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Recetas de la abuela vistas por la ciencia

Algunas de las recomendaciones y remedios que se trasmiten de generación en generación fueron literalmente llevados al laboratorio para ser analizados por los científicos ¿Cuáles son válidos y cuáles sólo mitos? Conoce qué dicen la ciencia de las recetas de la abuela.

Foto: Pexels

Cuando la entonces niña Valeria Edelsztein –autora del libro Los remedios de la abuela: mitos y verdades de la medicina casera, publicado por la editorial Siglo XXI– aprendía a cocinar le despertó gran curiosidad una recomendación que su madre le daba: “Cuando prepares caldo, cocido o consomé de res debes cortar las puntas de la carne de ambos lados y ponerlas al final, junto a las verduras”, como buena niña curiosa preguntó: “¿Y por qué debemos cortar siempre las puntas de la carne?”, la mamá desconocía la respuesta; simplemente así lo había aprendido de su madre. Valeria no se quedó con la duda y fue con la abuela, quien respondió: “Así me lo enseñó mi mamá”. Por suerte para ella, la bisabuela todavía vivía y decidió investigar. La explicación de su ascendiente fue que en su época no había cacerolas tan grandes como las actuales y sólo poseía una cazuela chiquita, por ello siempre cortaba la carne de los extremos para que cupiera en el guiso.

Esta anécdota pueril refleja en ocasiones lo que sucede con los famosos consejos de las abuelas, los cuales se repiten sin saber la verdadera razón o el origen. “Este conocimiento va mezclado con la tradición o con la solución de ese momento y se vuelve parte de la mística, pero en realidad nadie puede explicarlos cabalmente”, explica María Emilia Beyer, maestra en Filosofía de las Ciencias y divulgadora científica.

La ciencia ha tratado de encontrar lo que hay de realidad, mito y hasta ficción en el conocimiento empírico. “Trae lo que hay allá afuera y lo traslada a su territorio: el laboratorio, para analizarlo, estudiarlo, sintetizarlo y después de prueba y error, afirmar o negar los beneficios que se le atribuyen por tradición o cultura”, detalla la académica Beyer, también integrante de la Dirección General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM.

Para el físico Enrique Anzures, de la Sociedad Astronómica de México, la ciencia es un conocimiento generado de tal manera que resulta confiable, así cuando se expone una idea pueda ser comprobada por muchísimas personas. “En el momento que muchos revisen y le empiecen a ‘pegar’ por todas partes a esa idea, si sobrevive es un conocimiento científico”.

La ciencia no es dogmática, está sujeta a cambios y a corrección constantemente. “Todo el tiempo se está automejorando, es el conocimiento más confiable que tenemos en la época”, señala el también divulgador de la ciencia, quien advierte que un buen científico deber ser escéptico ante todo, incluso ante sus propios datos.

En ocasiones el conocimiento científico es calificado por la gente como muy decepcionante, porque les mata la ilusión. Sin embargo de lo que se trata es de “hallar una comprobación que te haga sentir asombrado y maravillado por cómo funciona la naturaleza y el mundo natural dentro de nuestro cuerpo, una maquinaria maravillosa. Que te asombres con este tipo de magia, ya no de pensamientos mágicos sino científicos”.

En Contenido decidimos confrontar 11 de los consejos más socorridos por las abuelitas bajo el tamiz de la ciencia. Conozca cuáles sí son avaladas, cuáles están aún en discusión y cuáles no pasan de ser un candoroso mito.

 

  1. Tápate porque si no te vas a resfriar. Cuántas veces no habremos escuchado este consejo, a veces hasta precedido por alguna bufanda o suéter. La ciencia responde, en primer lugar, que se debe diferenciar entre la gripa y el resfrío, pues aunque ambos son producidos por virus (aunque virus diferentes), ninguno de ellos tiene que ver con la alteración de la temperatura corporal sino más bien con la presencia de virus en el ambiente. Conclusión, dice Enrique Anzures: es un mito.
  2.  La zanahoria es buena para la vista. “Sería una maravilla que se nos curara el astigmatismo y la miopía a punta de comer ensalada de zanahorias, estaríamos felices, no usaríamos anteojos, la realidad es que es un consejo que viene de la tradición, y no funciona”, señala María Emilia Beyer. Es cierto que la zanahoria contiene vitamina A, involucrada en que la visión funcione bien, no tanto en su mejora, pero de acuerdo con la experiencia científica, por más zanahorias que se consuman, el cuerpo sólo toma microdosis de vitamina A y el resto lo elimina por la orina. Algunas versiones sostienen que el mito surgió durante la Segunda Guerra Mundial: se dejó correr el rumor de que los pilotos ingleses comían zanahorias, de ahí su gran visión nocturna y su puntería, pero en realidad utilizaban radares, algo que no sabían –ni deberían saber– los alemanes.
  3. Si no duermes no vas a crecer. Esta advertencia de las abuelas, señala el divulgador Anzures, ha sido analizada por la ciencia y resulta que ha confirmado su sapiencia. Cuando el ser humano está en la infancia y adolescencia se produce una hormona llamada Gh (llamada también la hormona del crecimiento) que emite el cerebro una hora después de dormir. En ocasiones pareciera como si los chicos “crecieran” de un día para otro, por esta razón los endocrinólogos observaron este patrón y fue así como se generó este conocimiento científico. Por ello cuando la abuela recomiende a los nietos irse a dormir para que crezcan, no se le debe discutir.
  4. Si te estás agripando toma vitamina C. Excelente recomendación que hemos escuchado cientos de veces pero innecesaria, según la ciencia, debido a que nuestro cuerpo sólo utiliza una dosis micrométrica de esta vitamina y el resto lo elimina por la orina. Sin embargo, no hay que minimizar el efecto placebo, señala la doctora Beyer, pues el “juguito” de naranja en el desayuno, sentirse apapachado, querido y cuidado, pueden ser elementos que nos hagan sentirnos bien y forman parte del conocimiento empírico que las abuelitas nos han legado.
  5. No te truenes los dedos porque te puede dar artritis . Esta amonestación repetida por las mamás aún se mantiene hasta nuestros días. Según esto, tronarse los dedos pueden causar artritis u otros deformaciones. Dicho consejo se vio seriamente cuestionado con la investigación del médico Donald Unger, a quien “sólo” le tomó 50 años para registrar los efectos de tronarse los dedos en su propia mano izquierda. Los resultados, publicados en la revista Artritis and Rheumatism, concluyeron que el hábito de tronarse los dedos no provocaba artritis, según constató el propio Unger. Otros estudios publicados en revistas científicas llegaron a conclusiones similares, salvo una investigación publicada en Los Ángeles en la década de los setenta, la cual sospechaba que tal advertencia tenía que ver más con el efecto irritante que causaba el sonido en quien los observa que por los daños físicos en las extremidades.
  6. Un poco de chocolate para levantarte el ánimo. A veces las abuelitas cuando nos ven un poco tristes sugieren comer un poco de chocolate para levantar el ánimo. Algo de razón existe, dice la doctora Beyer, dado que el cacao, uno de los principales componentes del chocolate, es una planta maravillosa que tiene un coctel bioquímico que resulta ser un estimulante del sistema nervioso central, llamado teobromina. Este compuesto, al igual que la cafeína, nos hace estar alertas pero a diferencia de la cafeína que actúa muy rápido, posee un efecto más prolongado. Entre sus componentes principales están la anandamida que genera un mensaje de relajación a nivel cerebral y la feniletilamina, un neurotransmisor del bienestar. Como ve, algo de razón tienen las abuelitas al prescribirnos esta sustancia.
  7. Si te duele la garganta, toma una cucharada de miel. Este alimento es considerado un desinflamatorio natural, la sabiduría popular asegura que al consumirlo se alivian las molestias de la garganta, pero más allá del efecto placebo actualmente se le considera un “superalimento” que no sólo tienen un valor medicinal sino nutricional. Pese a ello, dicen los expertos, la miel siempre está bajo la escrutadora mirada de la ciencia y todavía no hay estudios concluyentes de sus efectos desinflamatorios o antibióticos. Debido a la gran cantidad de estudios al respecto la gente se puede confundir, pues la ciencia puede sostener un argumento que al año siguiente puede ser desechado. En este caso, más vale tener prudencia y entender, dice Beyer, que los científicos “no gustan de las verdades absolutas sino de la construcción de la verdad”.
  8. No nades después de comer. Es una recomendación que más de una vez habremos escuchado en nuestras vidas, sobre todo en nuestra niñez. Es verdad que para hacer la digestión se necesita un poco de sangre para absorber los nutrientes, sin embargo, el ser humano tiene el suficiente flujo sanguíneo para realizar todas las funciones corporales completas. Todavía no hay evidencia científica de que se presenten calambres después de comer. “Los nadadores profesionales comen y se meten al agua sin ningún problema, por lo tanto este consejo de la abuela es un mito. No sabemos en qué momento empezaron a decirle a los nietos, ‘espérate, te va dar un calambre, te puede dar un dolor de caballo’, lo cierto es que tenemos suficiente sangre para realizar todas estas funciones”, asegura el físico Enrique Anzures.
  9. Si comes espinacas te pondrás como Popeye. Los científicos fueron los primeros confundidos con la espinaca, fuente de la fuerza de Popeye el Marino, popular personaje de cómics. Todo surgió en el siglo XIX, cuando se analizaron en el laboratorio sus efectos para generar y fortalecer la fibra muscular así como la manera en que ayudaba al sistema inmunológico. Cuando se publicaron los resultados la cantidad de hierro por cada 100 gramos era inmensa (35), razón que explica todo el boom sobre esta verdura. ¿Cuándo se terminó el mito? Cuando se corroboró varias de veces en el laboratorio y finalmente se publicó hasta el siglo XX, un artículo en el British Medical Journal, la cantidad exacta de hierro en la espinaca (3.5 por cada 100 gramos). El desmentido científico no tuvo el mismo efecto entre la gente y por esta razón todavía persiste la creencia de que las espinacas nos harán fuertes como Popeye, por eso actualmente las mamás creen que para sus hijos crezcan sanos y fuertes se debe darles puré de espinaca que ciertamente no les hará daño pero no los hará más fuertes como ellas creen.
  10. Caldo de pollo para el resfrío. Cuando alguien inicia con los primeros síntomas de esta enfermedad las abuelas sugieren este potaje para aliviar los síntomas, adjudicándole un poder casi mágico. Literalmente los científicos llevaron el caldero al laboratorio y un equipo de neumólogos lo analizó y encontró que, además del efecto placebo, los vapores del caldo ayudan a humectar y a soltar algunas secreciones pero también halló que algunos de sus componentes retrasan la llegada de los neutrófilos o células de defensa, los cuales al llegar atropelladamente a combatir a los virus, genera una sensación de taponamiento. La sopa de pollo retrasa la acción de los neutrófilos, que ya no libran una gran batalla sino pequeños combates y por consiguiente la congestión del cuerpo disminuye. Además de esto, señala la maestra Beyer, el caldo de pollo contiene un aminoácido que ayuda al sistema inmunológico a funcionar correctamente e induce el sueño y, por último, añade que este guiso es de fácil digestión. ¡Cuánta razón tenían al sugerirnos este caldito!
  11. Clavo para el dolor de muelas. Este antiquísimo consejo fue llevado al laboratorio donde se le se realizaron muchísimo estudios; se encontró que efectivamente esta receta funciona muy bien pues cuando se muerde el clavo (de cocina, no de la ferretería) se libera un aceite llamado eugenol (antiséptico y anestésico), que funciona localmente. Ha tenido tal éxito que la industria farmacéutica lo adoptó y lo sintetizó en el laboratorio, y por eso algunos consultorios tienen este olor característico. Pero, ojo, se debe tener cuidado con el eugeneol pues genera un efecto fisiológico que incrementa una serie de sustancias, las cuales en demasía son tóxicas y neurodegenerativas.  Los científicos recuerdan que las plantas y sus alcaloides son la primera farmacia del mundo pero esto puede ser tan bueno como malo. No debemos olvidar, recuerda Beyer, que a menudo la gente piensa que por tratarse de un remedio natural es buenísimo e inocuo, pero sería conveniente recordar que entre ellos se encuentra el veneno de alacrán y la cicuta.

Es cierto, los consejos de las abuelas tienen una noble intención, sin embargo debemos ser cuidadosos con las cantidades, no en balde también las abuelitas advertían que las dosis hacen al veneno.

 

 

Por Alberto Círigo