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¿Qué tan chinos somos?

El gigante ya está aquí y, aunque muchos lo soslayan, es urgente trazar un plan para aprovechar lo que China puede ofrecer a México.

Ella es la única intérprete y traductora cuando los líderes de ambos países se encuentran. Es la única en la que el Servicio Exterior Mexicano confía para llevar a cabo esa sensible responsabilidad y que ha visto cómo los presidentes Salinas, Zedillo, Fox, Calderón y Peña se han relacionado con sus contrapartes y otros altos funcionarios de la República Popular China.

Pero Liljana Arsovska no nació en México sino en Macedonia –aún formaba parte de lo que fuera Yugoslavia–, es doctora en Literatura Universal y una de las mejores traductoras y maestras de chino. Desde su cubículo en El Colegio de México asegura que ya está “preparando a tres alumnos” para que la sucedan en tales encargos del gobierno federal.

Este simple ejemplo ilustra con claridad la escasa atención que México le ha conferido a la relación con el gigante de Asia. El país no ha preparado cuadros suficientes para esa ni para otras importantes tareas relacionadas.

“Cuando he estado con Salinas y los demás presidentes hasta Peña, pienso: ‘Ahora sí; en este sexenio sí habrá acercamiento’. Y nada. China tiene cosas que ofrecer, deberíamos aprovecharlas. Pero existe miedo, esa ‘rara precaución’ que no está basada en conocimiento sino en pura ignorancia y en ‘el qué dirán’. Nos relacionamos con Estados Unidos y Europa, hay TLC en ese círculo cultural judeocristiano, religioso, grecorromano, pero nos da miedo ver más allá”, dice con una sonrisa amarga la también traductora.

Otro conocedor de la dinámica de China es el doctor Renato Balderrama, del Centro de Estudios Asiáticos de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Él, como Arsovska, estudió en Pekín (o Beijing), habla chino y coincide en que la falta de atención hacia ese país “tiene que ver con que los de la élite económica de México se ha formado en Occidente, sus contactos están en ese primer mundo y no en Asia. Pero además de la falta de conocimiento, hay un desprecio; ven muy lejos a China. Siempre les recuerdo que diariamente salen tres vuelos directos para allá [a Beijing, Shanghái y Cantón], y que el vuelo tarda lo mismo que llegar a Ámsterdam”.

En un juego de palabras sostiene que, como país, “estamos muy norteados y muy desorientados”, que gobiernos y empresas se focalizan en nuestro vecino estadounidense. “Les es mucho más fácil llevar la carga a la frontera en Laredo y que los de Long Beach o Tuxon lo vendan allá, que hacer negocios con los chinos que, dicen, comen raro, huelen raro, y que en efecto son un mercado muy difícil”.

Incluso en lo académico hacen falta programas y análisis para comprender bien las intenciones del gigante. “Además del Cechimex [Centro de Estudios China México] con Dussel, que es como un Quijote en este tema, no hay una estrategia real”, piensa Balderrama.

Este Quijote que dirige al Cechimex desde la Facultad de Economía de la UNAM es, en efecto, el doctor Enrique Dussel Peters, quien desde hace 20 años exclama que hay que forjar especialistas en todas las áreas para una mejor comprensión de lo que representa China: una amenaza y una oportunidad.

“Los tres embajadores que han estado en estos 20 años han sido muy pacientes, llevan esperando que México les diga qué quiere hacer –relata Dussel–. Porque China sí ha sido muy propositiva. Le ha dicho a nuestro país ‘hagamos un TLC’. Y nada. ‘Hagamos un tren rápido’, y no hay uno en el continente. Le ha dicho a México que pertenezca al Banco Asiático de Inversión en Infraestructura [AIIB], donde ya está Brasil, Perú o Chile… y nada”.

¿A qué se debe esa actitud?, se le pregunta. “Caos, indiferencia, falta de preparación y de inversión en conocimiento”, responde el economista. “Hace seis años se le entregó al presidente electo Peña un documento de 250 páginas con 100 propuestas de qué hacer con China. Me temo que nadie lo leyó. Ahí aportaron ideas 50 legisladores, los de Walmart, los jugueteros, los zapateros, el Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales (Comexi), y un montón de gente más, pero no está en el ámbito y espectro estratégico de la élite política de este país. No les importa”.

Photo by Wolfram K from Pexels

Y sin embargo, se mueve

La urgencia de saber cómo sacarle mejor partido a la relación sino-mexicana es crucial para nuestro país. Se equivocan quienes piensan que la mayor parte de las cosas que vienen de las fábricas chinas son baratijas, ropa y electrónicos de cuestionable calidad. Como lo han comprobado muchos industriales y empresarios mexicanos, la potencia asiática nos vende mucho de casi todo. Tanto, que lleva lustros siendo el segundo socio comercial de México, sólo detrás de Estados Unidos.

Según datos del gobierno mexicano, el volumen de comercio entre los dos países sobrepasa los 75,000 millones de dólares. Pero 70,000 millones son exportaciones desde China, y el déficit para los mexicanos crece: la relación es de 11 a uno.

Lo que México compra a China es principalmente maquinaria, aparatos y material eléctrico y mecánico; equipos de grabación y reproducción; instrumentos y aparatos de óptica, fotografía y cinematografía. México, como caso excepcional en América Latina, le vende a China productos agropecuarios e insumos, pero también automóviles y autopartes, que son artículos con nivel tecnológico medio y alto.

Zou Chuanming, consejero económico y comercial de la Embajada de China en nuestro país, explica a Contenido que el déficit mexicano no debe verse como un problema “porque más o menos 70% de esos productos chinos son intermedios y un 15% son bienes de capital, [que sirven] para que México produzca con mayor valor agregado y pueda exportar a otros países”.

Dussel confirma: “No sólo nos venden productos chatarra. Lo que entra legalmente son bienes como partes y componentes que se ensamblan y se venden al mercado doméstico o afuera, o bienes de capital, maquinaria completamente Made in China”.

El funcionario chino percibe lo mismo que todos los especialistas consultados: “México exporta demasiado hacia el Norte, más de 80% de sus productos. Le queda menos de 20% para vender al resto del mundo, y eso se va a Europa, a Sudamérica, incluso a Japón y Corea del Sur. Queda poco para China, que es un país tan grande en población y en consumo”. Destaca, no obstante, que la venta de productos agrícolas mexicanos en 2017 creció 50% y las exportaciones totales aumentaron 24%.

Con todo, se le señala al funcionario que el desbalance es inmenso. “No es nuestra idea – justifica–, intentamos tener un intercambio comercial más equilibrado”. Respecto al ineludible factor de ser vecinos de Estados Unidos, país que considera a México su zona de influencia, Chuanming insiste en que la cooperación sino-mexicana “ya tiene una escala inmensa que poco tiene que ver con un tercer país. Creemos que México puede aprovechar bien el mercado del norte, es una economía avanzada y muy grande, pero también creemos que debe tener diversificación de mercados, no poner todos los huevos en una sola canasta; es un riesgo”.

El doctor y especialista en temas asiáticos José Luis de la Cruz aporta datos reveladores sobre esta sorprendente economía: “Hoy tiene 24% del valor agregado económico mundial, es decir, uno de cuatro dólares que se generan en el planeta es chino”. Ese país también aporta más patentes que ningún otro: en 2016 China ofreció 1.3 millones de solicitudes, EU generó 640,000 y México 17,000. Eso señala un desarrollo industrial basado en la innovación.

Asimismo, De la Cruz resume en qué consiste el famoso plan chino de la “nueva ruta de la seda”, o como le llamaron oficialmente One Belt, One Road (Una franja, un camino): “La idea es integrar a China con todo el Pacífico asiático, la India y África por vía marítima, y por vía terrestre –carretera, trenes y oleoductos– a través de China, Rusia, India y dentro de Europa, en un proyecto que involucra a 70 países”, en los cuales figura América Latina.

Influencia mundial

El avance chino se evidencia en el mundo y no se diga en América Latina. El principal perjudicado por esta influencia es Estados Unidos, cuya cuota de mercado en nuestra región ha disminuido a manos de los productos orientales en un apabullante 80%. China, en un proceso que inició en 2001, ya es el principal socio comercial para Brasil, Chile y Perú, y tanto Ecuador como Bolivia están en la disyuntiva de depender cada vez más no sólo del comercio sino de la inversión china. El gigante asiático exporta manufacturas de nivel tecnológico medio y alto y los latinoamericanos le exportan mayormente materias primas.

“México podría vendernos más cosas, queremos que lo hagan”, dice el consejero Chuanming, “es posible más complementariedad”. Cita como ejemplo a empresas grandes como Bimbo, que ya es popular en el gigante asiático. Otras mexicanas que se han animado a incursionar en el complejo mercado son Interceramic, Nemak, Gruma, Sofftek, Televisa.

Pero México y sus pares del Caribe, Centro y Sudamérica no son los únicos preocupados. En los últimos 10 años, según la agencia Bloomberg, China ha incrementado su actividad de compra en Europa; ahí inyectó al menos 318,000 millones de dólares en la compra de empresas enteras o paquetes accionarios desde automotrices en Alemania, neumáticos en Italia o puertos en Grecia. Muchas de esas inversiones forman parte del proyecto One Belt, One Road y abarcan “infraestructuras críticas y de alta tecnología”.

Ni qué decir acerca de lo que la avalancha china ha despertado en el líder estadounidense, Donald Trump, que incomprensiblemente hizo que su país abandonara el tratado comercial conocido como TPP –dejando a México a la deriva frente a China y el peligroso Vietnam– con el cual su predecesor Barack Obama pretendía hacer frente a la hegemonía comercial e industrial del gigante de Oriente. Estados Unidos es todavía la mayor potencia económica, pero en 2017 mostró un saldo comercial desfavorable de 376,000 millones de dólares con China. La administración de Trump quiere reducir ese desbalance en 200,000 millones para dentro de dos años, pero muchos dudan de que eso se pueda lograr sin una feroz guerra comercial entre las dos potencias.

Sabedores de la alarma mundial, el gobierno chino hace ajustes. El consejero Chuanming informa que en noviembre de este 2018, China desarrollará una gran exposición internacional de importación en Shanghái. “China necesita de todo”, exclama el funcionario, quien subraya la creciente clase media que consume como pocos. Cita un ejemplo: hoy unos 130 millones de chinos turistean por todo el mundo (pero a México, por cierto, sólo vienen 100,000).

 

Probaditas

Sabemos que una infinidad de productos son fabricados en el país asiático, aunque de maquilador pasó a protagonista en el ámbito tecnológico. En México ya hay marcas de renombre como Huawei, ZTE o Hisense, que son el ariete para que los mexicanos empecemos a saber más de otras empresas de calado universal. Y ya están aquí enormes firmas de su sistema financiero y de infraestructura.

Antes de que termine este 2018 tendrán oficinas en la capital del país dos de los bancos más grandes del mundo: uno es el Bank of China que se sumará a las operaciones que ya tiene el ICBC (Banco Industrial y Comercial de China), los cuales ofrecerán servicios corporativos. Pretenden cerrar la pinza con otros gigantes que quieren oportunidades de demostrar su potencia, como la constructora más grande del planeta, China State Construction Engineering Corporation y las más grande especializada en trenes ultrarrápidos, China Railway Construction Corporation (que había ganado la licitación del malhadado proyecto de tren de pasajeros Ciudad de México-Querétaro), además de la China Railway Engineering Corporation.

Otra probadita que podríamos ver los mexicanos es la del principal rival de la plataforma de taxis privados Uber, llamado Didi Chuxing. Esta app, en cuatro años, se expandió a 400 ciudades de China y en México ya realiza pruebas piloto en la ciudad de Toluca. Si logra adaptarse al usuario y prestadores de servicio mexicanos será un serio rival. El doctor Balderrama asegura a Contenido que en su experiencia personal en el país asiático, “Didi no sólo funciona como taxi, sino para todo lo logístico, te puede llevar una pizza o lo que pidas a la banca del parque”. El consejero Chuanming estima que las tres principales urbes nacionales –CDMX, Monterrey y Guadalajara– podrán atestiguar el servicio de Didi próximamente.

Y para quien conserve dudas del tamaño de la oferta de ese país, durante este junio empresarios e importadores podrán acceder a 1,500 expositores orientales en la segunda edición de China Homelife México, la feria de abastecimiento de productos más grande de América Latina.

 

La “súperapp”

Los expertos en innovación no descartan que esta “superaplicación” quiera ser copiada en países occidentales. China, como con muchas otras cosas nacidas en Estados Unidos o en Europa, desarrolló sus propias soluciones para su propio mercado, y ahí se inscribe WeChat, una versión mucho más robusta de WhatsApp. Como esta, permite al usuario enviar conversaciones, mensajes, imágenes, documentos o hacer videollamadas, pero además permite hacer pagos y transacciones en diferentes monedas dentro y fuera de China. La mitad de las operaciones comerciales de los chinos se realizan por celular, casi siempre a través de WeChat Pay, que logró introducir a la economía formal a más de 400 millones de chinos en unos cuantos años. WeChat fusiona en sí misma funciones que en Occidente logran empresas separadas como Google, WhatssApp, Facebook, PayPal, Amazon.

 

No se confundan

Para que México aproveche mejor esta estratégica relación, hay que empezar por tratar de entender el pensamiento chino, cuya civilización de 5,000 años de historia ha conseguido logros asombrosos en sólo 40 años. Para ello la doctora Arzovska ofrece dos claves. Por un lado, dice, “tienen una concepción distinta del individualismo occidental. Para nosotros el individuo hace la diferencia, pero el Oriente es colectivista, ellos quieren ser alguien dentro de una enorme pieza que funciona bien”. Por otro lado, la filosofía china, sobre todo de Confucio (551 años a. C), los imbuye de “un pragmatismo donde todo es relativo, no hay normas absolutas. Para ellos Dios está en todos lados menos arriba, igual que la ley, que no está por encima de los hombres. Un occidental puede morir por ideales abstractos (libertad, fraternidad, igualdad) pero un chino lo hará por algo práctico: por hambre, por comida. Los principios que son ‘universales’ para nosotros para ellos no lo son, y los occidentales deben aceptar que hay otras formas de ver la vida”.

Los especialistas insisten que lo único que México no debe hacer es seguir disimulando. Como expresa Balderrama: “Hay que hacer algo porque esto es como el tsunami que te atacará dentro de cinco horas y tú sigues jugando en la playa”; o tal como lo advierte Dussel: “Los chinos ya dijeron dónde van a estar en 2050 y me parece poco inteligente ponerse frente al tren porque lo más seguro es que te aplaste. Quizá podríamos hacernos a un ladito pero sin quedarnos en la estación viendo cómo se va”.

Usando la misma alegoría, Zou Chuanming concluye: “El crecimiento chino debe verse como una oportunidad para el mundo; queremos que los demás países tomen el tren de alta velocidad de ese desarrollo, para construir una mejor sociedad. Todas las políticas de China salen de esta ideología. Tenemos un carácter pacífico, no agresivo como otros países, y en las relaciones entre personas y países tenemos la confianza de lograr un acuerdo a través de diálogo pacífico”.

Quizá como país podríamos tratar de usar ese pragmatismo en aras de aprovechar, con análisis, estudio y cautela, la mano que ofrece el gigante.

 

 

De negra a verde

Uno de tantos objetivos del plan que tiene para sí la República Popular China es reconvertir en unos años la generación de energía sucia basada en el carbón a una verde que se sostenga de energía renovable. Ya esa nación está produciendo casi los mismos gigavatios que Estados Unidos, Alemania y Japón… juntos. Según datos de la Agencia Internacional de Energía, para 2040 el gigante estará produciendo más de la mitad de su electricidad con sol (22%), viento (18%) y agua (15%) a través de sus campos fotovoltaicos, eólicos e hidroeléctricos. Será potencia líder en innovación también en este sector.

 

 

¿Y la Inteligencia Artificial, apá?

En breve las siglas IA (inteligencia artificial), que representan la capacidad de recolectar y procesar una increíble cantidad de datos para hacer cosas, serán el maná del mundo tecnológico. Cientos de instituciones y empresas privadas trabajan en ella, y algunas lo hacen ligadas a gobiernos, como el que encabeza el líder Xi Jinping, quien apoya, según el plan Hecho en China 2025, a compañías exitosas en diferentes campos como comercio electrónico, pagos móviles y redes sociales: Baidu, Alibaba y Tencent, triada ya conocida como BAT, que compiten contra estadounidenses como Google, Facebook, IBM o Microsoft.

Las empresas chinas aprovechan el conocimiento de Occidente para algunos desarrollos que ya las hacen serios competidores mundiales. Por ejemplo Baidu, para desarrollar vehículos autónomos, se alió con armadoras, autoparteras, desarrolladores de chips, especialistas en geolocalización y servicios en la nube como Ford, NVidia, Intel, Bosch, Continental, TomTom, Microsoft, Blackberry QNX, o Daimler (en la que otra empresa china, Zhejiang Geely, es ya el mayor accionista de esta firma alemana y de la sueca Volvo).

Por su lado el gigante del comercio electrónico Alibaba prueba ya City Brain, un mega proyecto que con cámaras e información variada planea desarrollos habitacionales, servicios ambientales y de tránsito vehicular. Tencent, el titán de China en servicios de internet, por su lado procesará el reconocimiento facial –con fines de seguridad estatal– de una población de 1,300 millones de personas a través de 600 millones de cámaras. Y en todo ello está involucrada la IA.

China rebasa a Estados Unidos como el país que más invierte en IA para empresas nuevas y también logró ensamblar –con procesadores chinos– la supercomputadora más potente del mundo. En comercio electrónico e internet las empresas chinas rebasan en tamaño a las estadounidenses, y los ‘unicornios chinos’ (empresas que valen más de 1,000 millones de dólares) ya representan más valor que sus contrapartes americanas. China podría ser la ciber-superpotencia que dominará la batalla por la IA en un plazo de entre siete y 12 años.

 

 

Por José Ramón Huerta