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Jóvenes posponen boda y pañales

Crece el número de mexicanos jóvenes que no encuentran el mejor momento para casarse y, por consecuencia, para tener hijos.

Eduardo, Alexander, Juan, Eli, María. Todos ellos son mexicanos urbanos, cuentan con estudios universitarios y tienen trabajos que les ofrecen las prestaciones básicas. Sólo uno de ellos rebasa los 30 años y la mayoría asegura estar en una relación estable de pareja. Lucen sanos, con el vigor propio de la juventud. Estas características, hasta hace muy poco tiempo, conformaban un esquema social ideal en México para casarse y pensar en tener familia que incluiría hijos, pero resulta que salvo una persona de este pequeño grupo al que Contenido consultó, ninguno otro planea casarse en corto plazo. La idea de criar hijos, por ende, luce aún más lejana.

Para uno de ellos, Eduardo Campa, de 34 años, la idea de matrimonio está asociada con algo muy concreto: demasiados gastos. “La vivienda es cara, una boda cuesta mucho, los salarios son bajos y hay que tener un espacio propio, para no estar con los papás”, dice, y sin embargo agrega que “no me desagrada la idea del matrimonio y también he pensado en tener hijos”.

Alexander Camacho, de 28 años, coincide en las complicaciones económicas y añade que aunque tiene novia, ella no ha terminado su carrera y él ni siquiera sabe si la joven quiere casarse. “Lo hemos hablado, pero no seriamente. Quizá podríamos vivir juntos en un año y en cuanto al tema de los hijos, sí, está presente, pero es caro mantenerlos”.

Juan Hernández, de 26 años, también ha hablado con su novia sobre vivir juntos, pero de casarse, nada, al menos no hasta cumplir el requisito de la vivienda independiente. “Hoy los ingresos ni siquiera te permiten rentar, entonces preferimos esperar hasta poder comprar algo. En cuanto a los hijos, sería máximo uno, pues ese es otro gasto, para que alcance ambos padres deben trabajar y entonces, ¿quién cuidará a los hijos? ¿Los abuelos? No, no es justo”.

La óptica de María Esparza parece un poco diferente. Ella tiene 24 años, pero no se plantea si a los 30 ya debe estar casada o a los 35 debería tener una familia completa. “No estoy cerrada a la opción, si conozco a alguien y en tres años me caso, okey. Si dentro de 10 o más apenas conozco a esa persona y me casó a los 37, está bien. Primero quiero realizarme como persona, profesionalmente, viajar, conocer gente, nuevos lugares. No quiero verme como amigas mías que a la mitad de la carrera se embarazaron y tuvieron que dejar de estudiar para trabajar. Sus planes se vieron truncados”.

Eli Albores, en cambio, decidió a sus 27 años que es buen momento para casarse. Dice haber hallado a la persona correcta, tiene relativa estabilidad económica y cumplió con ciertas etapas vivenciales. Reflexiona: “No muchas amigas mías se han casado, quizá dos de un grupo de 20. Entre ellas hay quienes sí quieren casarse pero no tener hijos, y otras que quieren familia pero no encuentran al novio que quiera casarse”. Ella misma considera que lo del reloj biológico para la maternidad “es un mito, depende de cada caso, hay quien sí quiere tener hijos y quienes no. Es más psicológico, más social que instintivo”.

Albores hace hincapié en que las cosas en este terreno constantemente mutan: “A los más chavos que nosotros les está entrando otro chip, si mi generación es la de ‘no me quiero casar; nos vamos a ir a vivir juntos’, a los que tienen apenas 20 o 21 años no les importa tanto, porque entienden que casarse no es una restricción, con el papel [legal] no dejan de tener amigos ni dejan de ser profesionales o tener objetivos. Sólo cambia el estatus, no la persona”.

Dinero, uno de los factores

En los países escandinavos como Suecia, conocidos por su liberalidad y desarrollo social, la edad en la que los jóvenes se independizan y salen de su casa es 21 años, según datos del Foro Económico Mundial. Es cierto que los sueldos en esos lugares son los más altos de Europa, lo cual influye en la posibilidad de los muchachos nórdicos para abandonar el nido familiar.

En el México del siglo XX solía suceder algo semejante, los jóvenes abandonaban la seguridad del hogar tempranamente, pero un estudio de una plataforma para hallar y compartir apartamento destacó que hoy la edad en la que los jóvenes mexicanos salen de sus casas está aumentando: el promedio está ya en la antesala de los 30 años (28.9). “Desean independizarse al terminar la carrera o durante el comienzo de su vida profesional pero, por cuestiones económicas, deben aplazarlo varios años”, explica Pamela Olvera, fundadora de DadaRoom.com, el portal y app que generó la investigación. Sus datos apuntan a que aunque las personas quieran independizarse, la precariedad en el empleo en México hace que muchos jóvenes vuelvan con sus padres en espera de mejores tiempos. “Regresan cuando ya no les alcanza para pagar la renta”, dice Olvera.

Es cierto: el aspecto financiero es un tema clave para las decisiones que están tomando millones de personas que se encuentran en la franja generacional conocida como millennials, es decir, los que hoy tienen entre 20 y 34 años, que suman unos 25 millones en México. Según datos aportados por Adulting, consultora financiera para personas en este rango de edad, casi un millón de jóvenes no tienen empleo; sólo un 13% de los que sí lo tienen gana unos 12,000 pesos mensuales y únicamente 4.4% supera esa cifra de ingresos.

Hay más datos que demuestran la situación económica apretada: un estudio del banco HSBC descubrió que casi todos los millennials desean comprar un inmueble en los siguientes cinco años, pero también la mayoría admitió que necesitaría un mejor salario para lograrlo. No es poca cosa si recordamos que esta generación representará, en 2025, alrededor de 75% de la fuerza laboral de este país.

Si bien no parece ser el único factor para que las personas empiecen a modificar sus patrones de comportamiento para tener pareja fija y en consecuencia hijos, tampoco resulta extraño que una situación económica complicada influya en una transformación de pautas sociales, pero según los especialistas consultados por Contenido, no sólo la falta de recursos económicos inhibe el deseo de las personas a establecer relaciones a largo plazo, lo cual incluye la crianza de hijos.

Se alargó la vida

El doctor Alfonso Mejía Modesto ha observado este fenómeno desde hace años, como asesor de diversos organismos de la ONU y Consejo Nacional de Población (Conapo), así como en su trabajo en el Centro de Investigación y Estudios de Población de la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEM). Con base en estadísticas sostiene que, sin duda, la gente en general está posponiendo el matrimonio, en 15 años, es decir una generación, la unión legal entre dos personas se redujo en México en 21.4%.

Tales rangos en un país de jóvenes son palabras mayores: el cálculo señala que en México hay 38.6 millones de personas entre los 12 y 29 años de edad. Mejía Modesto apunta que los esfuerzos de organismos privados y públicos por erradicar el matrimonio infantil, tanto en zonas urbanas como rurales, ha surtido efecto. La teoría y los modelos sociológicos que suelen sustentar esas iniciativas indica que entre los 18 y los 22 años de edad se está en una “trayectoria ideal” pero no necesariamente para casarse, sino para poder concluir los estudios y la incorporación al mercado laboral de ellas y ellos.

Además de lo anterior, el investigador señala otro factor clave: con la política social de los últimos 40 años ha habido un incremento de la esperanza de vida, que hoy ya llega a 70 años. “Eso afecta al modelo cultural en el que había de casarse muy jóvenes”, dice, aunque eso no implica que deje de valorarse “la figura del matrimonio, la familia o la unión, sino que las personas buscan llegar a ello en mejores condiciones educativas y laborales”.

Las cifras parecen coincidir con la práctica del doctor en Psicología Clínica José de Jesús González Núñez, experto en temas de masculinidad, autor y compilador de 30 libros, quien acepta que ese promedio de vida que se ha ampliado, influye en los jóvenes para quienes “hoy da lo mismo tener hijos a los 25, a los 27 o los 30 porque piensan que si van vivir 40 o 60 años más, ¿qué más da?, no es significativo esperar un poco más”.

Además, asegura que al menos desde 1968 las mujeres experimentaron una rápida evolución, en tanto que los hombres lo hicieron de modo más lento pero que ya se manifiesta en “querer responder a la responsabilidad, estar seguros de que lo que harán esté planeado y tengan un futuro claro”.

Aunque el doctor González no desprecia la importancia de factores externos como el económico, llama la atención sobre otros aspectos del mundo interno: “Se fijan en su educación, en el empleo, incluso en viajar y en las experiencias de vida, para después no arrepentirse de no haber hecho ciertas cosas, por eso no les importa postergar cinco o seis años su relación de pareja y los hijos”, afirma el también presidente honorario del Instituto en Psicología Clínica y Social.

Las mujeres, por su parte, han descubierto que aunque tienen un número limitado de óvulos y por tanto un tiempo acotado para la procreación, “hallan deleite en la relación de pareja, en convivir y no tener que distraer su tiempo con hijos. Se sabe que en una mujer un hijo ocupará de su vida un mínimo seis años, hasta que este termine la primaria, y entonces se están preguntando si prefieren el rol de pareja al de madre”.

González Núñez, luego de investigar la masculinidad por décadas, recuerda que desde hace mucho se afirma que la mexicana es una sociedad adolescente. “Pero hemos comprobado que el hombre sí ha evolucionado en los últimos 50 años. Más bien pasa lo opuesto: al estar retrasando una relación de pareja permanente, estable, fija, amorosa y monogámica, ha evolucionado, se ha vuelto más hombre. Los machos están fatigados, ya no son los proveedores –porque las mujeres están dispuestas y pueden serlo–, y no se casan precisamente por hacerse responsables de no embarazar, lo que antes no les importaba. Lo inmaduro es lo contrario, casarse y embarazar. ¿Los hombres quieren tener hijos? Sí; pero hasta que estén preparados. Y eso está pasando también con las mujeres: están renunciando a tener hijos o lo hacen más tarde”.

El elusivo compromiso

No todos piensan que la sociedad va caminando hacia una etapa de mayor madurez. La directora del Centro de Especialización en Estudios Psicológicos de la Infancia (CEEPI), Claudia Sotelo Arias, acumula experiencia clínica con jovencitos y sus familias, y aunque coincide que existe una postergación –no un rechazo– al concepto de matrimonio y de tener hijos, aduce que las razones parecen más psicológicas, internas. “Justifican la postergación por un ‘crecimiento’ social, profesional, económico, pero el egoísmo es la razón más oculta; a la generación de jóvenes de veintitantos se les dificulta mucho compartir, están ensimismados, sólo se ven a sí mismos –dice–. Les es difícil pensar en tener un compromiso, una pareja, vivir con alguien compartiendo dinero, tiempo, crecimiento profesional. Otra razón aún más profunda es la gran inmadurez emocional que no los deja acercarse, y eso es resultado de los patrones de crianza”.

La psicoanalista Sotelo observa que los padres en las ciudades mexicanas suelen dedicar muchos años criando pero también engrandeciendo a sus hijos. “Les dicen que son únicos e irrepetibles, guapos y hermosos”, y lo que logran, dice la especialista, es formar personas inmaduras y egoístas a las que se les dificulta mucho la tolerancia a la frustración. “Ante cualquier cosa desechan tanto lo material como a las personas, las parejas”.

De hecho, cuando las parejas no se casan legalmente pero viven juntas, “cohabitan pero mantienen de alguna manera su independencia –explica Sotelo–, parecen decir: ‘no te metas con mis macetas y yo no me meto con las tuyas, si no te gusta me llevo mi tele y mi refri’, pero en el fondo hay un gran miedo. Pueden durar años siempre y cuando no se metan de más; hacen acuerdos económicos, mitad y mitad, cada quien llega a tener su leche o su yogur. Eso las puede hacer mantener el acuerdo y perdurar”.

 

¿Qué sigue?

El hecho es que, según investigaciones, los patrones están cambiando. A partir de los estudios del doctor José de Jesús González, el modelo clásico donde el hombre provee y la mujer está en su casa sin salir, y su trabajo es cuidar a los hijos, suma un 16% de la población según la curva estadística. Del otro lado, donde es totalmente libre la relación, se ubica otro 16%. Pero el 68% mayoritario refiere al que está luchando por aplazar la unión y los embarazos.

Justo en esa amplia franja de personas es donde el anterior consenso cultural de nacer, ir a la escuela, entrar a trabajar, casarse y procrear para conformar un nuevo ciclo está experimentando transformaciones profundas.

“México ha cambiado. Los medios, el contacto con otras sociedades occidentales y el hecho de que las parejas vivan juntas es parte del proceso, del ‘quizá no me caso’, del ‘quizá no tenga hijos’. Además la posibilidad de regresar con los papás contribuye a salir más tarde del hogar –resume el doctor Alfonso Mejía de la UAEM–. Ya la edad promedio para dejar el nido es superior a los 27 años. La ‘trayectoria unilineal’ que citan los estudios ya no es la única y hoy tenemos ‘navegaciones’ en el que el joven ya no sigue ese camino. Este fenómeno señala que hoy ya no hay un destino único para las personas”.

Mamás prematuras

Si bien crece el número de las jóvenes que están retrasando la procreación, en México también se da un fenómeno preocupante: las niñas y adolescentes madres. Existe una estrategia federal contra el embarazo prematuro –conocido como Enapea–, que intenta erradicar del todo esa situación, en lo rural y lo urbano, en dos fases. Una es pase enfoca en mujeres de 12 a 15 años, dado que esos embarazos están relacionados con abuso y violencia sexuales. La segunda fase se dirige a mujeres entre 15 y 18 años, para quienes la Enapea busca que posterguen el embarazo para concluir sus trayectorias escolares y no obstaculicen su proyecto de vida.

Más allá de los abusos que podrían castigarse incluso penalmente, “el embarazo adolescente se da por muchas razones –dice dice Claudia Sotelo, directora del CEEPI–, pero muchas veces se debe a la falta de autoridad, la falta de un padre y una madre afectuosos, constantes y presentes”.

¡Busca tu propia familia!

Se suele afirmar que las nuevas generaciones no sienten la necesidad de salir de la casa familiar para labrar su propio destino, pero para el doctor Alfonso Mejía, experto en temas de población, la autonomía de la gente en México se ha complicado. “Los jóvenes no salen del nido porque no tienen asegurada la primera casa, o el primer empleo con prestaciones, así no logran sus objetivos y la emancipación. Hoy 40% de los jóvenes en México vive en pobreza”.

El académico explica que un modelo multidimensional de carencias mide la pobreza, y atraviesa el ingreso, el mínimo para garantizar la sobrevivencia y ciertas condiciones de alimentación. Así, los jóvenes de hoy suelen exhibir, al menos, dos de estas carencias:

– No tienen seguro de vida y prestaciones de ley.

– No tienen una afore.

– No tienen una vivienda con piso, techo y paredes firmes.

– No tienen los servicios básicos de luz, agua y gas.

– No tienen los instrumentos para salir del rezago educativo (no sufren analfabetismo pero hay rezago si no han concluido la primaria, secundaria o la educación básica superior).

 

Por José Ramón Huerta