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Se fue el cine Teresa

 

El cine Teresa fue una representativa sala cinematográfica ubicada en el ya extinto barrio de San Juan de Letrán, hoy Eje Central, en el Centro Histórico de la CDMX.  

 

Eslabón de nostalgia del viejo San Juan de Letrán: la ráfaga de la instantánea al asalto de transeúntes, a veces parejas clandestinas o señoras encopetadas; la churrería “El Moro”, las lanchitas a gasolina en travesía por bandejas despostilladas; la sinfonola de 20 fierros con todo el abanico de la Santanera; la tienda Milano con olor a paisano; los consultorios embozados para enfermedades secretas, y el olor a lavanda, maderas y vetiver, el cine Teresa se nos fue…

Inclemente, inhumana, infeliz, la piqueta silenciosa devoró las entrañas del último de los mohicanos. Las butacas de pana roja amarillentas de viejas; el telón que caía en holanes; la escultura de la diosa Venus; los plafones alguna vez resplandecientes.

Tres mil integrantes del respetable en sinfonía de silbidos al “cácaro”. Hay papas, palomitas, refrescos, paletas y hasta chicles a dos bocas. Cuatro varos la luneta; dos la galería. No se admiten señoras solas.

Nace leyenda

Era julio de 1942. Era el arquitecto Francisco Serrano. Era el art déco con letrero vertical. Teresa, la amada del dueño. El asombro de la modernidad. El destello de Hollywood: Tyrone Power en El hijo de la furia. La garantía de la Twenty Century Fox y la elegancia de los interiores.

La cauda se haría larga con el cine Ópera de Serapio Rendón; el Roble de Paseo de la Reforma, el Metropólitan, el Orfeón: sinfonía de candiles, sillas de terciopelo, sillones para fumadores, sombreros de fieltro, tocados de dama, hombreras en los sacotes cruzados…

En el esplendor de los cincuenta, la magia caminaba de las superproducciones de Cecil B. DeMille a la época dorada del cine nacional. De Yul Brynner y Tony Curtis a Arturo de Córdoba, Marga López, David Silva, Emilia Guiú, Joaquín Pardavé, los hermanos Soler, Silvia Pinal…

De los lagrimones espesos de Cuando los hijos se van a las ocurrencias de María Victoria en la serie interminable de Paquita, recreadas las aventuras en la Habana vieja.

Y luego Pedrito, “La chorreada”, “El tuerto”, “El camellito”, con gaznates para todos y botellas de agua de limón metidas de contrabando.

Cine picante

Cercado a mil fuegos por las salas múltiples, el cine Teresa se negó al armisticio, cambiando su giro en 1994 por películas para adultos. Función corrida desde las 11 de la mañana. Malvivientes, mariposas nocturnas en función diurna, hombres solitarios, damas en espera del trajín del Frontón México, vendedores ambulantes en refugio de la temible camioneta blanca, desocupados, estudiantes en “pinta”.

La función, en remedo del Arcadia de la calle de Balderas, del Río de la flota grande de la Prepa dos, del Savoy en sus últimos destellos, se mantuvo invencible hasta la llegada del nuevo milenio.

Clasificado como recinto de valor artístico por el Instituto Nacional de Bellas Artes, la destrucción respetó la fachada, el cascarón, la piel, por más que la furia arrasó la taquilla central y las laterales.

Cine Teresa, bienvenidos a su centro comercial.

Y para qué le llora uno si no va a resucitar.

Total, ya tampoco hay San Juan de Letrán, aunque la leyenda, el sueño, quién nos los destruye.