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¿Cómo tu smartphone aprende de ti?

El teléfono inteligente es ya una máquina capaz de aprender de nosotros de manera autónoma. Conozcamos cómo ocurre esto y cuáles son sus consecuencias.

No lo notamos pero todo el tiempo le estamos informando a nuestros teléfonos inteligentes qué hacemos, qué pensamos, qué sentimos, dónde estamos y qué necesitamos. De manera imperceptible este dispositivo registra nuestras acciones al caminar, subir escaleras, realizar búsquedas en internet, postear cosas en redes sociales, realizar compras online y casi cualquier actividad que realicemos.

¿Cómo es que el smartphone aprende todo eso de nosotros? Básicamente gracias a varios sensores y nuevas tecnologías de cómputo cognitivo capaces de aprender de las personas.

A nivel de hardware, es decir, de los objetos físicos, mecanismos y circuitos que hay en los smartphones, los sensores son los responsables de registrar nuestra actividad. Uno de los más importantes es el “acelerómetro”, el cual se encarga de registrar la aceleración con la cual se mueve el smartphone y, como por lo general siempre cargamos este dispositivo, pues registra ese movimiento como nuestro.

El podómetro es otro de los sensores importantes, ya que se encarga de medir los pasos del usuario. Este sensor también está presente en wearables devices, es decir dispositivos usables como pulseras y relojes tipo smartwatch.

Otras piezas de hardware como las cámaras y los sensores de luz ambiental e infrarrojos también son relevantes para detectar movimientos y reconocer rasgos faciales, por ejemplo. También hay otros como el barómetro (mide altitud y presión atmosférica), giroscopio (orientación del dispositivo), magnetómetro (brújula) y el GPS.

Los anteriormente citados, junto con otros sensores y circuitos son, digamos, “los sentidos” de un teléfono inteligente. Pero, para que todo funcione correctamente, es necesario un “cerebro” o procesador, mecanismo cuyas versiones recientes ya incluyen funciones basadas en inteligencia artificial (I.A.) capaces de “aprender” de manera autónoma.

¿Programar o entrenar?

Todavía es común escuchar a los expertos en tecnología hablar de la “programación” de software o sistemas operativos para que “ejecuten” acciones. Sin embargo, ya empieza a hablarse de una nueva palabra: “entrenamiento”. Esta tendencia ya está siendo aplicada tanto en las grandes empresas como en los gadgets de consumidor final (como los smartphones). La idea central es que las máquinas ya tienen la suficiente “madurez” como para hacer posible que ya no se les “ordene qué hacer” y se pase al entrenamiento para que las inteligencias artificiales aprendan “cómo actuar” ante escenarios recurrentes o, incluso, ante sucesos imprevistos.

“A esto le llamamos sistemas cognitivos, los cuales permiten, por ejemplo, entender el contexto alrededor de una palabra en un buscador. Este sistema, a través de algoritmos, permite entender el contexto: la voz, la personalidad y la emoción de un texto, creando un lenguaje integral. De este modo, los sistemas que hasta ahora han sido ‘programados’ pasan a ser sistemas ‘entrenados’, lo que marca el inicio de una revolución”, declaró Baltazar Rodríguez, del equipo IBM, según un reporte del Foro Consultivo Científico y Tecnológico AC.

Así, en la etapa actual de esta era cognitiva, en la que se trabaja con “máquinas que piensan”, se busca que la tecnología sea una herramienta para que las personas puedan procesar más información en mucho menos tiempo y se están entrenando sistemas que “razonan esa información”.

Concretamente, hablando del teléfono inteligente (quizá el aparato electrónico más utilizado por la mayoría de las personas en el mundo), los modelos de gama alta más recientes de estos dispositivos (que funcionan con microprocesadores Qualcomm Snapdragon 845, Samsung Exynos 9810, Huawei Kirin 970, Apple A11 Bionic, entre otros) ya incluyen arquitecturas de inteligencia artificial capaces de reconocer, por sí mismos, objetos y referencias como plantas, animales, libros, textos, así como registrar la actividad de los usuarios para aprender sus hábitos, analizar sus necesidades y ofrecerles opciones personalizadas para facilitarles sus actividades diarias.

Y esto es sólo el comienzo, se prevé que en los próximo años los teléfonos inteligentes, bocinas y otros dispositivos conectados, o no, a internet (pero que están en contacto frecuente con los humanos), aprendan de los humanos y se conviertan en sus asistentes personales virtuales disponibles las 24 horas del día, los siete días de la semana.

Los riesgos de crear superinteligencias

Como se mostró anteriormente, es un hecho que, en menor o mayor medida, tu teléfono inteligente sabe si vas caminando, corriendo, nadando o desplazándote al interior de un auto. Pero, también, al utilizar sensores biométricos como el de huella digital, reconocimiento facial o de iris, sabe, por ejemplo, a qué sitios de comercio electrónico ingresas y qué es lo que compras. Todo esto para facilitarte las cosas. Sin embargo, toda esta tecnología de aprendizaje de las máquinas, aunque actualmente es muy provechosa en la vida de las personas, también podría traer efectos negativos en el futuro.

De ellos, entre muchos otros tecnólogos, Nick Bostrom en su célebre conferencia para TED llamada What happens when our computers get smarter than we are? (¿Qué pasa cuando nuestras computadoras son más listas que nosotros?) arrojó luz sobre el tema. El filósofo especialista en el “riesgo existencial” que traen consigo las “superinteligencias” dijo que “una superinteligencia con tanta madurez tecnológica sería extremadamente poderosa y, con la excepción de algunos casos, sería capaz de conseguir lo que quiera. Así, nuestro futuro se determinaría por las preferencias de esta inteligencia artificial”. Y, en tono reflexivo, el académico se pregunta: “¿Cuáles son esas preferencias?”.

En ese sentido señaló que hay que ser extremadamente cuidadosos al momento de seguir creando máquinas superinteligentes y da el ejemplo de una inteligencia artificial cuya finalidad sea hacer sonreír a los humanos: “Cuando la inteligencia artificial está en desarrollo, realiza acciones entretenidas para hacer sonreír a su usuario. Cuando la inteligencia artificial se vuelve superinteligente, se da cuenta de que hay una manera más eficaz para lograr su objetivo: tomar el control del mundo e introducir electrodos en los músculos faciales de la gente para provocar sonrisas constantes y radiantes”.

Aunque parece radical, Bostrom señala que es un escenario posible, justo como otro que ofrece: “Supongamos que le damos el objetivo de resolver un problema matemático difícil. Cuando la inteligencia artificial se vuelve superinteligente, se da cuenta de que la forma más eficaz para conseguir la solución a este problema es mediante la transformación del planeta en un computador gigante, para aumentar su capacidad de pensar”. En este nuevo escenario, la máquina tendría “una razón instrumental para hacer cosas que nosotros no podemos aprobar. Así, los seres humanos se convierten en una amenaza, ya que podrían evitar que el problema se resuelva”.

En tono optimista, el experto matizó diciendo que “las cosas no tienen necesariamente que pasar de esa manera: son ejemplos de muestra. Pero lo importante, si se crea un proceso de optimización muy potente, perfeccionado para lograr el objetivo X, más vale asegurarnos de que la definición de X incluya todo lo que le importa [a la humanidad]”.

Es una moraleja, dijo Bostrom en su conferencia, que también se enseña a través de los mitos. “El rey Midas deseaba convertir en oro todo lo que tocaba. Toca a su hija y ella se convierte en oro. Toca su comida y se convierte en oro. Es un ejemplo relevante no sólo de una metáfora de la codicia sino como ilustración de lo que sucede si se crea un proceso de optimización potente pero se le encomiendan objetivos incomprensibles o sin claridad”.

Entonces, vale la pena delimitar con precisión qué tanto queremos que las máquinas hagan por nosotros y qué tanta inteligencia dejaremos que adquieran, antes de que esas decisiones no estén en nuestras manos.

5 metadatos que el smartphone registra

Todo el tiempo, tu teléfono inteligente está registrando información que, analizada y comparada con otras variables, puede servir para determinar diversa información personal sobre ti. Aquí mencionamos sólo cinco ejemplos de entre muchos otros.

  1. La relación de tiempo y ubicación geográfica por GPS puede ser utilizada para determinar dónde vives. Es muy sencillo: tu teléfono sólo tiene que registrar dónde pasas la mayoría de las noches y listo.
  2. Si registras en aplicaciones la cantidad de horas que duermes, el tiempo que caminas, tu peso y permites que estos datos se relacionen con otras variables como las de seguimiento de actividad física, tu smartphone puede determinar tu estado de salud.
  3. Tus búsquedas y compras en internet pueden ser utilizadas para generar tu perfil psicológico y de preferencias personales, para ofrecerte publicidad específica que pueda resultarte interesante.
  4. Los servicios de mapas (como Waze o Google Maps) y las aplicaciones de transportación (como Uber o Cabify) registran información de tus traslados.
  5. Debido a que es común que las personas usen varios dispositivos (pero su misma cuenta de usuario) para ingresar a internet, ver posteos en redes sociales y utilizar aplicaciones, los smartphones son capaces de saber qué tanto usas la tecnología… Podría, por ejemplo, determinar si eres adicto a ella.

 

Podrían escucharte en todo momento

Los teléfonos inteligentes tienen funciones cada vez más potentes. Un ejemplo de esto ocurrió en junio pasado cuando se hizo público que se le otorgó a Facebook una patente con la cual esta red social, aprovechando las altas capacidades de hardware de los smartphones, podría escuchar y grabar el sonido ambiente que llega hasta tu teléfono inteligente y enviarlo a sus servidores para ser analizado.

Se trata de un sistema llamado “Broadcast content view analysis on ambient audio recording” capaz de encender el micrófono, sin que el usuario lo note, y grabar lo que pasa a su alrededor. La aplicación podría ser para generar anuncios publicitarios más efectivos aunque, por el momento, no hay planes específicos.

 

Por Sergio Lezama