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Cuando la política juega al futbol

Un campeonato mundial a nivel de selecciones nacionales va más allá de torneo deportivo único al verse afectado, sino es que francamente condicionado, por conflictos y dilemas que encara el país sede o que implican a uno o varios de los participantes.

Photo by Markus Spiske freeforcommercialuse.net from Pexels

Durante la etapa clasificatoria para el Mundial de Futbol –efectuándose este mes y el próximo– en distintas ciudades de Rusia, despertó curiosidad que la débil selección de Israel descartó competir en las eliminatorias asiáticas, como le correspondía por su ubicación geográfica, para incorporarse a las europeas. La decisión no tuvo que ver con el deseo de foguearse ante equipos de nivel deportivo muy superior al suyo, como España e Italia, con los que compartió grupo, sino debido al repudio de las naciones de Medio Oriente y el Golfo Pérsico quienes por conflictos históricos se han convertido en enemigos irreconciliables. Todas se negaron a enfrentarlo en la cancha.

“¿Para qué vamos a jugar con ellos (los israelíes)? No nos conformaríamos con doblegarlos, lo que nos interesa es destruirlos”, expresaron los directivos de la Federación de Futbol de Irán en una declaración políticamente incorrecta pero que ilustra el grado de tensión en esa parte del mundo.

Y es que a pesar de los esfuerzos de la Federación Internacional de Futbol por presentar al evento como una verdadera fiesta que desborda armonía y fraternidad, lo cierto es que en cada una de sus 20 ediciones anteriores, y parece que la número 21 no será la excepción, han abundado situaciones polémicas, boicots y conflictos diplomáticos.

 

DESACUERDOS Y PRESIONES

Los primeros desacuerdos surgieron en cuanto Uruguay fue designado para organizar la primera Copa Mundial en 1930, los países europeos que habían buscado la sede se negaron a enviar representativos a “un lugar tan lejano de Sudamérica”. Argumentaron que no podían costear el largo viaje transatlántico en medio de la crisis económica que venía afectándolos entonces, pero no cambiaron de parecer cuando los anfitriones ofrecieron solventar todos los gastos.

Finalmente de los siete lugares reservados al Viejo Continente fueron ocupados solamente cuatro, lo que provocó que el torneo se disputara entre 13 selecciones y no 16 como se había previsto.

Los certámenes de 1934 y 1938 estuvieron marcados por el avance de los regímenes totalitarios en Europa. El primero de ellos se efectuó en Italia, cuyo gobernante, el dirigente fascista Benito Mussolini, aprovechó cada partido para exaltar su ideología “reflejada en la superioridad física de sus jugadores”, alardeó.

Para quedarse con el campeonato recurrió tanto a la naturalización de varios jugadores argentinos, como a los llamados al patriotismo y a ganar “a toda costa”. Los jugadores no ignoraban el costo de defraudarlo así que en el juego decisivo derrotaron a Checoslovaquia por marcador de 2-1.

Para satisfacción del dictador, la selección de su país no pasó por alto sus llamados a “vencer o morir” y revalidó el título en la contienda efectuada cuatro años después en Francia, cuya designación fue boicoteada por los países sudamericanos (excepto Brasil) como medida de protesta porque no se había respetado el compromiso de alternar la sede entre Europa y América. Por otra parte, Austria no asistió porque dejó de existir, Alemania la había incorporado a su territorio.

Referente histórico

El primer encuentro internacional a nivel de selecciones ocurrió el 30 de noviembre de 1872 cuando se enfrentaron Inglaterra y Escocia. Ambas naciones, junto con Irlanda del Norte y Gales, forman parte de un mismo país, el Reino Unido, pero las cuatro han invocado “motivos de identidad cultural” para competir por separado en la Copa Mundial. Ningún otro Estado tiene ese privilegio.

PRUDENCIA Y NEUTRALIDAD

Las cruentas acciones de la Segunda Guerra Mundial obligaron a suspender los certámenes previstos para 1942, el que muy probablemente se hubiera celebrado en Argentina o Brasil, y el de 1946, para el que ni siquiera se contempló sede, así como a reducir a 13 el número de participantes en el torneo que se llevó a cabo en territorio brasileño, entre junio y julio de 1950.

La Copa del Mundo retornó a Europa cuatro años después con Suiza como sede y el debut de Alemania Federal, uno de los dos países en que fue dividida la nación germana luego de ser derrotada en la Segunda Guerra Mundial. El nuevo invitado aprovechó la oportunidad y ganó su primer título.

Siguieron tres ediciones que dieron de qué hablar únicamente por las hazañas deportivas y los polémicos arbitrajes que, de acuerdo con especialistas, incidieron en partidos decisivos. Ocurrió un detalle llamativo en el Mundial de Inglaterra 1966: la sorprendente participación de Corea del Norte, desde entonces un país comunista casi completamente aislado, cuyo aguerrido conjunto llegó hasta cuartos de final.

Al concluir el emocionante torneo, estaba confirmado que la siguiente cita mundialista se llevaría a cabo en México, un país sobre el que pesaban las mejores expectativas, ya que se convertiría en el primero en albergar las dos máximas justas deportivas a nivel mundial, los Juegos Olímpicos y la Copa Mundial de Futbol, en un lapso de dos años, situación que sorprendía más por tratarse de un país en vías de desarrollo.

Los preparativos transcurrieron conforme lo previsto y los cinco estadios seleccionados estuvieron listos, pero el ambiente se empañó debido a la represión del movimiento estudiantil en octubre de 1968, con centenares de muertos y desaparecidos. Fue necesario un intenso cabildeo diplomático por parte del gobierno mexicano para impedir que algún país suspendiera su participación.

El periodo de eliminatorias tampoco estuvo exento de contratiempos, el más delicado originado durante la serie clasificatoria entre Honduras y El Salvador. Ambas naciones estaban enfrascadas en un conflicto limítrofe y la afición vio cada partido como una especie de ajuste de cuentas.

La euforia se salió de control durante el encuentro de vuelta efectuado en San Salvador. Lo ganaron los locales y sus seguidores festejaron asesinando a 12 aficionados hondureños. Siguieron una serie de ataques a los inmigrantes de un país en el otro, que se prolongaron hasta el 14 de julio de 1969, cuando el ejército salvadoreño invadió a Honduras. Se retiró una semana después, gracias a la mediación de la OEA, pero dejó unos 2,000 muertos.

 

CARTA DE PRESENTACIÓN

Uno de los objetivos de cada país organizador es aprovechar “su” Mundial para promocionarse. Así ocurrió con Alemania Federal en 1974 que buscaba demostrar que había sepultado sus ambiciones expansionistas para convertirse en “un espacio de paz y tolerancia” e incluso organizó tres encuentros en la cercada ciudad de Berlín occidental, uno de ellos contra la entonces Alemania Democrática, sin enfrentar mayor contratiempo.

Resultó más cuestionado el Mundial de Argentina 1978. El país había recibido la sede después de 48 años de buscarla, pero al momento de efectuarse, la competencia estaba regida por una dictadura militar acusada de graves violaciones a los derechos humanos, como la tortura y desaparición de miles de jóvenes en centros clandestinos de detención.

El evento fue boicoteado por organizaciones de derechos humanos, pero ni la FIFA, ni una sola de las federaciones nacionales descartaron participar. El régimen argentino invirtió unos 700 millones de dólares de aquella época para mostrar “un país ordenado, próspero y moderadamente alegre”. Para conseguir esto último no se confiaron del desempeño de la selección local, existen indicios de que presionaron a la selección de Perú para garantizar su docilidad en un encuentro que el cuadro anfitrión necesitaba ganar por abultado marcador para pasar a la final. El resultado de ese partido fue 6-0, favorable a los argentinos quienes, unos días después, conquistaron la Copa Mundial al derrotar a la selección holandesa.

 

ENCUENTROS CALIENTES

En los siguientes 36 años ninguna sede mundialista fue tan cuestionada como la argentina, seguramente porque se trató de países con mayor estabilidad política, excepto Colombia que debido a sus graves problemas de violencia y a la actividad de grupos guerrilleros financiados por el narcotráfico, renunció a organizar el Mundial de 1986, cuya sede recayó finalmente en México.

Precisamente en la segunda cita mexicana, la casualidad insistió en confrontar en la cancha a países francamente enemistados, como a las escuadras de Argentina e Inglaterra en cuartos de final, cuando cuatro años atrás habían protagonizado un breve pero cruento enfrentamiento militar por la posesión de las islas Malvinas y que terminó con la rendición incondicional de los sudamericanos.

En cuanto al encuentro, efectuado en el Estadio Azteca, estuvo muy parejo, hasta que Diego Armando Maradona abrió el marcador cuando fue a buscar un balón aéreo y lo enfiló a la portería contraria usando la cabeza y el puño izquierdo. El gol contó a pesar de las protestas de los ingleses y apuntaló la victoria albiceleste. Cuando se pudo cuestionar al crack sudamericano por aquel tanto, dijo que lo había anotado “un poco con la cabeza y un poco con la mano de Dios” para reivindicar la humillación que había sufrido su país.

En Francia 1998, Irán tuvo que enfrentar en la fase de grupos a Estados Unidos, con el que había roto relaciones diplomáticas desde 1979, luego de que la embajada de este último en la capital iraní fue asaltada por una muchedumbre que mantuvo secuestrado al personal por 444 días. Con ese antecedente el partido generó las peores expectativas, pero triunfó la civilidad, mientras los jugadores de ambas escuadras aprovecharon el momento del saludo para obsequiar flores a sus adversarios, ambas fanaticadas en las gradas se dedicaron a corear consignas festivas y celebrar el triunfo iraní por 2-1.

Años antes, el Mundial de Italia de 1990 había marcado la despedida deportiva de países que se desintegrarían poco después: Checoslovaquia, Yugoslavia y la Unión Soviética. Así como la última participación Alemania Federal antes de que absorbiera la parte oriental para formar un solo país.

 

CELEBRACIÓN CUESTIONADA

“Se ha convertido el lugar de cada cita mundialista en un momento de fraternidad y festejo de emocionantes hazañas, pero también es cierto que su enorme poder de convocatoria alienta a que se le use para entretener y distraer a la masa y hacer que olvide los problemas cotidianos”, opina Alejandro Byrd, académico de la Facultad de Estudios Superiores Acatlán, UNAM.

Están documentados los enormes esfuerzos que realizó Sudáfrica al invertir poco más de 1,000 millones de dólares para acondicionar 10 estadios, así como la infraestructura indispensable para acceder a cada uno. Aparentemente hubo consenso en la sociedad sudafricana, marcada por un alto grado de marginación, de que el compromiso valía la pena.

“No ocurrió lo mismo en Brasil 2014, porque la población salió a protestar indignada por la inversión de unos 10,600 millones de dólares en la organización de la cita mundialista, cuando el país enfrentaba una grave recesión económica y su clase política era cuestionada por casos de corrupción”, recuerda el académico.

El Mundial marcó un récord de telespectadores con 3,200 millones de personas, el equivalente a más de 40% de la población mundial, pero desde el punto de vista político fue un fracaso para el país organizador. La humillante derrota que sufrió su selección en semifinales fue más que una tragedia deportiva, devolvió a los brasileños a la realidad de que forman parte de un país con enormes carencias.

En cuanto a la justa mundialista en Rusia de este año, al académico Byrd no le sorprende que el jerarca de aquel país, Vladimir Putin, busque aprovecharla para mostrar al mundo lo que ha logrado en 18 años de permanencia en el poder, lo que debería causar ruido y hasta indignación es que las autoridades deportivas internacionales hayan otorgado la sede de un evento de tal magnitud a un país acusado de violar derechos humanos y que no está dispuesto a rectificarlo.

 

 

Castigo ejemplar

Con tres derrotas a cuestas y una diferencia en contra de 11 goles, Corea del Norte terminó en el último lugar del Mundial Sudáfrica 2010. Por estos resultados, cuando jugadores y cuerpo técnico regresaron al país comunista habrían sido recluidos en campos de trabajos forzados, según informes de prensa, pero la FIFA no pudo verificarlo.

 

 

Por Pedro C. Baca