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Adiós a la Tierra

 

El anhelo de convertir a los humanos en una especie interplanetaria es ya una realidad que técnicamente puede realizarse. La cuestión es si de verdad estamos preparados para conquistar otros mundos.

 

Foto: NASA

En los umbrales del siglo XX el alemán Hugo Gasswindt planeaba convertirse en el primer cosmonatua que recorriera “las 27 horas de distancia que separan a la Tierra de Marte.” Por lo menos tales eran sus cálculos, y para tal empresa diseñó una nave, basada en la novela de Julio Verne De la Tierra a la Luna, que debía ser disparada con una gran explosión de nitroglicerina en la base del aparato, el cual avanzaría por el espacio gracias a nuevas explosiones que provocaría el cosmonauta descendiendo los cartuchos de que estaba provisto el vehículo. El principio de vuelo era similar al de los cohetes interplanetarios de varias etapas, los cuales se hicieron populares en los años sesenta. Tales ideas las tomó de un librito que por esa época se hizo popular entre los científicos, De la India al planeta Marte, publicado por Theodore Flournoy, profesor de la Universidad de Ginebra, un afamado filósofo y psicólogo.

Si bien el viaje de Hugo Gasswindt nunca se realizó sí quedó constancia que el deseo del hombre por conquistar otros mundos procedía de fechas más remotas al siglo XXI.

Por siglos ha existido el pensamiento de ir a otros planetas, refiere el ingeniero Mario Arreola Santander, director de Divulgación de Ciencia y Tecnología de la Agencia Espacial Mexicana (AEM), y lo ejemplifica con una frase de Konstantin Tsiolkovsky, padre de la astronáutica: “La Tierra es la cuna de la humanidad, pero uno no puede permanecer en una cuna para siempre”.

La seductora idea de conquistar el espacio inició –ya con bases tecnológicas– hace más de 50 años, después de la Segunda Guerra Mundial. En aquel entonces la llamada carrera espacial entre las dos máximas potencias, Estados Unidos y la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas (URSS), dejó como mayores logros la distribución en el espacio de decenas de satélites en órbita y mucha información sobre algunos puntos del espacio.

El momento cumbre ocurrió el 20 de julio de 1969, con la llegada del humano a la Luna: mientras más de 600 millones de espectadores contenían el aliento mirando las imágenes de la expedición realizada por la nave Apolo XI, el comandante Neil Armstrong dejaba impresa la primera huella humana en territorio lunar y anunciaba: “Un pequeño paso para el hombre pero un gran paso para la humanidad”.

 

Otros mundos

Si bien la Luna durante esta competencia siempre fue la joya de la corona, la pregunta latente era: ¿cuál es el planeta más cercano? De ahí que a la par se iniciaran una serie de investigaciones con sondas espaciales para saber de otros lugares habitables, refiere el ingeniero Arreola Santander.

Sondas estadounidenses y soviéticas fueron enviadas a Venus y Marte en los años sesenta. El territorio venusino fue surcado por dos sondas, la primera fue la soviética Venera 1 y la segunda, la estadounidense Mariner 2 que, pese a no mandar imágenes, sí dio detalles acerca de la temperatura y atmósfera de Venus. Pero fueron otras naves Venera, a principios de los setenta, las que dieron más detalles de ese mundo y las primeras en enviar información desde la superficie venusina e incluso aterrizar en ese satélite. Con tiempo también los científicos tuvieron más información de otros planetas como Mercurio, Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno.

Los aires de renovación que trajo la Perestroika, a finales de la década de los ochenta, y el derrumbe del bloque soviético, provocaron que los rusos abandonaran su conflicto espacial con Estados Unidos.

Pese a que la carrera espacial disminuyó, a finales del siglo XX aparecieron en escena otros participantes como la Agencia Espacial Europea (ESA), sus similares de Rusia, Japón y Canadá, que en conjunto participaron en la construcción de un laboratorio espacial en órbita, el cual existe desde 2000 y se halla a más de 400 kilómetros de la Tierra, manejado por una tripulación internacional donde se realizan experimentos tecnológicos y científicos, además de observaciones astronómicas y que cuenta con presencia humana permanente desde esa fecha. Naturalmente, se trata de la Estación Espacial Internacional (ISS, por sus siglas en inglés).

 

Habitantes multiplanetarios

“Si la especie humana quiere sobrevivir más allá de los próximos 100 años es imperativo que atraviese la negrura del espacio para colonizar nuevos mundos a través del cosmos”, esta advertencia la hizo en 2004 el científico Stephen Hawking, durante una entrevista televisiva para el programa Live from Space para Channel 4 de la televisión británica.

Dos años más tarde el multimillonario Ellon Musk anunciaba oficialmente, en Guadalajara, durante el International Astronautical Congress 2016, organizado por la Agencia Espacial Mexicana (AEM), el proyecto City on Mars para llevar humanos y colonizar Marte.

En dicho evento Musk se preguntaba cuáles eran las razones para salir de la órbita terrestre. “La historia se bifurcará en dos direcciones. Un camino es que permanezcamos en la Tierra para siempre y, luego, habrá una posible extinción. No tengo una profecía inmediata del día del juicio final, pero eventualmente, según la historia, habrá un evento fatal”.

Entonces, “la alternativa es convertirnos en una especie multiplanetaria… A veces la gente se pregunta: ‘¿Y qué hay de otros lugares en el sistema solar? ¿Por qué Marte?’. Nuestras opciones para llegar a ser una especie multiplanetaria son limitadas”. Musk explicó entonces las dificultades que presentaba establecerse en Venus, pese a su cercanía, pues este planeta estaba bañado de ácido de alta y superalta presión, luego prosiguió detallando el descarte de Mercurio (por su cercanía al Sol) o la dificultad que implicaba, por la distancia, ir a una de las lunas de Júpiter o Saturno, por lo que concluía: “Realmente sólo nos queda una opción si queremos convertirnos en una civilización multiplanetaria: esa es Marte”. (Ver La raza cósmica hacia Marte, Contenido, abril de 2018).

La odisea marciana, apunta Mario Arreola de la AEM, deberá conjuntar al gobierno estadounidense con la industria del espacio y la iniciativa privada. “Tiene que ser una misión de la humanidad en su conjunto, si bien Estados Unidos es la punta de lanza, ‘el que abre la puerta’, se requerirá del concurso de las naciones que estén interesadas en participar”.

Apenas unos meses después, en ese mismo 2016, el entonces presidente estadounidense Barack Obama anunció el proyecto para 2030 Journey to Mars que tiene por objetivo llevar al ser humano a ese planeta, plan equiparable al que llevó al hombre a la Luna.

 

Asunto de particulares

Detrás de este boom marciano y del arribo al llamado “planeta rojo” la competencia ya no parece estar entre naciones sino entre particulares, emprendedores visionarios que gozan de gran fortuna en el mundo de la tecnología y que planean perpetuar su nombre marchando más allá del planeta. Además del ya mencionado Musk, se suman nombres como el de Jeff Bezos y Richard Branson.

Emmanuel Urquieta, un mexicano que trabaja en el instituto de Investigación Transfuncional para la Salud Espacial del Programa de Investigación Humana de la NASA en Houston, señala que muchas de estas compañías van a ofrecer muy pronto viajes espaciales, no baratos pero relativamente un poco más accesibles para gente con mucho dinero en Estados Unidos.

Hay empresas que planean hacer viajes suborbitales, esto es, viajes a la capa más baja del espacio para que los viajeros experimenten la microgravedad por algunos minutos, vean la Tierra desde el espacio y después regresen al planeta. En este tema domina la compañía Blue Origin, de Bezos, cuyos cohetes podrían reutilizarse. Otra empresa que destaca es Virgin Galactic, de Richard Branson, la cual este año en lugar de utilizar un cohete para llevar la cápsula espacial usa un avión que viaja al espacio y regresa después de la separación. Tras un fracaso, la compañía parece tomar un rumbo definitivo en su meta de llevar turistas al espacio.

La más ambiciosa es la empresa SpaceX cuyos primeros cohetes, si tomamos en cuenta sus declaraciones, podrían estar llegando a Marte en 2022 para iniciar una etapa de colonización a bordo de naves espaciales. Hasta ahora sus despegues han servido para llevar carga a la Estación Espacial Internacional o para liberar satélites de uso militar y comercial. “Esta compañía ha desarrollado sus propios cohetes, motores y algoritmos para manejar sus trayectorias desde cero; en muy poco tiempo han desarrollado capacidades increíbles, incluso superiores a instituciones del gobierno, por lo que nos tenemos que tomar muy en serio lo que diga”, considera Emmanuel Urquieta. No se ve pues absurdo su plan de llevar pasajeros para fines comerciales y eventualmente colonizar Marte.

 

Foto: NASA

La odisea marciana

Un año antes de los anuncios de Musk y Obama, el investigador mexicano Rafael Navarro González del Instituto de Ciencias Nucleares de la UNAM se incorporaba al proyecto Mars Science Laboratory (MSL), mejor conocido como Curiosity, junto a un grupo multidisciplinario de investigadores de Estados Unidos y de Francia para proseguir con un sueño acariciado por los científicos: depositar en suelo marciano un vehículo explorador.

El famoso vehículo ya recorre la superficie del llamado “planeta rojo” desde agosto de 2012. Navarro es coinvestigador del instrumento SAM, un laboratorio químico móvil formado por diferentes herramientas, una de ellas es un horno donde se le colocan muestras de suelo o rocas, avivadas a temperaturas que llegan casi a 1,000 grados centígrados y que pasan a la fase gaseosa para identificar algunas sustancias. “Hemos logrado identificar la presencia de sales y compuestos orgánicos en la superficie de Marte” señala González entrevistado por Contenido.

En el futuro se espera que se envíe una misión que colecte rocas, las encapsule y coloque en la órbita marciana, y otra misión para que las traiga a la Tierra. Sería la primera vez que se tendrían rocas provenientes del suelo marciano, lo cual sería un gran paso; los robots que tenemos en Marte están limitados a hacer pequeñas acciones que requieren poca energía. “Si logramos traer rocas de Marte a la Tierra no tendríamos límites –señala un entusiasta Navarro González– podríamos utilizar una gran cantidad de técnicas de diferentes laboratorios en todo el mundo y eso nos ayudaría a descifrar si Marte tuvo vida en el pasado”.

Con la información recabada por el Curiosity se están estudiando los niveles de radiación cósmica a los que estarán sometidos los astronautas, rangos superiores a los límites que establece la NASA como seguros para el ser humano, apunta González, por lo que deberá trabajarse en un traje especial para protegerse de la radiación.

De igual manera, gracias a Curiosity y al instrumento Sam se ha estudiado la composición química del suelo marciano y se sabe cuáles componentes tóxicos esperan a los visitantes, aunque también se han encontrado otros ingredientes como los nitratos, que pueden servir a los humanos como fertilizantes para el crecimiento de plantas durante su estadía en Marte y se tiene considerada la producción de oxígeno para que los humanos la respiren del suelo. Con ello se pretende, asegura Navarro, “demostrar que será posible obtener los nutrientes e ingredientes en Marte, sin que se requiera llevar los de la Tierra”.

Un agregado más, derivado de la misión Exomars de la Unión Europea en la que Navarro también participa, es un robot que llevará cápsulas con sales como los percloratos que son tóxicos pero que poseen la habilidad de capturar el agua de la atmósfera y en días convertirlas en líquidas.

Igualmente se trabaja en las cuestiones humanas y de ellas da cuenta Emmanuel Urquieta que también fue tripulante dentro de HERA Mission 11, un vuelo de simulación conocido como análogo, que recrea en la Tierra las mismas condiciones que encara una misión real que supone muchos meses de vuelo y aislamiento.

Según Urquieta los principales problemas a los que se enfrentarían tienen que ver con la radiación, porque además de que puede desarrollar cáncer a largo plazo, los astronautas pueden tener complicaciones en el sistema nervioso central y cardiovascular. Otro inconveniente tiene que ver con un síndrome neocular asociado al vuelo espacial; una dificultad más se refiere a cuestiones psicológicas derivadas de poner a personas en aislamiento y confinamiento, y otro asunto estaría ligado a la comida y la forma en cómo transportarla y optimizarla (no hay que olvidar el tema de las medicinas y su fecha de caducidad).

 

Conquistar, ¿para qué?

El argumento de una posible extinción de la Tierra o de la vida humana es un punto a favor de aquellos que buscan ampliar los horizontes más allá de nuestro planeta.

Algunas razones para hacer de la raza humana una especie interplanetaria tienen que ver con prever un escenario en donde la Tierra sufra algún cataclismo, como un megameteorito o alguna otra catástrofe que aniquile a la humanidad. El razonamiento de los expertos es tener diferentes colonias en otros planetas para preservar el género humano.

Una experta en la vida en otros planetas es la doctora Antígona Segura, astrobióloga del Instituto de Ciencias Nucleares de la UNAM, que se encarga de estudiar el origen, la evolución, la distribución de la vida en universo y entender en qué otros lugares podría existir vida en su sentido más primigenio: “desde organismos unicelulares, los primeros organismos más básicos, los mismos que originaron la vida en nuestro planeta y que estuvieron en la Tierra hace 3,800 millones de años, la dominaron durante 2,500 millones de años y, de hecho, siguen dominando la vida”.

Sin embargo, la doctora Segura difiere de aquellos que sostienen que la vida en el planeta se extinguirá y argumenta: “la Tierra como planeta habitable no la vamos a extinguir mañana, pues aunque se extinguieran un montón de especies la vida en ella va a persistir por mucho tiempo” y ejemplifica: al planeta le han pasado diversos fenómenos como un congelamiento completo (hace 2,000 millones de años) sin que la vida terminara; ocurrió la explosión que dejó el cráter de Chicxulub, en la Península de Yucatán, y la vida tampoco se extinguió, por ello la científica concluye: “La vida no se extinguirá porque los seres humanos cambiemos la Tierra, aun en los lagos contaminados y asquerosos hay vida, el hecho de que no podamos beber esa agua no significa que esté muerta”.

En términos de tecnología la empresa de colonizar el “planeta rojo”, se puede resolver. Pero la científica ve más problemático el asunto de las colonias que se establecerán en ese mundo y los derechos sobre cuerpos planetarios y los esquemas sociales de organización. En el mismo tenor concuerdan Mario Arreola y Emmanuel Urquieta, para quienes es necesario revisar los tratados del espacio, firmados por la mayoría de los países y revisar algunas interrogantes, por ejemplo: ¿quién será la autoridad?, ¿habrá policías?, ¿tendrán armas?, o ¿cómo se resolverán algunos delitos que se cometan en el espacio? No en vano los expertos ya trabajan en temas como legislación, economía y tecnología.

Las reflexiones de la astrobióloga son válidas en este esquema de colonización de Marte: “Vamos a tener derechos sobre otros cuerpos planetarios y si vamos a fundar nuevas colonia de la Tierra, ¿qué esquemas sociales de organización tendremos? Porque si vamos a llevar nuestro racismo, misoginia y todas las cosas que tenemos aquí no le veo ningún sentido irnos hacia otro planeta”.

Ante este posible esquema de decir adiós a Tierra para ir en pos de otros mundos, la científica Segura advierte: “Los seres humanos deberán enfrentar con responsabilidad el conocimiento que tienen y utilizarlo para hacer sustentable la vida en este planeta antes de ir a echar a perder otros”.

 

 

Por Alberto Círigo