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Psiconeuroinmunoendocrinología: cuando las emociones enferman

La psiconeuroinmunoendocrinología es una rama de la medicina, de larguísimo nombre, conjuga varias disciplinas, con las cuales pretende demostrar que un buen ánimo y una mente sana ayudan a proteger la salud ¡y a las pruebas científicas… se remite!

 

Apréndase este extensísimo concepto: psiconeuroendrocrinoinmunología (PNEI), porque a decir de los expertos es como una especie de medicina del futuro que irrumpirá cotidianamente en la atención de los pacientes. Se trata de una rama médica que conjunta diversas disciplinas científicas: psiquiatría, neurología, endocrinología e inmunología.

Hace años era muy común escuchar entre la población que un evento de estrés extraordinario podría desencadenar la manifestación de varias enfermedades a las que el paciente tenía cierta predisposición o incluso llevarlo a contraer infecciones de vías respiratorias debido a que sus defensas estaban disminuidas durante un episodio de estrés intenso como una impresión muy fuerte o situaciones de peligro.

En las últimas décadas los científicos han subrayado la importancia de las emociones en el cuerpo humano, por ello, neurocientíficos, psiquiatras, psicólogos y médicos se han adentrado en las bases neuronales del comportamiento humano y han encontrado cierta conexión entre el estado anímico y las enfermedades.

La palabra emoción deriva del latín emotio, y de acuerdo con el Diccionario de la lengua española, implica una alteración del ánimo intensa y pasajera, agradable o penosa, que va acompañada de cierta conmoción somática. Los psicólogos la consideran un elemento fundamental en el aprendizaje y la toma de decisiones.

Para los científicos es posible estudiar las emociones desde tres perspectivas: respuestas corporales, respuestas externas y respuestas fisiológicas. Estas últimas se refieren a los cambios en el organismo, de manera que si alguien registra los cambios fisiológicos cuando un individuo se encuentra afectado emocionalmente podrá tener una visión objetiva de las emociones. (Ver La ciencia de las emociones.)

Ya desde los griegos se establecía que el cuerpo y la mente estaban íntimamente ligados, uno y otro ejercían una influencia sobre la salud, la enfermedad y la vida cotidiana. La incredulidad de algunos expertos y el éxito de la medicina convencional, que logró controlar muchas epidemias en el pasado, motivó que durante mucho tiempo se diera prioridad a los aspectos biológicos y se dejara de lado el aspecto emocional, olvidándose del precepto clásico “mente sana en cuerpo sano”.

Hugo Sánchez Castillo, investigador en la Facultad de Psicología y jefe del laboratorio de Neuropsicofarmacología y Estimación Temporal, señala que desde los griegos se creía que teníamos una relación con cuatro fluidos que regían nuestra conducta. En el siglo XVII René Descartes consideraba que la glándula pineal, órgano liberador de hormonas, era el asiento del alma pues tenía una relación con la sensación de bienestar y salud; fue hasta los años sesenta del siglo XX cuando se acuñó el término de neurociencia. En la década de los cincuenta ya se hablaba de tratar a las enfermedades de manera integral, atendiéndolas desde un punto de vista biopsicosocial, ya que se creía que estas tres áreas podrían desencadenar un proceso de enfermedad.

Hacia finales del siglo pasado la psicofarmacología empezó a tener impacto con las cuestiones emocionales y surgen de manera formal los estudios de neuropsicoendocrinoinmunología para entender cómo funcionan los sistemas endocrinológico, inmunológico y la modulación con los aspectos a nivel emocional.

Fue en el siglo XX cuando Robert Ader, psicólogo de la Universidad de Rochester, estudió las interacciones entre los procesos de adaptación de conducta, neurales, endocrinos (o neuroendocrinos) y los inmunológicos. Para Ader, considerado el padre de la PNEI, el sistema inmunológico no era autónomo y respondía a distintas señales internas y externas y a otros sistemas como el endocrino y el nervioso.

En 2000 se determinó que las enfermedades mentales producían una gran incapacidad en los individuos y en 2001 la OMS determinó que no hay salud sin salud mental.

 

Dos casos

Las primeras crisis asmáticas de la preparatoriana Pilar Jiménez de 17 años de edad, se atribuyeron al humo del tabaco y a diversos alérgenos presentes en el ambiente de la escuela, especialmente los ácaros del polvo. No era de extrañar, pues en la familia había antecedentes de padres alérgicos, sólo que el alergólogo optó por investigar a profundidad hábitos y vida cotidiana de su paciente, intrigado por las recurrentes crisis respiratorias. Resultado: los episodios de mayor intensidad respiratoria coincidían con los exámenes escolares, es decir, las etapas de gran estrés estudiantil. Era en esa etapa cuando la inflamación en sus vías respiratorias incrementaba la cantidad de mucosidad, por lo que sus músculos se contraían, estrechando todavía más las vías respiratorias, de ahí su sensación de ahogo. El médico, además de los fármacos tradicionales para el asma, le recomendó algunas terapias alternas para disminuir la tensión y las emociones de su vida académica.

El hidalguense Jesús Pérez –un oficinista de 39 años de edad, casado y padre de tres hijas– refiere que su diagnóstico de diabetes del año pasado estuvo estrechamente ligado a una experiencia habitual entre los habitantes de la zona conurbana a la Ciudad de México: un asalto en el trasporte colectivo. Durante el incidente mantuvo la calma pero cuando vio que los delincuentes golpeaban a una mujer trató de ayudarla y en pago, los maleantes lo tundieron a golpes. Días después el hombre cayó con un cuadro de gripa intenso y cuando los médicos ordenaron estudios más completos emergió otro triste diagnóstico: diabetes. Jesús está convencido de que sus problemas físicos comenzaron a raíz de este episodio anímico de angustia. Los médicos que lo atendieron esta vez no lo desmintieron porque acaso podía tener algo de razón.

 

Naturaleza del susto

El también doctor en Neurociencias, Hugo Sánchez Castillo, detalla que en términos emocionales los sistemas endocrino e inmunológico permiten de manera general hacer un postulado de que las personas, dependiendo de su estado de ánimo, pueden modular de manera general el sistema inmunológico endocrinológico cuando sienten mucho estrés o ansiedad, de manera que puedan resistir el momento más estresante o resistir golpes sin presentar procesos inflamatorios. Esto a largo plazo puede traer complicaciones porque “la enfermedad es oportunista y puede influir en la salud de los pacientes. Por ejemplo en las universidades en la temporada de exámenes aparecen de manera correlacional gripas, tos, catarros, resfríos”.

¿Cómo se puede establecer el vínculo entre el estrés y los procesos fisiológicos del organismo? El doctor Joaquín Ricardo Gutiérrez Soriano –del Departamento de Psiquiatría y Salud Mental de la Facultad de Medicina de la UNAM– detalla que el estrés puede producir cambios a nivel biológico los cuales van desde aumento en presión arterial y de la temperatura corporal hasta distribución de la sangre en el cuerpo o desencadenantes de ansiedad, como crisis de angustia, palpitaciones, opresión en el pecho, dificultad para respirar.

Según Gutiérrez Soriano se crea una piscogénesis de la enfermedad que indica cómo los procesos mentales irresueltos conducen a la persona a enfermarse. Por ejemplo, el enojo, la ira que no es bien expresada, puede llevar a los individuos a sufrir hipertensión, dolores de cabeza, tensión muscular y otros malestares que no son solamente fatiga física sino estrés psicológico que genera cambios a nivel corporal con el consiguiente desgaste de la persona e incapacidad para laborar.

Stella Marris Maruso, autora del libro El laboratorio interior, detalla que “cuando el sistema nervioso reconoce una señal de amenaza en el ambiente, alerta a todas las células de nuestro cuerpo del peligro inminente”.

El vínculo entre el estrés y los procesos fisiológicos del organismo comienza en el hipotálamo, una estructura situada en la base del cráneo, divida en diversos núcleos. Esta porción encefálica tiene muchas y complejas funciones, entre las cuales se cuenta la de producir, en situaciones críticas y tiempo récord, ciertos “mensajeros químicos” que, a su vez desencadenan la secreción, por parte de la glándula hipófisis, de hormonas de acción inmediata para coordinar la respuesta al estrés.

El cuerpo consta de dos sistemas de protección diferentes esenciales para la conservación de la vida. El primero pone en marcha la protección contra amenazas externas, en el eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal el cual se encarga de liberar el cortisol que tendrá efecto de inmuno-modulación, en algunos casos aumentará los factores inflamatorios y en otros, los disminuirá. El segundo sistema es el sistema inmunológico, que protege de las amenazas continuas que recibe el organismo pero también supone un gasto de la reserva de energía.

Cabe mencionar –dice el investigador Gutiérrez Soriano– que el cortisol disminuye las hormonas del factor estimulante de la tiroides con lo cual las personas pueden presentar envejecimiento psicomotor (piensan más lento, se mueven más despacio, tienen dificultad para hacer cosas, presentan problemas para la pérdida o ganancia de peso).

El cortisol, en efecto, juega un papel importantísimo en el cerebro, porque regula muchas de las emociones que ocurren en la vida diaria, pero bajo situaciones de estrés constante, el sistema de regulación de cortisol se pierde y puede provocar cambios a nivel fisiológico, tales como mayor riesgo de infartos, gastritis, colitis, cuadros asmáticos, fallas de memoria, envejecimiento de nuestras capacidades intelectuales, depresión y algunas más.

La joven asmática vivía sometida a gran estrés y uno de sus miedos era ahogarse, así que cuando empezaban a cerrarse sus bronquios su angustia crecía y aumentaba la respuesta inflamatoria y la cantidad de neuroadrenalidna (asociada con los factores de estrés), por lo que tenía más dificultades para respirar. El alergólogo la canalizó también a algunas terapias para que aprendiera a controlar su angustia y las crisis asmáticas disminuyeron.

En el caso del oficinista Pérez fue como si el efecto combinado de la repentina inyección de adrenalina y noradrenalina en su torrente sanguíneo durante el asalto le hubiera provocado que su corazón latiera más rápido, sus músculos se tensaran y sus sentidos se agudizaran. Si bien este tipo de reacciones ante una emergencia a veces pueden salvar la vida, resultan muy desgastantes y perjudiciales para el sistema inmunológico, ya que el exceso de estas sustancias bajan la actividad de las células defensoras.

Actualmente, dicen los entrevistados, los científicos intentan determinar cómo el control de cortisol, estrés y otros neutrotransmisores intervienen en una o en otra enfermedad. Un ejemplo es el de pacientes infartados o con trasplante de corazón que sufren también depresión o ansiedad y su porcentaje de reinfartar es mayor que de aquellos con una vida tranquila.

Con los estudios médicos ya hay pocas dudas sobre el alto grado en que el estado de ánimo y la buena salud emocional influyen en la evolución de las enfermedades. Algunos investigadores ya han demostrado la conexión entre el estrés, ansiedad y algunas enfermedades, todavía no en el caso del cáncer pues aún no está claro el tiempo entre un episodio de tensión emocional y la detección de células malignas.

El papel de la PNEI es esclarecer el modo en que el sistema endocrino influye sobre el tejido cerebral básico -a su vez la producción hormonal es modificada por estímulos externos- y cómo esta interacción se refleja en la reacción inmunológica del organismo.

La interacción entre cuerpo y mente ya se está irradiando entre los médicos quienes ya tienen conciencia de la importancia del estrés en la vida de las personas, sin embargo, todavía existe resistencia a creer que el peso de la sanación mental podría ayudar en la evolución de alguna enfermedad.

El doctor Gutiérrez Soriano advierte que se han realizado estudios con medidas no farmacológicas, en el caso concreto de yoga, y se vio cómo las personas que lo practican pueden tener una disminución de los factores inflamatorios. El especialista señala que “se han hecho estudios que comprueban que vivir la vida tranquilos, de manera optimista, no sólo controla el estado mental sino mejora nuestra condición física”.

Empero los investigadores previenen de que todavía hay que ser cuidadosos en este asunto. Si bien se han encontrado en estudios científicos evidencias a nivel corporal, de esto se aprovechan algunos charlatanes para darle mayor peso a medicinas alterativas de dudosos resultados. “La forma de percibir la vida y manejarla va a condicionar nuestra manera de estar saludables o de enfermarnos, porque como decían los clásicos: mente sana en cuerpo sano”, sentencia el investigador Gutiérrez Soriano.

El investigador Sánchez Castillo ve con buenos ojos la PNEI y lo más importante es que los científicos ya se dieron cuenta de su existencia y de que el bienestar del paciente debe impactar directamente en su respuesta inmunológica. “Al mejorar el estrés negativo va a mejorar la salud, el bienestar del paciente está relacionado con el entorno que lo rodea”.

 

 

La ciencia de las emociones

Siglo XIX

Louis Pasteur encuentra que pollos sometidos a diversos estímulos son susceptibles a contraer infecciones.

Siglo XX

Años treinta

Walter Cannon de la Universidad de Harvard estudió en los animales los cambios fisiológicos que acompañan a las respuestas emocionales.

Años cuarenta

Hans Seyle de la Universidad de Montreal experimentó con animales a los que sometió a situaciones adversas (físicas y mentales) para descubrir que el cuerpo se adaptaba para recuperarse de la amenaza que percibía.

Años sesenta

George F. Salomon de la Universidad de California demostró que roedores sometidos a tensión presentaban una reducción en sus anticuerpos.

Años setenta

Robert Ader y Nicholas Coen, considerados los fundadores de la Psiconeuroendocrinoinmunología, hallaron que una señal hostil a través del sistema nervioso condicionaba al sistema inmune, a la manera del condicionamiento pavloviano.

Años ochenta

– Candace Pert del Instituto Nacional de Salud Mental en EU descubre la estrecha relación entre emociones y sistema inmunológico.

– J.E. Blalock encuentra una relación bidireccional entre el sistema inmune y el sistema endocrino.

 

 

Consecuencias de los niveles elevados de cortisol y adrenalina:

+Respuesta inmunológica poco eficaz.

+Se reduce la utilización de glucosa.

+Mayor pérdida de densidad ósea.

+Aumento de la acumulación de grasa.

+Dificultad de memoria y aprendizaje.

+Aumento de niveles de azúcar.

+Reducción de la masa muscular e inhibición del crecimiento y de la regeneración de la piel.

+Suben los triglicéridos.

+Coagulación más rápida de la sangre.

+Aumento de la presión arterial.

 

Fuente: Stella Maris Maruso, El laboratorio interior.

 

 

 

Cuatro consecuencias negativas del estrés

De comportamiento: Comer en demasía o menos de lo habitual, aislamiento social, conductas adictivas, empezar cosas y no finalizarlas, disminución del ocio.

Mentales: Dificultad para concentrarse y tomar decisiones, hipersensibilidad a la crítica, preocupación en exceso, bloqueos y olvidos mentales.

Físicas: Enfermedades cardiovasculares, afecciones cutáneas, dolor de estómago, espalda o cabeza, insomnio, trastornos sexuales.

Emocionales: Nerviosismo, ansiedad, irritabilidad, enfado, ira, tristeza, apatía, inseguridad, baja autoestima, culpabilidad, soledad.

Fuente: Stella Maris Maruso, El laboratorio interior.

 

 

 

(A.C.)