, cuánto tarda bañándose, cómo lava la ropa, los trastes, cómo limpia los pisos, con cuántas cubetas lava el coche o riega las plantas. Quizá la cuenta sume más que esos 100 litros diarios.

Sin embargo, gastar mucho más que eso no tiene consecuencias importantes en el bolsillo, porque por cada metro cúbico de agua que consuma una familia –1,000 litros–, suele costar mucho menos de lo que vale un garrafón de agua purificada. Llenar un tinaco en la capital del país cuesta menos de… ¡tres pesos!

Rodrigo Riquelme, ingeniero chileno especialista en agua de la oficina mexicana del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) confirma a Contenido que en promedio un mexicano usa entre 200 y 250 litros por día, dentro y fuera de su casa. “El precio del agua es menor a la capacidad económica del país; un metro cúbico vale 0.55 centavos de dólar –como 9.5 pesos–, en economías semejantes a la mexicana el precio suele ser de un dólar –o sea 20 pesos–”.

Al estar subsidiada y resultar barata, la gente en muchas ciudades del país no suele cuidar el agua debidamente. Y eso en parte se debe a que los ciudadanos no dimensionamos lo que implica llevar el agua a los centros de consumo. Se calcula que bombear agua hacia la Ciudad de México, situada a 2,200 metros sobre el nivel del mar, cuesta al año unos 130 millones de dólares (alrededor de 2,400 millones de pesos). La cantidad de energía que eso implica equivale a lo que consumen ciudades enteras del interior de la República.

Alguien que sabe de esto por haber estado en dos administraciones al frente del Sistema de Aguas de la Ciudad de México (Sacmex) es el ingeniero Ramón Aguirre Díaz. Este Sistema es particularmente complejo porque gestiona el agua para una de las más grandes concentraciones humanas del continente. “Olvídese de las fugas que tiene la ciudad [se escapa 40% del agua por las tuberías en mal estado], el consumo de los domicilios está arriba de 30,000 litros por bimestre, o sea cada hogar consume en promedio más de 500 litros diarios”, asegura y puntualiza que el consenso de los organismos internacionales en cuanto el derecho al consumo humano del agua es de, únicamente, 50 litros por persona al día.

Tal cantidad puede parecer insignificante, pero hay zonas muy desérticas en donde ese volumen es el que garantiza la sobrevivencia. El funcionario, quien deja su cargo el 5 de diciembre de este año, explica: “Hay categorías éticas en el consumo del agua: uno es el derecho humano y otro el ciudadano. Hay gente a la que le encanta tener un jardín padrísimo, y se vale, pero ese jardín no es un derecho humano. Lavar un coche con agua de calidad es un derecho ciudadano, no uno humano. Alguien puede querer tener una alberca en su casa, la ciudad se lo permite, pero que no pida que le subsidiemos el agua. No debe haber subsidio para lavar coches, regar jardines o llenar albercas”.

Para el ingeniero Aguirre parte de la solución pasa por disminuir el consumo, tener medidores y tarifas diferenciadas. “La solución total no sólo depende de que la gente consuma menos agua, pero suma […]; cuando se hace una planeación en materia de resolver un servicio sustentable, sin comprometer a las generaciones futuras, vemos todas las opciones. Una es: ‘seamos eficientes en la red de distribución’; otra dice ‘recarguemos el acuífero’, otra dice ‘voy a reusar el agua residual tratada’. Entonces hacemos las cuentas y vemos que no alcanza para resolver el problema. Se requiere bajar la demanda”.

Tanto en la capital como en otras grandes ciudades, los asuntos a resolver parecen semejantes: reusar el agua; tratar aguas residuales; tener medidores para quienes tengan servicio regular; reparar las fugas en los hogares; recargar los acuíferos; mantener los colectores y, a menudo, traer más agua de acuíferos lejanos.

Y todo eso cuesta mucho dinero. Aguirre informa que el costo del proyecto integral tan sólo para la CDMX es 280,000 millones de pesos, unos 15,000 millones de dólares.

 

Aguas con la ducha

“El gran gastador en las casas es la regadera”, dice Ramón Aguirre, director del sistema que opera el agua en la Ciudad de México. “Unos cinco minutos para que salga la caliente, y otros 10 de la ducha, suman 15 minutos. En una regadera normal que tira 15 litros por minuto, en una bañada ya se fueron más de 200 litros”.

Se recomienda poner una cubeta debajo del chorro para usarla posteriormente en el WC. Además, ya está comprobado que es suficiente tomar duchas de, máximo, cinco minutos.

Otras opciones

Las cifras, cuando se habla de garantizar el suministro de agua, suelen ser de vértigo. El doctor Óscar Escolero Fuentes, geólogo e investigador de la UNAM, explica a Contenido que la inversión que se ha manejado para poner al día el sistema de la metrópoli más grande del país parece desproporcionada. Sugiere explorar un paradigma que no incluya construir más infraestructura para traer agua de otras fuentes, sino que identifique los lugares donde es más conveniente extraer agua de los “sistemas de flujo”, los acuíferos. Esa sería una solución más eficiente y sustentable, sostiene.

Escolero es coautor de un texto de referencia en este sentido, publicado el año pasado: Manejo de la recarga de acuíferos: un enfoque hacia Latinoamérica del Instituto Mexicano de Tecnologías de Agua (IMTA), el cual otorga ejemplos mexicanos e internacionales exitosos que vislumbran soluciones para los sistemas sobreexplotados. Y no sólo eso: junto con otros expertos lanzará a fines de este octubre Hidrogeología de México (publicado por la UNAM y el IMTA) otra obra que identifica los 65 sistemas de flujo del país, dónde inician y dónde terminan, una especie de mapa subterráneo que “podría ser la base para un nuevo ordenamiento de la gestión del agua en México”, anuncia el geólogo.

El investigador está convencido de que los ciudadanos podrían colaborar de dos formas: ahorrando gracias al acopio de agua de lluvia para usarla en los baños, el riego, lavar coches, etcétera, pero también para infiltrar agua de lluvia hacia los sistemas subterráneos. “En muchas ciudades se capta el agua de lluvia de los techos, y lo que hace falta son estudios institucionales que nos digan cómo se puede hacer de forma adecuada, colonia por colonia”, sugiere Escolero.

Incluso las empresas podrían hacer infiltración a gran escala, señala, pero está el impedimento constitucional de que toda el agua que entra al acuífero es propiedad de la nación. “Así no hay incentivo para infiltrar –dice–, hace falta modificar la legislación, porque hay industrias que necesitan agua dispuestas a invertir y para no provocar un impacto al sistema podrían infiltrarla y luego usarla. En otros países hay ejemplos de este tipo”.

Respecto a aumentar las tarifas para disminuir la demanda del líquido, el geólogo coincide con el director del Sacmex: “A alguien con mucho dinero no le importará tirar el agua, la tarifa no le hará ni cosquillas. Mientras esta no llegue a un nivel donde realmente impacte, no se preocupará. Y para que eso pase, podría afectar también a la gente de bajos ingresos”.

Entonces, ¿hay que pagar más?

Rodeado de innovadoras propuestas de todo el mundo al participar en la Semana del Agua en Estocolmo, Suecia, el director de la organización civil Agua Capital, Eduardo Vázquez dice a Contenido que los esquemas y soluciones para la gestión del agua deben basarse cada vez más en la naturaleza a través de proyectos con infraestructura verde –conservación de bosques y ecosistemas, agricultura sustentable, recarga e infiltración del acuífero, cosecha de agua, parques hídricos–, que se complementen con los tradicionales.

Reconoce que el problema es tan complejo en algunas regiones del país que se demandan de múltiples prácticas, “al tiempo de requerir una moderación en el consumo con esquemas que administren la demanda, porque ningún gobierno por sí mismo lo puede resolver. Como ciudadanos hay que cambiar hábitos, con moderación y racionalidad en el uso, y ni se diga tener la obligación del pago por los derechos de agua”.

Al parecer hay consenso: se debe cobrar más realistamente, cuidando no afectar a los sectores sociales vulnerables. “Cuesta tanto extraer el agua, transportarla, depurarla y llevarla a los puntos, que se requieren inversiones muy importantes; se necesita que se cubran los derechos como cualquier otro servicio, tales como la luz o el gas”, señala Vázquez. Entonces, ¿cuánto se debe cobrar por el agua?, se le pregunta. “Depende de cuánto cueste llevar el agua a determinados espacios, pero teniendo presente que hay sectores desfavorecidos en donde la autoridad debe subsidiar aquellos casos que realmente se justifiquen”.

 

Focos rojos y verdes

“Hoy la pregunta que todos nos hacemos es cuál es la mejor forma de aprovechar los recursos hídricos para tener agua potable, para riego, para no tener inundaciones, recargar el acuífero y tener un desarrollo social y económico sustentable”, resume Rodrigo Riquelme, ingeniero del BID, banco que financia proyectos hídricos en Latinoamérica. Señala que la cobertura promedio de agua potable que tienen los mexicanos es de 95%, altísima, “comparable con Europa”, pero sólo un 61% de la población tiene continuidad y calidad en el servicio y un sistema de alcantarillado aceptable.

Los contrastes son inevitables y algunos incomprensibles. El semidesértico estado de Nuevo León, “donde está el mejor operador del agua” según Riquelme, tiene 96% de servicio continuo, pero Guerrero, entidad con recursos abundantes, apenas llega a 17%.

El especialista resalta casos de gestión e iniciativas eficientes en algunas ciudades del país. Menciona, además de Nuevo León, a Guanajuato, Puebla, Aguascalientes, Querétaro, la sonorense Hermosillo o el municipio mexiquense de Naucalpan.

El IMTA, por su parte, llama la atención sobre algunos casos en los que debe ponerse máxima atención. Además de la Ciudad de México, hay estados costeros, por ejemplo Yucatán, que podrían observar el problema de la intrusión marina en los acuíferos de agua dulce, debido al alza en el nivel del mar. Otros que merecen atención por los posibles problemas trasfronterizos con Estados Unidos, son los acuíferos de Tijuana-San Diego, Cuenca Baja Río Colorado, Sonoyta-Papagos, Nogales, Santa Cruz, San Pedro, Conejos Médanos-Bolsón Mesilla, Valle de Juárez-BoIsón Hueco, El Burro–Edwards (Trinity), y Cuenca Baja Río Bravo/Grande.

Riquelme, del BID, al igual que los demás expertos consultados, insiste en que la gran ausente en este escenario es una Ley de Agua en México que sea consiste con lo que se hace en los municipios, los estados y la federación. “Se espera que en algún momento los responsables se pongan de acuerdo para que México tenga un regulador que ponga multas a los operadores por no entregar un buen recurso, que tenga tarifas para ricos y pobres, que garantice recursos para infraestructura, que imponga un sistema de calidad… si el sistema es eficiente y bien planificado, poco importa si lo administra el Estado o el sector privado”.

Cita los casos exitosos de Medellín, en Colombia, donde la operación es municipal y tan buena como la de Santiago de Chile, que le vendió toda la infraestructura a un operador europeo, y el nivel de servicio y continuidad son muy altos amén de que la tarifa es relativamente moderada.

Para satisfacer el derecho que cada persona tiene al agua, hay tantas alternativas como cuencas diferentes existen, y los gobiernos harán bien en tomar ese toro por los cuernos, antes de que ocurran cataclismos por el cambio climático. Al mismo tiempo no hay que olvidar que todos, tanto quienes tienen industrias, ranchos, piscinas e incluso necesidades mucho más modestas, comparten la misma responsabilidad:

Porque como inicia un poema de Amado Nervo, adaptado a eslogan oficial sobre el agua: “¡Con ella, todo; sin ella, nada!”.

 

¡A recargar acuíferos!

Se necesita un plan integral para manejar aguas subterráneas, que involucre a los usuarios y estrattegias por parte de los administradores para estabilizar los acuíferos explotados y recargarlos artificialmente. El agua que se inyecta al subsuelo debe ser de buena calidad para no contaminar el líquido limpio. Puede provenir de aguas “meteóricas” –lluvia, nieve– que se colectan en instalaciones urbanas, escurrimientos, presas y aguas residuales debidamente tratadas (hay unas 1,132 plantas en el país que podrían cumplir este objetivo) a través de técnicas como infiltración inducida en los márgenes de los ríos; pozos, túneles y perforaciones, modificaciones en canales y captación de agua de lluvia.

1,489 km3 de agua recibe el país en promedio por precipitación (lluvias).

1,066 km3 de agua se pierden por evaporación.

423 km3 es lo que resta de agua líquida.

92.3 km3 de agua es lo que los acuíferos reciben de recarga.

30.4 km3 son extraídos de esos acuíferos.

653 son los acuíferos identificados en el país.

106 son explotados intensivamente; se extrae más agua de la que se recarga.

17,742 m3 al año era la disponibilidad de agua que cada mexicano tenía en 1950.

3,982 m3 al año era la disponibilidad por mexicano en 2013.

Fuente: Conagua, IMTA

 

Por José Ramón Huerta