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Tiempo de dialogar. Columna de Sergio Sarmiento

 

Pasados los comicios electorales y las campañas viene la tarea más importante: establecer los acuerdos para gobernar.

 AFP PHOTO / PEDRO PARDO

Las campañas son tiempos de insultos y descalificaciones. Pero una vez que los ciudadanos han emitido su voto, empieza un periodo radicalmente distinto, por lo menos en las verdaderas democracias. Es el tiempo de restañar heridas, de dejar atrás las diferencias, de generar acuerdos para gobernar, de dialogar.

Esto no ha sido fácil en México. En los países con democracias maduras, los candidatos perdedores reconocen su derrota, felicitan al ganador y le desean lo mejor en su próxima labor de gobierno. En México todos los candidatos se declaran vencedores en el momento en que cierran las urnas y después, si los resultados no coinciden con lo que ellos dijeron, reclaman que fueron objeto de un fraude electoral.

Esta actitud ha llevado a que la democracia mexicana pierda credibilidad y a que muchos de los procesos electorales no se resuelvan ya en el conteo de los votos que llevan a cabo los ciudadanos en las casillas la noche de la elección, sino en las mesas de los magistrados electorales.

Tarde o temprano, sin embargo, se definen los procesos de elección y se vuelve necesario tomar medidas para preparar que continúe la labor de gobierno. Esto es más importante que nunca en este 2018 en el que hemos vivido una campaña particularmente agria.

Los cambios de gobierno son complicados en nuestro país, que se ha manejado siempre con criterios sexenales de inversión pública. Esto significa que en el primero y segundo año de una administración se suele registrar un descenso en la inversión y por lo tanto en la actividad económica. Los desajustes económicos se registran aun cuando la transición tenga lugar dentro de un mismo partido, pero se vuelven más complicados cuando hay un cambio de poder en el partido.

Es importante que el equipo financiero del candidato ganador trabaje con la Secretaría de Hacienda en funciones ya que el presupuesto del año siguiente se debe presentar ante el Congreso antes del 8 de septiembre, casi tres meses antes del cambio de gobierno. Al nuevo gobierno le tocará trabajar con un presupuesto que por ley debe ser preparado por el gobierno anterior, aunque sea aprobado por el nuevo Congreso que tomará posesión el 1 de septiembre.

El nuevo Congreso, por otra parte, tendrá poca o nula experiencia legislativa. Los recién nombrados diputados y senadores suelen llegar con la idea de que legislar es muy fácil y por eso al empezar a hacer su trabajo cometen innumerables errores que hacen que sus leyes sean inconstitucionales, confusas, ineficaces o incluso contraproducentes. El proceso de cambio de gobierno debe considerar un tiempo de aprendizaje del Congreso y de los funcionarios de gobierno que están esperando a asumir sus funciones.

Un nuevo gobierno debe tender puentes con las cámaras y organizaciones empresariales, así como con los sindicatos y otros grupos de influencia. Debe tener mucho cuidado sobre los mensajes que hace públicos. Si bien los inversionistas están acostumbrados a escuchar promesas incumplibles de los candidatos, las cosas cambian cuando un gobierno aguarda a empezar sus funciones. Una declaración infortunada, o mal interpretada, puede producir presiones en los mercados financieros y devaluaciones bruscas. A nadie le conviene que un gobierno entre en funciones en medio de una crisis económica.

Lo que nos dice la experiencia es que una vez que se ha acabado el proceso electoral, los mexicanos tenemos que superar las diferencias. Todos tenemos que seguir compartiendo el país. Un nuevo gobierno que establezca acuerdos con todos los grupos de poder o influencia tendrá mejores posibilidades de gobernar con eficacia. Al final esto es lo que buscamos todos a través de un proceso democrático. Por eso hoy es tiempo de dialogar.