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Las campanas de Catedral: entre su canto y su llanto

El tema en torno a la historia de las campanas está aún por estudiarse en México[1]. Se define a la campana como instrumento mezcla de oro, latón, cobre, bronce y estaño, en forma de copa, que suena herido por el badajo, y sirve principalmente en los templos para convocar a los fieles a los ejercicios piadosos.[2]

En el caso de la capital del virreinato de la Nueva España, las campanas ocuparon un lugar primordial en la vida cotidiana de sus habitantes. No se concibe la Ciudad de México sin el cantar alegre, triste, festivo, noticioso, sorpresivo, dulce, sonoro y mañanero de sus campanas.

El lugar de honor lo ocupó (todavía hoy) la Catedral Metropolitana: a las seis de la mañana, medio día, anochecer, es decir a las seis de la tarde, se dan toques obligados con el fin de informar a los feligreses y prestos para rezar el Ave María, santiguándose con respeto y recitando la oración dedicada la Virgen en cualquier sitio donde se encontraren.

¿Cómo eran los toques de campana de acuerdo con el reglamento? “Primeramente debe sonar en todos los repiques reales, así de avisos como fiestas reales. Repique de Cabildo y funciones episcopales, seculares entradas de señores virreyes y arzobispos. En los novenarios que se hacen a Nuestra Señora de los Remedios. En el día y víspera de San Felipe de Jesús y sus procesiones. En la víspera del día del Señor San José; en la víspera y día de la dominica de Ramos; en el toque de la oración el Miércoles Santo después de las tinieblas; en el día de Jueves Santo hasta la Gloria; en el sábado de Gloria, en la víspera de la Ascensión del Señor”[3].

Otros toques dobles, es decir, de mayor importancia: entrada de reyes o príncipes, como señal de alegría desde este lado del Atlántico; vísperas del Día de los Difuntos, o sesiones de Cabildo.

En 1798 se publicó un reglamento para el toque de campanas de la Catedral, días en que debe tocarse la campana mayor nombrada Santa María de Guadalupe. Esta mención nos hace ver que cada campana tiene, hasta la fecha, su nombre propio. Entre ellas hay diferencias no sólo en cuanto a su peso ya que la fundición de cada una es mayor o menor, sino el espacio que ocupa y su colocación en los campanarios. Si el lector no ha tenido la oportunidad de subir a los campanarios de Catedral, se ha perdido de mucho. Es toda una experiencia.

No sólo la catedral llevaba a cabo el repique de campanas. Estaba reglamentado para las parroquias, templos de conventos de frailes y monjas, capillas menores. Se constituía como un lenguaje, una forma de comunicación inmediata como lo son ahora las redes sociales. Así, por ejemplo, cuando moría una religiosa se anunciaba de inmediato a la hora que fuere; o bien cuando se recibía en la Real Universidad un estudiante bachiller o doctor, las campanas se daban vuelo para manifestar la alegría del acto.

Quién iba a pensar que el dulce sonido campanero sería prohibido o al menos regulado por el propio gobierno virreinal. En 1766 “se publicó el edicto por la potestad secular regulando ya el sonido de las campanas”.

Sin embargo, en 1832 se editó un bando que lleva por título El ciudadano Ignacio Martínez, intendente honorario del Ejército y Gobernador del Distrito Federal. En este bando se pone de manifiesto que la Iglesia volvería a ejercer su derecho de campanas, afirmando que se había caído en el error reprobándolas.

Así las campanas se volvieron motín político para frenar el poder de la Iglesia. Protestas de uno y otro bando circularon, lo que nos deja entrever el poder del sonido atractivo de las mismas.

En la actualidad, en la Universidad del Claustro de Sor Juana, cuando un alumno obtiene su grado, es costumbre que las campanas del templo emprendan el vuelo anunciando la buena nueva y así la comunidad festeja el acontecimiento.

 

 

[1] Lourdes Turrent. Rito, música y poder en la Catedral Metropolitana, México 1790-1810, México, 2013. Colegio de México-Fondo de Cultura Económica.

[2] Enciclopedia Universal Ilustrada europeo-americana, Tomo X, Madrid, 1966, pp. 1196.

[3] Reglamento dispuesto para el toque de las campanas de esta Santa Iglesia Metropolitana y mandado observar por su Venerable Señor Dean y Cabilo en el año de 1798, Archivo del Centro de Estudios de Historia de México, Carso, Fondo XIV.