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Una nueva “fiebre del ladrillo” acecha la costa española

A un lado el azul del mar, al otro el verde de los pinos y en medio Aiguafreda, una de las últimas calas casi intactas de la costa mediterránea española, amenazada por un nuevo afán constructor después de años de crisis económica.

En Cataluña, en Andalucía o en las islas Baleares, numerosos proyectos urbanísticos frenados por la crisis de 2008 se reactivan con la bonanza económica y hacen temer a las asociaciones ecologistas una nueva “fiebre del ladrillo” en la ya saturada costa española.

Solo en la Costa Brava, un centenar de kilómetros de agreste litoral al noreste de España, la plataforma SOS Costa Brava contabiliza una veintena de proyectos para construir hasta 2.000 viviendas.

De ellas, 260 corresponden a una nueva urbanización en la cala de Aiguafreda. Parado durante quince años por problemas de los inversores, trabas administrativas y la crisis económica, el proyecto va a ser relanzado por unos nuevos propietarios.

“Sitios como este, tan verdes y con tan pocas casas, quedan muy pocos. Nos espeluzna que lo podamos perder”, dice Estel Rumbau, de la plataforma Salvemos Aiguafreda, observando este idílico paraje del municipio de Begur.

Anclada entre un pequeño macizo y el Mediterráneo, esta rocosa cala de aguas cristalinas cuenta con sólo un puñado de casas camufladas entre los pinos.

El ayuntamiento se dice incapaz de detener la construcción: el suelo ya está proyectado como urbano y expropiarlo para recalificarlo costaría entre 50 y 70 millones de euros de los que no disponen.

“Mi voluntad sería hacer cero casas pero nuestras armas son las que son. Intentaremos que sean las menos posibles”, defiende el alcalde Joan Manel Loureiro, asegurando que no habrá más de cien nuevas viviendas.

No es un caso singular: al otro lado de la colina de Aiguafreda, seis excavadoras allanan ya el terreno para edificar 26 apartamentos de lujo con espectaculares vistas hacia las islas Medas, un espacio natural protegido más al norte.

También hay proyectadas unas 60 viviendas en la vecina cala de Sa Riera y en el municipio contiguo de Pals, el ayuntamiento prepara un nuevo plan urbanístico que permitirá una nueva urbanización de 1.000 viviendas en lugar de un pinar centenario crecido sobre unas dunas naturales.

Y en el pintoresco pueblo del genio surrealista Salvador Dalí, Cadaqués, en la franja norte de la Costa Brava, se levantarán un centenar de casas y un hotel en una zona limítrofe con un parque natural.

En Begur, los vecinos temen una mayor saturación en verano, cuando la población pasa de 4.000 residentes habituales a más de 20.000 y los atascos colapsan la carreterita que une sus calas.

“Se comprarán una casa y no podrán ir a la playa porque no habrá sitio, querrán una barca pero no tendrán donde fondearla, no podrán tomar una cerveza en el pueblo porque no hay estacionamiento. Aquí no hay más capacidad”, protesta Miquel Collado.

“Renacer del ladrillo”

Proyectos similares florecen por toda la costa española, denuncia Greenpeace: un hotel en uno de los pocos espacios vírgenes de la playa de El Palmar en Cádiz (suroeste), miles de viviendas, hoteles y dos torres de treinta pisos en Roquetas de Mar (sureste) y varios complejos de lujo a pie de mar en la isla de Mallorca (este).

“Hay un renacer del ladrillo”, advierte Pilar Marcos, responsable de biodiversidad de Greenpeace España, que presentó en julio un informe sobre el frenesí constructor del país.

Según este informe, desde 1988, a pesar de que ese año se aprobó una pionera ley para proteger la costa, la urbanización del litoral español se duplicó, con zonas con más del 90% del territorio construido.

Como símbolo de este periodo de excesos quedó el hotel del Algarrobico, un monstruo de 21 plantas construido en un parque natural de Andalucía condenado a la demolición por una sentencia del Tribunal Supremo.

Ahora, con la recuperación económica y la paulatina reactivación del sector inmobiliario, “estamos tropezando con la misma piedra”, lamenta Marcos.

La mayoría de estos proyectos se ajusta a la legislación, dificultando su paralización, reconoce esta activista, reclamando al gobierno una protección más restrictiva del litoral para evitar una mayor masificación. AFP