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Los exitosos empresarios zapotecas de Oaxaca

Impulsados por un arraigado sentido comunitario mezclado con un espíritu emprendedor, estos empresarios zapotecas de los Pueblos Mancomunados prosperan tan bien que son la envidia de muchos y ejemplo a seguir.

Cansados de que los ladinos los explotaran o trataran de dividirlos, los habitantes de 8 pueblos en las primeras estribaciones de la sierra Juárez —un área densamente boscosa 60 kilómetros al sur de la ciudad de Oaxaca— decidieron en 1976 explotar por su cuenta los bosques de su región, pero sin depredarlos.

Cinco lustros después, los pobladores de Santa Catarina Lachatao, San Miguel Amatlán, Santa María Yavesía, Latuvi, Benito Juárez, Cuajimoloyas, Llano Grande y Nevería (todos zapotecas) manejan en las casi 30,000 hectáreas de su territorio un aserradero y una planta de desecado de madera que exportan anualmente 10,000 metros cúbicos de madera a Estados Unidos y Canadá; una embotelladora de agua purificada; una empacadora de hongos y frutas secas; y uno de los complejos ecoturísticos más renombrados de México, administrado por su propia agencia, Expediciones Sierra Norte (ver Viaje al bosque de niebla oaxaqueño, Contenido, Mar. 2001) y que en marzo pasado obtuvo el premio 2002 Ecotourism Award, otorgado por el gigante editorial estadunidense Condé Nast Traveler a los tres mejores operadores ecoturísticos del planeta (los otros 2: un hotel en la rivera del río Macal en Belice y una naviera escandinava que organiza cruceros a Alaska, Costa Rica, la Antártida y las islas Galápagos).

Tales actividades le reportan a los emprendedores campesinos más de tres millones de dólares al año: —Y todo sin arrasar nuestros bosques —se congratula Israel Santiago García, gerente de la Unidad de Aprovechamiento Forestal.

Habitados desde antes de la Conquista, entre 1598 y 1615 los emprendedores poblados se confederaron en una liga a la que bautizaron Comunidad de Pueblos Mancomunados, según consta en un par de códices conservados en el Archivo General de la Nación.

El inicio del cambio

Ferozmente independientes desde entonces, resistieron tenazmente todo intento de los españoles, primero, y de los criollos, después, de arrancarles sus tierras. Ya en el siglo pasado, en plena revolución, organizaron su propio batallón (bautizado “Sierra Juárez”) no para sumarse a “la bola”, sino para defenderse de tropas carrancistas que pretendían arrojarlos de su terruño.

No tomaron partido por ningún bando y, en cambio, decidieron eliminar las mayordomías (cargos religiosos que imponen al elegido la obligación de financiar las fiestas patronales), porque las consideraron carga inútil. Para asegurar la unidad de la Comunidad, los pobladores decretaron en su territorio la libertad de pensamiento, credo —conviven sin sobresaltos protestantes y católicos— y elección de filiación política. Por entonces construyeron la primera escuela primaria de la región, en Lachatao.

Tampoco la cooptación de campesinos emprendida por sucesivos gobiernos los afectó: en los 50 rehusaron afiliarse a la priista Confederación Nacional Campesina, lo que les valió señalamientos de rebeldes. No se inmutaron. Tras acordar en asamblea que no se afiliarían en bloque a ningún partido u organización política ni apoyarían a ningún candidato de ningún gobierno, firmaron un convenio para afirmar su decisión de permanecer coligados. El 19 de septiembre de 1961 el presidente Adolfo López Mateos (1958-64) reconoció a la Comunidad como una entidad indivisible.

A principios de los setenta proscribieron la práctica de la tumba, roza y quema, que despedazó los bosques de otros pueblos en pro de maizales de muy bajo rendimiento, y en cambio se asociaron con una maderera española, pero dieron por terminada la aventura 5 años después, cuando descubrieron que los europeos les robaban.

En 1976 los comuneros crearon su propia empresa, la Unidad de Aprovechamiento Forestal, que vendía el producto de la tala a la Maderera San Rafael (del estado de México). En los siguientes años algunos comuneros enviaron a sus hijos a estudiar a Oaxaca. Dos de ellos fueron Saúl Mecinas Quero e Israel Santiago García (hoy de 42 y 36 años de edad, casados ambos, padres de 4 y 2 vástagos), que se graduaron de contadores en la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca y hoy asesor financiero y gerente general la Unidad.

Estufas de madera

Al retornar a la comunidad, ambos contadores se dieron a la tarea de persuadir a sus paisanos de racionalizar la explotación de sus bosques y reorganizar el sistema de trabajo. Fue una brega de años, pero al cabo en 1994 los persuadieron: —Antes cada comunero se sentía jefe y era imposible establecer planes. Financieramente había un desastre, porque muchos tenían chequeras con cargo a la cuenta comunitaria y manejaban el dinero sin orden, aunque nadie robaba —recuerda Mecinas.

El primer paso consistió en establecer un organigrama que definía obligaciones y responsabilidades de cada comunero involucrado en el aserradero; luego se establecieron sendas auditorías interna y externa y se emprendieron estudios periódicos de manejo forestal, para determinar cuánta madera se puede explotar al año, dónde sembrar nuevos arbolitos y aplicar programas de combate a las plagas.

En menos de un lustro la comunidad se transformó: con 19,803 hectáreas de bosque destinaron a la explotación sólo 13,735. Establecieron brigadas encargadas del control de plagas (deben sanear alrededor de 200 hectáreas al año) y un vivero que actualmente produce 75,000 pinitos de 8 especies, además de frutales como duraznos, ciruelos, manzanos, perales, aguacates y limoneros.

Con las ganancias pudieron adquirir en 1998 nueva maquinaria para el aserradero, completamente automatizada (costo: 4 millones de pesos), lo que reduce al mínimo el desperdicio de madera.

Los tablones son trasladados a la planta de clasificación secado, venta y despacho, ubicada en Macuitxóchitl. Con 4 hectáreas de superficie, está equipada con un par de estufas de secado para mejorar la calidad de la madera, capaces de procesar cada una a la vez 840 metros cúbico (costo: 2 millones 300,000 pesos cada una). Son automáticas y como combustible emplean aserrín.

Agua bombardeada

Cinco días después, ya desecados, los tablones son clasificados en cuatro categorías (la mejor es blanda, sin nudos, resina ni ocote) y los cargan en camiones propiedad de los comuneros para despacharlos. Diariamente parten de los Pueblos Mancomunados entre 10 y 15 camiones, algunos con destino a Estados Unidos y otros al puerto de Veracruz, donde la madera se embarca hacia Portugal, donde sirve para fabricar muebles luego vendidos en Francia y Alemania. Los 350 comuneros empleados en el aserradero ganan diariamente 110 pesos, el triple del salario mínimo en Oaxaca.

El zapoteca Jorge Quero Hernández (de 33 años de edad, casado, padre de dos hijos) es el técnico forestal responsable del acopio de conos de pino para los viveros, uno en Latuvi y el otro en un paraje denominado Las Vigas. La recolección se hace de octubre a diciembre. Los conos son secados al sol para extraer las semillas, que sembradas en almácigos (cajas de madera poco profundas, de dos por cuatro metros de lado). A los 40 días, las plántulas recién brotadas se colocan en bolsas individuales con tierra de monte, abono vegetal y arena. Una vez que alcanzan 25 centímetros de altura están listos para la siembra definitiva.

Al tiempo que reorganizaron el aserradero, los comuneros emprendieron la recolección y venta de hongos blancos o matzutake a una empresa que los vende en Japón. Brotados bajo los colchones de agujas acumulados al pie de los pinos, los hongos son recolectados una vez al año con sumo cuidado, para no romperlos. Tras limpiarlos y clasificarlos, se empacan en cajas de unicel y se refrigeran. Finalmente son despachados a Tokio en avión: —A la fecha hemos vendido 3 toneladas (500 kilos al año) —indica Israel Santiago.

Con las ganancias del aserradero y la venta de hongos, en 1997 los comuneros emprendieron una nueva aventura: el envasado de agua purificada. Recogida en manantiales que brotan en las laderas boscosas a 2,850 metros sobre el nivel del mar, el agua se traslada a Las Vigas, donde bajo la vigilancia de Violeta Santiago Cruz (soltera de 32 años de edad) se almacena en tanques para decantar toda impureza sólida antes de pasar por máquinas que bombardean el líquido con rayos ultravioleta y ozono, para eliminar las bacterias.

Fruta kosher

La embotelladora Indapura (“inda” es agua, en zapoteco) emplea 41 mujeres y 28 hombres (salario: 80 pesos diarios) y vende al día 2,000 garrafones distribuidos en la capital estatal y otros poblados cercanos: —Eso sin contar otros tantos envases de medio y litro y medio que enviamos a decenas de tienditas de la esquina —sonríe Violeta Santiago.

Entusiasmados por la demanda de los matzutake, los comuneros decidieron recolectar otras especies de hongos y hierbas aromáticas para venderlas en México y crearon la Envasadora y Empacadora Pueblos Mancomunados, que bajo el mando de Isabel López López (soltera de 24 años de edad) procesan hongos de seis especies diferentes, que venden secos.

Para mejor aprovechar las instalaciones —en las que laboran tantas personas—, los comuneros discurrieron deshidratar también frutas (manzanas, peras, mangos, piñas y plátanos, los últimos 3 comprados a otros pueblos de clima más cálido). Vendidos con la marca Sierra Viva, el precio de cada bolsa (con 30 gramos en el caso de los hongos y 100 en el de las frutas) ronda 30 pesos. Los productos están certificados por media docena de organizaciones naturistas; también obtuvieron la calificación kosher pareve —una certificación religiosa judía que garantiza que los cuchillos empleados en la manufactura no se emplean para matar animales— lo que les permite vender, además de en México, en Estados Unidos, Francia, Alemania e Israel: —El año pasado representé a los Pueblos Mancomunados en la feria Biofach celebrada en Nuremberg —se enorgullece López.

El proyecto más reciente de los emprendedores comuneros, aún en proceso de realización, es el cultivo de hortalizas en invernaderos con condiciones estrictamente controladas. Tras solicitar asesoría a una docena de consultorías agrícolas y universidades mexicanas que les ofrecían sólo construir los invernaderos y pero no capacitarlos en su manejo, optaron por buscar ayuda en el extranjero. Al cabo seleccionaron a una empresa israelita, la Israel Corporation of Agricultural Applications, que les ofreció asesorarlos de principio a fin.

La clave del éxito

El primer paso, emprendido a mediados del año pasado, consistió en nivelar un cerro para construir en las laderas terrazas (en total: 30 hectáreas) donde se montarán los invernaderos. En las primeras dos hectáreas acondicionadas, los comuneros sembraron tomate y pimiento dulce rojo, que ya venden a clientes de Nueva York, Boston y Miami. Ya terminado, el proyecto completo costará 160 millones de pesos (los israelitas cobraron 37) y los entusiastas zapotecas calculan que estará listo a fines de 2003.

El año pasado, la diligencia de los habitantes de los Pueblos Mancomunados les valió ser calificados como ejemplo a seguir por el Centro Internacional de Agronegocios del Instituto Tecnológico de Monterrey: —El secreto de nuestro éxito radica en la tolerancia y una constante búsqueda de nuevas alternativas —reflexiona don Saúl Mecinas—. Eso permite que trabajemos hombro con hombro personas de diversos credos y opiniones políticas.

Para preservar la paz, continúa don Saúl, en las asambleas comunitarias suelen discutirse sólo los problemas de la operación de las empresas y nunca permiten que se mezclen con cuestiones políticas o religiosas. Los usos y costumbres también son objeto de revisión, como el tequio (trabajo comunitario sin paga), que los católicos realizan cualquier de la semana mientras los protestantes están exceptuados de hacerlo el sábado, día que según su fe deben consagrar obligatoriamente al descanso y la oración.

En cambio, son severos con los ladrones o los buscapleitos: quienes roban son expulsados sin contemplaciones de la comunidad y desterrados para siempre; quienes alteran el orden público o cometen algún delito que amerite cárcel también son exiliados, por indeseables. Similar dureza se reserva para quienes cacen venados (completamente prohibido) o se nieguen a trabajar.

—Nuestro estilo de vida, que conjuga tradiciones ancestrales con modernidad, nos permite vivir con holgura y mucha dignidad —filosofa Israel Santiago— sin caer presa del paternalismo gubernamental al que son tan afectos muchos indios y que los mantiene como les gusta a sus trasnochados defensores: pobres, tristes y pintorescos.

 

Por Alejandrina Aguirre