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¿Cómo cambia la sexualidad en primavera?

 

Hay verdades pero también muchos mitos acerca de lo que conlleva el paso del frío invernal al calorcito. Descubra cómo la estacionalidad nos transforma… o no.

Foto Pexels

Para cuando usted lea esto es muy probable que ya haya guardado un par de suéteres en el clóset y su pijama sea algo más ligera que en los meses anteriores. Y aunque compruebe que, efectivamente, algo de loco tiene marzo –un chubasco, algún ventarrón o una baja de temperatura atrasada pudiera sorprendernos– es un hecho que aun con el cambio climático que experimenta el planeta, se sigue cumpliendo la fiel promesa anual: la primavera llega y con ella una serie de cambios en nuestro entorno.

Ni quién discuta que a esta estación se le suele relacionar con cosas positivas desde que los seres humanos empezaron a observar que, luego de un periodo de frío intenso, las cosas se ponían más amables en cuanto al clima y el ambiente en general. Sobre todo en aquellas comunidades alejadas del tropical Ecuador, las establecidas en los hemisferios norte o sur del planeta, los cambios suelen ser más evidentes, a veces dramáticos.

Después de estar guarecidos en cuevas, jacales o chozas, de encontrarse con escasez de ciertos vegetales y con una fauna que también solía protegerse de las bajas temperaturas, ya nuestros ancestros notaban que a fines de marzo –o de septiembre, en el hemisferio sur– la luz solar se expresa durante más tiempo, que algunas especies vegetales parecen renacer, que es un buen momento para sembrar y que varios animales se espabilan y reanudan su etapa reproductiva. Los mismos humanos se desproveían de ropajes que los protegían del frío y encontraban más propicia la convivencia social.

En lo que hoy conocemos como equinoccio –cuando el día dura lo mismo que la noche–, algunas culturas engendraron ritos para celebrar el acontecimiento. Se sostiene que los misteriosos druidas, sacerdotes celtas en las islas británicas, Francia y España, conmemoraban el equinoccio de primavera (aunque quizá también hacían lo propio con el de otoño y con los solsticios de verano e invierno); también en la mitología germánica se encuentra Ostara (Eostre, que deriva en Easter, nombre de la Pascua en inglés), la divinidad que encarna el inicio del despertar y amanecer que vienen con la primavera. En diversas culturas más cercanas, como la totonaca en México, se hacían rituales para consentir a los dioses de la fertilidad que gustaban de esta temporada.

Hay quien sostenía, como el autor canadiense Manly P. Hall, especialista en ritos y religiones antiguas, que las mismas festividades de la cristiandad no están del todo desvinculadas de la estacionalidad de la Tierra y de ciertas religiones que se regían con el movimiento del Sol. Algunos datos sostendrían ese vínculo. En el Primer Concilio de Nicea, en el año 325, la fecha de la Pascua o Domingo de Resurrección quedó establecida en el primer domingo después de la luna llena tras el equinoccio de primavera, en el hemisferio norte. Fue en ese Concilio y durante ese año cuando la Pascua judía y cristiana separaron sus caminos.

Así que de tiempo atrás nos viene esta tradicional reverencia hacia la primavera. Pero más allá de eso, ¿también debemos relacionar el cambio de estación con alteraciones en nuestro cuerpo, en nuestra sexualidad?

En primavera la luz solar se expresa durante más tiempo, algunos vegetales parecen renacer y varias especies animales reanudan su etapa reproductiva.

 

Animalidad primaveral

Después de revisar un gran número de opiniones supuestamente doctas y presuntas estadísticas que han publicado medios serios y otros no tanto, uno podría afirmar categóricamente que el cambio estacional sí afecta nuestro cuerpo y nuestro ánimo. Sin embargo, lo que halló Contenido luego de consultar a un grupo de expertos en diversos campos es que convendría ser más cauto antes de hacer cualquier aseveración a este respecto.

En el mundo animal es verdad que hay múltiples ejemplos de las transformaciones, a veces trágicos, que el cambio de estación provoca en algunos organismos. Pero incluso dentro una misma especie, dependiendo de la latitud donde se encuentren sus miembros –al norte, al sur o en los trópicos de la Tierra–, observamos diversos comportamientos. “A veces sí hay importantes diferencias en la conducta sexual, cuándo empieza y termina la reproducción, la intensidad de las señales sexuales o la frecuencia e intensidad de la promiscuidad–, explica la doctora Roxana Torres, investigadora en el Laboratorio de Conducta Animal del Instituto de Ecología de la UNAM, pero también aclara que así como hay mamíferos que no muestran cambios notables, también ciertas aves experimentan transformaciones en primavera que llegan a ser asombrosas.

“Hay estudios que muestran que los perfiles hormonales de ciertas especies cambian y las hormonas son una especie de regulador de muchas conductas que tienen que ver con la reproducción o la migración”, dice la investigadora Torres, quien hace referencia al caso de las aves terrestres llamadas canoras, en la que los machos cantan durante la época reproductiva. “Sus conexiones neuronales cambian durante la época de cortejo, lo que les permite producir cantos muy elaborados y suele ser durante la primavera cuando se da el pico de actividad sexual. ¡Los cambios fisiológicos son tan profundos que afectan sus cerebros!”, exclama.

Empero, no es posible establecer un patrón primaveral que aplique para todas las especies. “En las zonas más cálidas, sin grandes variaciones climáticas, los machos cantan todo el año, incluso las hembras lo hacen”, dice la experta, pero hay aves marinas, tropicales, que paradójicamente sí muestran una época de reproducción la cual a veces coincide con la estación.

Para Torres, “si bien existe la idea generalizada de que la primavera despierta la actividad reproductiva en muchos organismos, plantas y animales, que florecen y entran en época fértil, percibo que muchos de estos cambios no están determinados por la temperatura o la luz solar, sino por un componente genético que hace que proliferen o que migren en cierto periodo del año, debido a que ese es el mejor tiempo en términos de disponibilidad de alimento local”.

Teniendo en cuenta esos datos, persiste la pregunta de si los humanos también respondemos de distintas maneras a factores ambientales o genéticos al entrar el periodo primaveral.

Dependiendo de la latitud –al norte, al sur o en los trópicos de la Tierra–, se observan diversos comportamientos en personas y animales.

Más luz… y más polen

Lo que se suele decir es que la primavera trae aparejada mayor cantidad de horas de luz solar que el invierno, y que ese solo factor, el solar, dispara la generación de vitamina D, la cual incide sobre la producción de “testosterona y endorfinas” que reducen el estrés y propician la estimulación de la respuesta sexual. Pero, una vez más, hay que tener presente que la cantidad extra de luz solar no es igual en todas las latitudes.

“En los países ese factor cambia dependiendo de cuánto nos acerquemos al Ecuador o a los Polos –dice el doctor Ulises Jiménez Correa, psicobiólogo y responsable de la Clínica de Trastornos del Sueño de la UNAM–, en México, por ejemplo, la duración del día en primavera es mayor entre 1.5 y dos horas que la de invierno, y nuestro ciclo sueño-vigilia está muy relacionado con el periodo de luz-oscuridad. Podríamos suponer que la oscuridad es un detonador del sueño y que en invierno tendríamos un poco más de tiempo de sueño, pero los seres humanos no sólo respondemos a factores fisiológicos sino también a psicológicos y sociales, y todos interactúan. Al llegar la primavera y haber más exposición a la luz esperaríamos que hubiera mayor sintomatología de insomnio pero eso apenas es una hipótesis que trataremos de comprobar”.

Lo cierto es que el investigador Jiménez no ha advertido que la Clínica registre picos de insomnes o gente con trastornos de sueño en una a otra estación del año. Concede, con cierta reserva, que la psiquiatría admite algo llamado trastorno afectivo estacional (o trastorno maniaco depresivo): “Alguien que en invierno anda medio deprimido, y en primavera anda maniaco, contento, hiperactivo. Pacientes que en su fase maniaca no duermen tanto como en invierno, pero eso se puede deber a que en periodos vacacionales como el de Semana Santa, que suele coincidir con la llegada de la primavera, se atrasa el horario del desayuno, almuerzo, de la comida y cena. Hay un desfase del ciclo del sueño en los periodos de descanso. Así lo he visto y está clínicamente comprobado. En invierno dormimos bien como consecuencia de que estamos contentos, solemos estar acompañados de seres queridos, hay fiestas, muchos no van a trabajar, se come mucho, hay alcohol, emocionalmente estamos más o menos bien”.

La maestra en psicoterapia clínica, Paulina López del Centro R&A Psicólogos, dice por su parte que hay referencias empíricas –pero no estudios hechos en México– de que en primavera aumentarían los trastornos de tipo bipolar. “En varias latitudes del mundo se suscitan episodios psicomaniacos, los síntomas son cambios bruscos de la irritabilidad a la euforia, con conductas exageradas que incluso pueden poner en riesgo la propia salud. Son pacientes extremosos, en una noche pueden gastar mucho dinero y al otro día no quieren salir ni ver a otras personas”.

Sin embargo, no hay datos sólidos para afirmar que esas transformaciones se deban a la adaptación a las horas de luz . Sin estadísticas validadas científicamente, Contenido revisó junto con el inmunólogo clínico Emmanuel Serra Suárez del Centro de Alergia e Inmunología, si la estacionalidad primaveral puede provocar algún cambio a destacar. En ese rubro, señala, “la transición otoño-invierno es mucho más fuerte que la de invierno-primavera, hay más procesos alérgicos durante el invierno y sobre todo en zonas como el Valle de México. Las alergias de la temporada de calor se deben básicamente al polen, sea en primavera o verano”.

Este especialista señala que no encuentra afectaciones especiales por estacionalidad –el frío o el calor pueden ser igualmente detonantes de alergias–, sino por el lugar donde se vive. “Las alergias se combaten mejor en el sur del país, y eso lo puede ver la gente del centro cuando va hacia estados del sureste –los asmáticos, por ejemplo–, pero también, como hay mucha humedad, es excelente medio para los mohos o ácaros. Las alergias no serán tanto por pólenes sino por ácaros, mohos y hongos. Del centro, Bajío y hacia el norte es menos la incidencia del polen por el tipo de vegetación que hay: cactáceas, malezas, biznagas o bosques de coníferas”.

Entonces, si los cambios en los hábitos de sueño por más luz solar son mínimos y las alergias no son especialmente dañinas para la mayoría de la población, queda explorar otro punto medular: el sexual.

El gusto por vestirse más sexy, con la piel más descubierta, es un componente anímico que podría exacerbar el ánimo de cortejo y la seducción.

Burros y primavera

Los únicos estudios que existen sobre el calor, luz y su relación con el sexo datan de los años ochenta y noventa, confirma la maestra en Psicología Paulina Millán, del Instituto Mexicano de Sexología, pero no se hallan datos concluyentes para establecer una causa-efecto. De hecho, desde el punto de vista fisiológico el calor no favorece el conteo de esperma, lo cual podría disminuir el deseo sexual entre los varones.

La expresión vulgar de “andar como burro en primavera” le causa hilaridad a Millán. “A lo mejor los burros se excitan en la temporada y las plantas florecen, pero si atendemos las encuestas que se han hecho, los seres humanos estamos determinados por muchas más cosas que el clima. Hay a quienes no les gusta tener encuentros sexuales si hace mucho calor y si no hay aire acondicionado, pero por otro lado la fantasía sexual favorita entre la mayoría de los mexicanos involucra mar, alberca y sol”.

Las maestras Paulina Millán y Paulina López coinciden en que existen varios mitos alrededor de lo primaveral. Y la mercadotecnia juega un papel fundamental en esa mitología. “Se dice que resurge el sentimiento del amor, de la sexualidad, que hay una percepción de mayor felicidad, pero los estudios al respecto consideran muestras muy pequeñas, no representativas, que a nivel metodológico no es posible tomarlos como una generalidad”, corrobora López. Añade que, de hecho, hay gente que no festeja la temporada, sino todo lo contrario: “Hay quienes entran en algo llamado depresión primaveral, de la cual no se tiene mucha información, es breve y su sintomatología reducida –dice López–; está relacionada con el cambio de vestimenta y la imagen: si la persona no se siente en óptimo estado físico o no tiene pareja cuando todos a su alrededor aparentemente sí, entra en depresión”.

Refiere estadísticas de la Secretaría de Salud de la Ciudad de México que indican que en abril y mayo se suelen dar 15% de los suicidios, principalmente entre jóvenes. “Se presume que afecta a quienes desde el invierno empezaron con su proceso depresivo no atendido y que en primavera muestran secuelas más grandes”.

A sabiendas de lo anterior y admitiendo que “es factible” que la luminosidad solar haga que se incremente oxitocina, dopamina y otros neurotransmisores promotores del deseo en los humanos, el doctor David Barrios Martínez, expresidente de la Federación Mexicana de Educación Sexual y Sexología, reconoce que no hay datos duros que lo sostengan pero sí hay otra parte eminentemente subjetiva: “En la gente surge la apetencia de vestirse más sexy, con la piel más descubierta, componente anímico que puede ocasionar que se exacerbe más que el deseo, el ánimo de cortejo y la seducción. Eso sí lo podríamos verificar por consultantes en las terapias sexuales”.

El doctor Barrios sostiene que “por increíble que parezca, en cuestión de días las personas al sentir un cambio de temperatura abandonan el estado depre’, aterido, de frío y sin ánimo de salir, al de irse a tomar una copa, tener algún ligue. Sin contar con las investigaciones duras que nos permitan corroborarlo, creo que podemos hacer una observación clínica general: en primavera y verano se incrementan los encuentros sexuales”.

En referencia a un estudio que suele ser citado en muy diversos medios, el cual afirma que en España se vende 15% más Viagra y condones en la época primaveral –según la Sociedad Española de Sexología, avalada por la Sociedad Europea de Medicina Sexual– Barrios aclara que el dato podría ser digno de considerarse, pero sin darle la categoría de causa-efecto. “Atribuírselo a contrastes de estaciones o a nuestros niveles neuroquímicos sería reduccionista”, dice, pero confirma que en la práctica médica, donde registra las experiencias de muchos pacientes, “parece ser que tanto la gente joven como madura, desde fines de noviembre y en diciembre se pone más tierna que erótica. En invierno es más apapacho, más cariñito; en cambio en primavera y verano muestran más énfasis y es más la excitación, el deseo y la necesidad de orgasmo”.

La ecóloga Roxana Torres, investigadora del Laboratorio de Conducta Animal, luego de meditarlo unos segundos al recordar ella misma cómo ha visto que se comporta la gente en países de latitudes nórdicas (“en invierno nadie quiere salir, no hacen reuniones y apenas sale el sol todos se activan, se vuelven más sociables y te invitan a todos lados”), responde categórica cuando se le pregunta si la nuestra es una especie estacional en cuanto a su conducta reproductiva.

“No, no lo es –sostiene la investigadora–, somos potencialmente activos y reproductivos todo el año. Comparada con las especies estacionales, nuestra variación es muy pequeñita. Quizá en primavera aumenta la actividad de cortejo y eso podría influir en las estadísticas de cuándo nacen los niños y se dan los embarazos, pero a nivel grueso no esperaría un efecto notable porque no somos estacionales. Hay muchas variables que influyen sobre los humanos para la reproducción… es un tema complejo y diverso”, concluye.

 

 

La psiquiatría refiere un trastorno afectivo estacional en aquellos que en invierno están algo deprimidos y en primavera se vuelven maniacos e hiperactivos.

 

 

 

 

 

Por José Ramón Huerta