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¿Por qué se nos pega esa canción?

¿Ha escuchado repetitivamente un ritmo en su cabeza de forma involuntaria? ¿Repite incesantemente el mismo verso hasta el hartazgo? ¿No le gusta la canción pero conoce toda la letra? No se preocupe, este artículo le será de ayuda.

Los últimos meses trajeron consigo múltiples sorpresas y sucesos inesperados, pero también mostraron una constante muy persistente: los hits de reggaetón que encabezaron los top list musicales más populares en nuestro país y de varios países del orbe.

Quizá se pregunte cómo es que un género tan polémico, repudiado por tantos, se coló en el gusto del público, pasando de la marginalidad a los escenarios y plataformas de élite de nuestra sociedad.

Con esa duda Contenido se dio a la misión de investigar cómo es que ciertas canciones llegan a nuestros oídos, se instalan en nuestra cabeza y se niegan a marcharse. Con tal objetivo entrevistamos a expertos en el tema con la esperanza de resolver la incógnita y, tal vez, hasta aprender a componer un auténtico hit.

Si bien las teorías sobre el nacimiento de la música son diversas, hay que partir del principio de que esta se desarrolló simultánea a la evolución humana. ¿Cuál es el cometido que cumplió desde entonces hasta nuestros días?

La doctora en Cognición Musical por la UNAM, Gabriela Pérez Acosta, data las primeras investigaciones que vincularon a las emociones con la música en la década de los setenta del siglo pasado. “Con el desarrollo de ciertas técnicas de investigación se abordó la psicología de la música desde la cognición y la neurociencia cognitiva”, señala.

Con esa y otras herramientas los fenómenos relacionados con la apreciación o la generación del arte son estudiados por la Neuroestética, la aplicación de la neurociencia a las bellas artes, añade el doctor Hugo Sánchez Castillo, presidente de la Sociedad Iberoamerica de Neurociencia, “la cual busca encontrar los correlatos neuroconductuales, qué estructuras se prenden o qué sistemas modulan” cuando el individuo se enfrenta a un hecho artístico.

Pero, ¿es posible descubrir por qué nos gustan ciertas canciones y otras no?, se le pregunta. El doctor Sánchez se lo atribuye a una cuestión social: “El ritmo nos gusta porque forma parte de nuestra filogenia y ontogenia. Desde que está en el vientre materno, el bebé se mueve con el ritmo que tiene el cuerpo de la mamá, un movimiento monótono, mesurado; nacemos con la costumbre de ese ritmo, por lo tanto, este nos atrae sin importar el género”.

Esto busca demostrar que la preferencia por ciertos géneros tiene que ver con la exposición que tuvimos a ellos desde pequeños, el ambiente en donde crecimos, la sociedad en ese momento, “y eso no implica que los hijos de padres rockeros tengan predilección exclusiva por la música rock, pero sí será mayor la probabilidad de que la alta exposición a ciertas agrupaciones influya en su preferencia”, agrega el también jefe del Laboratorio de Neuropsicofarmacología y Estimación Temporal.

Para Gabriela Pérez Acosta también licenciada en Piano por la UNAM, es importante “cuando se hace investigación sobre música, desde la perspectiva que sea y sobre todo desde las que se conocen como ciencias duras, no perder de vista que la música es un fenómeno social y cultural, entonces está definida y delimitada tanto por la relación que tenemos nosotros mismos como individuos ─con toda nuestra complejidad─ con la música, como el papel que juega esta dentro de la sociedad a la que pertenecemos”.

 

El top ten de México en 2017

  1. Felices los cuatro /Maluma
  2. Venta pa’ acá /Ricky Martin ft. Maluma
  3. Por enamorarme /Ariel Camacho y Los Plebes del Rancho
  4. Reggaetón lento / Bailemos (CNCO)
  5. Shape of you /Ed Sheeran
  6. Chantaje /Shakira ft. Maluma
  7. Despacito, Remix /Luis Fonsi ft. Daddy Yankee y Justin Bieber
  8. Let me love you /Dj Snake ft. Justin Bieber
  9. Despacito /Luis Fonsi ft. Daddy Yankee
  10. Culpable tú / Alta Consigna

(Fuente: Claro música, 2017.)

Es tan malo el reggaetón?

Los productores y compositores Luis Jiménez y Agustín Zubillaga consideran que el género de moda, que incluso fue tocado en la pasada final de la copa futbolera en Rusia, “es uno más de entre todos los géneros, igual de válido, como los colores, un color más de toda la paleta. Mucha gente lo critica por las letras que puede tener, aunque igualmente eso sucede en el hip hop, el rap o el rock. Es un proceso que ha sucedido mil veces”.

Jiménez y Zubillaga, jóvenes venezolanos, ríen al imaginar a los padres de la década de los sesenta regañando a sus hijos por escuchar rock: “¡Esto no es música!”, imitan con tono entre enfadado y risueño. “Si pensamos en la Revolución sexual propia de esa época, era natural que los temas en la música reflejaran sexualidad o erotismo, tal vez a nosotros ya no nos escandaliza, pero ante otro contexto temporal, esas letras representaban una audacia”, dice Agustín Zubillaga.

Ambos especialistas explican que dentro de esa propuesta rítmica habrá melodías buenas o malas. Sin caer en generalizaciones, “hay canciones de reggaetón excelentes, muy bien escritas, con profundidad de contenido; lo que las hace propias del reggaetón es el ritmo, el dem bow, no la temática de su lírica, la cual no está obligada a ser vulgar o misógina, prejuicio que aún afecta al trap, al hip hop o al rap”, acotan.

Por su parte, Charlie Dávila, psicólogo, músico y diseñador sonoro, quien se ha especializado en la composición de temas para videojuegos, explica a Contenido que hay que desconfiar de las posturas que encasillan a la música como “buena o mala”. Le resulta pretensioso: “Al producir para jingles o comerciales todos me preguntaban ‘oye, ¿produces reggaetón?’. Entonces me dije ‘para qué denigrarlo, mejor me pongo a estudiarlo’. No apoyo una letra machista, lo evito a toda costa, pero descubrí cosas muy interesantes, como que no todos los reggeatoneros reproducían ese tipo de pensamiento”.

Charlie ríe al comentar que para la generación de sus padres –ambos músicos del Conservatorio Nacional–, el jazz o el rock progresivo no serían precisamente géneros de culto. La investigación en casa de este joven multiinstrumentista lo llevó a una conclusión primitiva: el dem bow es uno de los ritmos percusivos más antiguos que tenemos y el reggaetón ha sabido aprovecharlo como una ventaja primaria, “marcando esa síncopa tan fuerte, que es un gran logro, pero que se desprestiaga por todo el contexto social. Representa una tendencia que está marcando gran parte del mundo musical internacional actual”.

La salida salomónica que propone este diseñador sonoro consiste en que “hay movimientos culturales y buenas oportunidades; los músicos ‘cultos’ deberían de estar haciendo o explorando el reggaetón porque sí tiene cosas rescatables; ese género necesita evolucionar a manos de gente con otra formación, que aporte un poco más de armonía, de contrapunto. Porque además, ¡atrae muy buenas oportunidades!”.

¿Qué pasa en nuestro cerebro?

Un estudio publicado en la prestigiosa revista Nature Neuroscience demostró por primera vez que escuchar música en nuestro cerebro libera la misma sustancia química que la comida, el sexo e, incluso, las drogas: la dopamina.

“La forma en la cual un género musical activa ciertas áreas del cerebro dependerá del gusto de cada persona, pero sí, todos los géneros estimulan”, explica el neurocientífico Sánchez. “Si a usted le gusta la cumbia, esta activará el mismo sistema que se activa cuando sentimos placer, y si a usted no le gusta el reggaetón, no producirá dopamina al escucharlo. La música favorita de una persona activará los circuitos relacionados con la sensación de estar bien, independiente de que se trate de una balada melancólica”, afirma el también docente de la Facultad de Psicología de la UNAM.

La doctora Pérez Acosta agrega que “algunos estudios en musicología proponen que usamos la música para regular nuestras emociones en un entorno seguro”, por lo que considera completamente natural el hecho de sobrellevar nuestra tristeza con canciones en las que permea una temática triste. “Escuchar música melancólica, en un lugar seguro, no hará que me suceda nada grave, no me causará un shock, al contrario, me ayudará a liberar sentimientos, tanto negativos como positivos. Por eso somos adictos a la música, a través de ella nos relacionamos con nuestras emociones”.

Por otra parte, el efecto sanador de los ritmos no es meramente sentimental. “Se ha observado el efecto positivo que tiene la música en personas con problemas de memoria, como el Alzheimer. Las canciones sirven como una llave, justo porque la música enlaza recuerdos con emociones en la gente que no puede acceder a ellos mediante un proceso convencional. En el momento de escuchar ciertos temas puede remembrar por el poder evocativo y emocional de la melodía”, afirma la doctora en Cognición Musical.

Charlie Dávila, fanático del videojuego Zelda, nos explica que el jugar en un ordenador o una consola exige concentración y el uso de todos los sentidos, y para lograr un efecto de inmersión en el jugador un elemento crucial son los efectos de sonido “que el cerebro interpretará o asociará con ‘peligro’, ‘saltos’, ‘deceso del personaje’ y más ─agrega el también Licenciado en Psicología─ pero cada una de esas notas posiblemente representará una cosa completamente distinta para otra persona”.

¿Hay una fórmula del éxito?

Si algo tuvieron en común los entrevistados por Contenido fue su reacción al momento de escuchar esta pregunta. Como expertos, consideran que aunque existen patrones característicos de algunos géneros, lo que hay detrás de un éxito puede resultar bastante azaroso.

“Honestamente es algo que depende de infinitas variables, muchas que ni siquiera tienen control”, confiesan Luis y Agustín, productores de Warner Music. Para ellos es semejante a “una ecuación del tamaño de 10 pizarras en la que cierras los ojos esperando el resultado”.

Estos jóvenes compositores han reflexionado bastante al respecto. Con su experiencia han logrado constatar que a veces una canción muy cachi, bien interpretada, con un plan de promoción, al final no funciona. Y luego viene una canción que jamás hubieras imaginado de hit, con nula promoción y se vuelve ultraviral. Para ellos eso depende del contexto social, de quién la canta –incluso de la edad del intérprete– más allá de la promoción o la calidad del tema.

“Entre mejor hecha esté la canción, entre más cumpla con juegos de repetición y prosodia, además de que tenga una propuesta que sobresalga, podemos decir que tiene una probabilidad mayor –sentencia Luis Jiménez, también vocalista de Los Mesoneros–, pero lo interesante de esto es que no hay garantía de nada; nadie sabe cómo es un hit, si alguien supiera habría muchos más en la calle”.

La también docente de la Facultad de Música, Gabriela Pérez, confirma que comparando varios bancos de canciones hit en occidente, se ha observado que tienen características en común, sin embargo, los investigadores al final aceptan que no pueden dejar de lado los factores extra musicales, aunque “existe otra línea de investigación desde hace 10 años, que analiza todo lo que está alrededor de las canciones, lo que podría determinar los éxitos. Se hace con el uso de minería de datos [data mining] en las redes sociales de la música, comparando las canciones del top list de popularidad con cómo se presentan esas canciones, y han percibido que influye no sólo la estructura o la calidad de la composición sino la popularidad inicial del artista, qué tanto se toca en la radio, los álbumes previos de la agrupación, por nombrar sólo algunos aspectos que predisponen al éxito”.

“Hay que recordar que un ritmo se puede pegar literalmente a nosotros, una patología inofensiva conocida como gusanos musicales o de oído [earworm]” revela el doctor Sánchez. Cuando una persona se expone a un cierto ritmo por un prolongado tiempo, simplemente terminará por aprenderse la canción, y dependiendo de la profundidad de lírica o la repetición de los versos, será o no más sencillo que se quede atrapada en nuestra cabeza.

Además, Pérez Acosta describe que “otra característica que determina a estos rasgos son los hooks [ganchos]: la repetitividad melódica, la convencionalidad, la prominencia de la línea vocal, todos elementos comunes que se identifican fácilmente en la música”.

Charlie Dávila atribuye el éxito a cuestiones sociales: “Cualquier actividad humana tiene que ver con cómo existimos y cómo nos manifestamos en donde nos haya tocado vivir. Creo que la música en buena manera refleja lo que nosotros somos, parte de nuestra historia”. Apasionado del heavy metal, explica que a pesar de que hay géneros que son de su predilección, recuerda canciones del pasado por las que siente nostalgia. “En ese momento representó algo más grande que mis gustos: mi círculo social, mis amigos”. Al mismo tiempo alienta a otros compositores a recordar que a veces menos es más, por tanto recomienda no sufrir ni despreciar cierto tipo de música, sino tratar de disfrutarla, hacerla una experiencia de la que todos podemos ser partícipes.

Si bien los entrevistados para este reportaje no perciben una fórmula matemática detrás de cada hit musical, sí encuentran más de una razón para dejarse llevar por todas las posibilidades que la música occidental ofrece. Y ante la posibilidad de contraer gusanos musicales en su aventura musical, no se alarme, los expertos recomiendan cosas muy simples que van desde mascar un chicle, escuchar las notas finales, buscar juegos de palabras, y hasta resolver problemas matemáticos.

Patologías del oído:

Amusia: trastornos que inhabilitan para reconocer tonos o ritmos musicales o reproducirlos, lo que a su vez puede acarrear problemas con la escritura y la dicción.

Hiperacusias: síndrome que convierte los sonidos cotidianos del ambiente en dolorosos.

Acúfenos: percepción de ruidos en el oído que no corresponden con ninguna señal acústica del exterior.

Presbiacusia: pérdida progresiva de la capacidad para oír altas frecuencias.

Gusanos de oído: también conocidos como Imaginación Involuntaria, son comparables con un tic, pues una vez evocado el recuerdo, el earworm puede torturarnos durante horas repitiendo un fragmento de canción incesantemente.

Fuente: Contenido y entrevistados.

 

 

 

por Ximena Cueto