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Cristina Pacheco: 40 años de vivir y conversar

 

Sus dos emisiones suman décadas en la TV, y en ellas ha hecho miles y miles de preguntas. Niega ser famosa, pero admite ser popular. Esta es Cristina Pacheco.

Foto: Contenido//Axel Camacho

Dice que es ama de casa. Que, como cualquier persona, sale a la calle a resolver uno que otro pendiente, a respirar el mundo, no sin antes, tempranito, por ahí de las 5:30am enciende la radio para enterarse de qué va la cosa, se prepara café, un poco de pan y empieza su recorrido de lectura por algunos de sus periódicos favoritos: La Jornada, El País, Milenio, la sección de ciencia de La Crónica. Supone que quien se levanta tarde pierde medio día y por eso gusta de aprovechar el tiempo porque la vida, reitera, es muy corta. Cuando siente que se le atora una idea, se distrae con faenas como arreglar sus plantas o hacer algún ejercicio físico, sube y baja escaleras todo el día. Eso sí, escribe mucho por la tarde, metódicamente. Unas cuatro horas, a veces a mano y en papel, casi siempre en computadora. También tiene una encomienda autoimpuesta: ordenar un sinfín de papeles de todo tipo que su marido, José Emilio, escribió antes de partir. Ahí hay ideas, pensamientos que quizá conoceremos algún día. Quizá.

Gusta de las óperas de Mozart –Così fan tutte, Las bodas del Fígaro–, ama Carmen de Bizet, le asusta un poco Wagner y recibe con agrado las de los italianos Verdi o Puccini. Pero con la ópera le ocurre como con las novelas: no tiene mucho tiempo para oírlas y leerlas. Se va entonces a los formatos breves, canciones o trozos de música; o poesía y cuentos de sus autores clásicos como Anton Chéjov, John Cheever, Mariano José de Larra, [Leopoldo Alas] Clarín, y habría dado lo que fuera por haber escrito algunos párrafos de Un corazón sencillo” de Gustave Flaubert.

Es verdad que ha soslayado las dietas modernas. Come mucha carne, y es fanática de todo lo que tenga maíz, así como de los moles y guisados mexicanos caseros, afición que puede satisfacer gracias a un cocinero muy bueno que tiene a la mano. En ese sentido no guarda restricciones, pero se abstiene de otros entretenimientos: desde el temblor del 85 sólo ha ido una o dos veces a una sala de cine –le aterra estar encerrada– y durante su larguísimo matrimonio su esposo y ella fueron sólo unas 30 veces. Con el teatro le sucede algo semejante, acude únicamente cuando la invitan a develar alguna placa, y en general no le gusta salir de la zona metropolitana de la capital del país desde que murió su compañero de vida. Acude a las ferias del libro en Guadalajara o Mérida sólo porque hay premios con el nombre de José Emilio Pacheco y ella, como su viuda, entrega los reconocimientos.

Es claro que su chamba en la calle la apasiona y entusiasma, pero también la agota. En su casa, en cambio, está rodeada de lo que necesita. Si se mueve “un centímetro” alcanza el libro que quiere, la referencia que necesita. Se descubre como alguien sin pretensiones que no es nada más que una mujer en su mundo, a gusto en su hogar.

Sólo que esta mujer conoce como pocos el corazón de México. Descubrió parajes, oficios, fenómenos insospechados y ha entrevistado a incontables personajes tanto célebres como desconocidos, anónimos, en más de 2,000 transmisiones televisivas. Su tesón hizo que, siempre con el equipo de Canal Once, realice desde 1978 Aquí nos tocó vivir, y también desde hace dos décadas, Conversando con Cristina Pacheco.

Oficio: ser curiosa

Esta ama de casa sui generis nació bajo el nombre de Cristina Romo Hernández en San Felipe, Guanajuato, en 1941. A los 20 años se casó con el poeta, traductor, ensayista y novelista José Emilio Pacheco. Celebraron su matrimonio en un Sanborns de la colonia Roma, y desde entonces Cristina asumió el apellido Pacheco pero no sólo eso: luego de 53 años juntos, ella absorbió mucho de la esencia de su célebre esposo, quien falleció en enero de 2014. Como él, asume que su labor es igual de útil y valiosa que la de, por ejemplo, un artesano: al final son trabajadores. Como José Emilio, tiene una inagotable e infantil curiosidad por las cosas que la rodean. Y con esa cualidad desarrolló un gran instinto para hacer entrevistas.

“Simplemente me concentro en lo que estoy haciendo, lo que quiero saber y lo que me imagino que la gente quiere saber”, dice a Contenido, revista donde por cierto colaboró hace algunos años. “Me pongo al nivel de la persona y no desde arriba, el hecho de ser periodistas no nos da ningún derecho pues somos servidores, testigos, notarios”.

La discreción es, dice, la clave de su permanencia, y si bien la gente la reconoce en la calle, la saluda, incluso la protege cuando va a barrios peligrosos, ella no pierde piso. A pesar de haber escrito una veintena de libros, innumerables artículos y de su constancia en la televisión, no quiere ser “una estrella, sino hacer muy bien mi trabajo, cada vez mejor”.

En Aquí nos tocó vivir explora rincones de la Ciudad de México y áreas aledañas. Descubre personajes y oficios insospechados. Luego de casi medio siglo en la calle, puede constatar la evolución y el deterioro de la hoy megalópolis, pero tiene sus zonas favoritas: “Me encanta el Centro Histórico –en especial Santo Domingo, el Colegio Nacional–, y Coyoacán o Tlalpan por la luz del cielo, o Santa María La Ribera, y cómo no me va a emocionar el Templo Mayor, y más cuando escucho las explicaciones de Matos [Moctezuma], me dan ganas de llorar. Y, desde luego, también me gustan La Merced o Tepito”, barrios complicados donde los propios comerciantes y vecinos con ojo avizor la mantienen a resguardo.

Con su programa Conversando también muestra sus predilecciones. Amigos suyos como el nicaragüense Sergio Ramírez, Carlos Fuentes o Carlos Monsiváis, pasaron varias veces por el estudio del Once, así como José Sarukhán, el artista Manuel Felguérez, el cantante Raphael, el cineasta Michel Franco, el bailarín Isaac Hernández, el guitarrista Cecilio Pereda o “la deportista más completa que hay”, Naila Hernández, igual que los músicos Dulcemelos o los cantantes de Voz en Punto… la lista es interminable.

“Invito a lo mejor de la ciencia, el deporte, el arte y la cultura”, resume la periodista. ¿Invita a políticos?, se le inquiere. “Nunca. No sabría qué preguntarles. Reconozco mis limitaciones, no sé de política… Y a veces creo que ellos tampoco”, dice punzante.

Recuerdos del maestro

Amantes ambos de las letras, se conocieron como estudiantes en el campus de Ciudad Universitaria. Duraron juntos 53 años, “aunque en realidad fueron la mitad, porque viajó muchísimo”, recuerda Cristina de José Emilio Pacheco, quien desde 1985 daba cátedras por semestre en la Universidad de Maryland. Así, cuando se reencontraban, todo se tornaba muy emotivo. La suya fue una relación “excelente, larga y hermosa. Y sigue siendo. Sé que no está pero está. Su casa es mi casa, sus libros, míos”.

La víspera de la muerte del maestro, Cristina Pacheco acababa de transmitir Aquí nos tocó vivir. Él, el televidente más fiel a esa emisión, mostró su agrado y ya no pudo despertar la mañana siguiente. Pero el autor de Las batallas en el desierto dejó una serie de documentos diversos sobre los que su mujer aún medita cómo preservarlos mejor. “Estoy arreglando sus papeles, una enorme cantidad de notas, cartas, textos, ejercicios que estaban en clips, cajas y cajones. Su vida era de papel. Escritos a mano, en sobres de banco, en servilletas, en anuncios”.

Probablemente verán la luz algún día.

 

Por José Ramón Huerta