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Testamentos: renuncia a la riqueza y encierro conventual

 

 

 

El testamento de sor María Josefa Dominga de San Pantaleón, una monja poblana de la época virreinal, muestra cómo se disponían de los bienes materiales después de la muerte de alguna religiosa.

 

Los testamentos notariales son un tesoro documental para conocer las disposiciones de las personas que muestran el deseo de repartir sus bienes a la hora de su muerte. La documentación notarial genera gran cantidad de información, como los nombres de los individuos que acuden para hacer pública su disposición final, sus riquezas mayores o menores y el destino de las mismas. En general es información económica, pero no totalmente.

No obstante, no sólo se disponía de los bienes en el punto final de una vida, sino también, al menos en la época virreinal (siglo XVI al XIX), en el medio religioso femenino que testaba antes de ingresar perpetuamente a un claustro.

Es el caso –entre otros muchos de los que poco se conocen a pesar de la extensa documentación– del testamento del 4 de octubre de 762 de sor María Josefa Dominga de San Pantaleón, religiosa novicia del monasterio de la Santísima Trinidad de la ciudad de Puebla de los Ángeles.

El convento concepcionista angelopolitano fue fundado en 1619, bajo la licencia del rey Felipe IV y las monjas fundadoras provenían del convento de la Concepción de la misma ciudad. Fue el sexto claustro fundado y respondió a la necesidad de dar abrigo a mujeres que no deseaban el matrimonio o bien que sus padres no podían pagar las dotes matrimoniales que ascendían a cantidades tan elevadas que sobrepasaban el pago de la dote a un convento de monjas, el cual variaba entre los 3,000 y 4,000 pesos oro.

Pensaríamos que las monjas en clausura, una vez aceptadas, no volverían a tener contacto con la sociedad. En absoluto, y prueba de ello es la escritura notarial de los testamentos que se ordenaron para saldar cuentas con la propia sociedad.

El documento que presentamos como muestra es el de la monja sor María Josefa Dominga de San Pantaleón quien lo dirigió al Dr. Manuel Ignacio de Gorozpe, Provisor y Vicario General de la diócesis de Puebla: “Con el mayor rendimiento que debo y porque el tiempo de mi sagrada profesión se acerca, suplico… para poder disponer mi testamento antes de hacer los votos religiosos”. Es decir, una renuncia a todas sus pertenencias, símbolo de muerte, para obtener la libertad de vivir la vida conventual, sin ninguna atadura material.

Cuando se profesaban los votos perpetuos de pobreza, castidad, obediencia y permanencia al convento, las religiosas debían renunciar a sus riquezas futuras, es decir, la herencia de sus padres, hermanos, tíos, etc., como mejor les pareciera.

En el caso de la monja sor María Josefa Dominga, lo que recibiría como capital en el futuro, por herencia de su padre, dejó en claro que se debían pagar en primer lugar el costo de la celebración de 50 misas a los sacerdotes seculares o religiosos de la ciudad de Puebla, para la salvación de su alma y la de sus padres; otro tanto por las peticiones y favores recibidos a la Virgen de Guadalupe; el pago de la dote que aportó su padre, el señor don Gregorio Martínez Solís, al convento de la Santísima Trinidad, el cual ascendía a 3,000 pesos; y lo que sobrara de su herencia se destinaría a colocar el capital a censo para que con los réditos no le faltara “por todos los días de su vida en alivio y socorro de mis necesidades religiosas y por mi fin y muerte gocen de dicho usufructo”.

Otro rubro en que deja claro el destino de su herencia fue para el sostenimiento del culto de Nuestra Señora de la Concepción del templo del convento donde la religiosa habitaba, así como para misas cantadas en honor de la virgen.

El caso de la religiosa Dominga de San Pantaleón no era excepcional. Generalmente las religiosas pertenecientes a la regla de La Concepción provenían de las clases acomodadas y al ingresar llevaban consigo sus futuras herencias. Sin embargo, a la hora de la profesión solemne donde eran aceptadas de por vida, debían destinar sus herencias como mejor les pareciere ya que una vez admitidas no podían tener riqueza alguna a título personal,.

Por último, la herencia de la religiosa concepcionista también alcanzaría a sus hermanas y sobrinas, lo que nos arroja como información que el capital que recibiría era suficientemente amplio para amparar los gastos de la “muerte espiritual” y preparar el matrimonio místico.

Quien quiera leer el documento completo puede ingresar a nuestro sitio de internet: www.cehm.org.mx fondo 239.2 (CCXXXIX-2).