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Alejandro Solalinde: “¡El futuro de la humanidad es migrante!”

 

Su generosidad y labor desde hace 12 años ha hecho que, sin proponérselo, su nombre y apellido sean sinónimo de vocación hacia ellos, los caminantes más resilientes.

Foto: Axel Camacho

 

Junio, 2010, Ixtepec, Oaxaca. “¡Aquí estoy! ¡Quémenme!”, exclama un hombre de 65 años, excarcelado con secuelas de una golpiza que le ha obsequiado la policía municipal tras denunciar el hallazgo de una casa de seguridad utilizada para secuestrar migrantes recién bajados del tren conocido como “La Bestia”. Tras comparecer, por segunda ocasión, en la sala de cabildos de uno de los territorios clave para “la industria del cachuco” (es decir, la de los centroamericanos que atraviesan por México), ese mismo hombre conseguía calmar a una turba cargada con bidones de gasolina. Aquel día, este oriundo de la Ciudad de México y aspirante al Nobel de la Paz en 2017, lloró, pero sin que los migrantes lo vieran, pues no quería que sus huéspedes se sintieran desprotegidos. A ellos les ofrece asilo desde el 26 de febrero de 2007. “Más de una vez he llorado de tristeza. Ahora, cada que tomo una decisión de riesgo, sé que puede ser la última vez”. Su nombre es José Alejandro Solalinde Guerra, ya tiene 76 años y esta es su historia.

 

REBELDE Y DEFENSOR

Publicado en noviembre de 2017, Solalinde: Los Migrantes del Sur, recoge la “aventura pastoral extrema” del sacerdote, cada instante que permanece con vida es “un recurso de la lucha por esta causa” en la que “el riesgo vale”, pero en la que también, según dice en entrevista para Contenido, hay víctimas: los migrantes.

Estos son actores de una nueva sociedad que está gestándose, y que son, asevera el sacerdote, “signo de los tiempos que nos recuerdan que todos somos migrantes” en este “instalamiento capitalista”, en donde lo importante es compartir una misma condición que nos presente a todos como seres humanos.

Sí, reconoce la deuda que contrajo con Berta Guerra Muñoz y Juan Manuel Solalinde Lozano, por su buen talante para lo diverso, y porque fueron ellos, sus padres, quienes en vez de preservarlo de “las malas influencias”, lo animaban a convivir y ayudar a jóvenes con adicciones. Sabe que le vino de ahí, aunque no del todo, pues si bien su padre se dedicaba a ofrecer colchonetas y espacio a estudiantes indígenas a los que ayudaba y enseñaba, José Alejandro, el cuarto de los cinco hermanos de este matrimonio capitalino cuenta que por aquel entonces era el más remilgoso de todos e incluso el más rebelde. No obstante, “aquello se quedó sembrado”.

Hoy, al recibir las aguas de la madurez, evoca también con una mirada anegada de gratitud a un joven generoso llamado Raúl Hernández, cuya procedencia era Ejutla, Hidalgo. Aquellas influencias que recibió de adolescente, apuntalaron sus principios, preparándolo para lo peor.

 

UN REFUGIO PARA MILES

Tras un periplo que incluyó su militancia en los Caballeros de Colón, la Compañía de Jesús, el Instituto Preparatoriano, la expulsión de la orden de los Carmelitas, su paso por el Instituto de Estudios Eclesiásticos y la fundación del Consejo Regional de Seminaristas, tomaría conciencia de los migrantes procedentes del Triángulo Norte de Centroamérica, asumiendo un nuevo perfil.

La experiencia con los salvadoreños de la economía remesaria, con las víctimas hondureñas del exterminio de clases y los guatemaltecos exiliados por el crimen y el armamentismo, le permitirían, primero, descubrir un aparato de corrupción que sigue intentando aprovecharse del potencial económico que representa ultrajar y violar los derechos humanos de los migrantes. En segundo lugar, denunciar estas atrocidades que pocas veces son atendidas (tan sólo el año pasado presentó 811 denuncias penales ante la Fiscalía de delitos contra la población migrante, de las cuales sólo dos prosperaron), hasta llegar, finalmente, a la fundación del albergue “Hermanos en el Camino”, cuya principal misión consiste en ofrecer un espacio seguro, alimento, hospedaje, asistencia médica, psicológica y jurídica a quienes lo han dejado todo en pos de una mejor forma de vida.

En sus primeros ocho meses de operación, el sitio refugió a 66,000 personas, población que en un principio era compuesta por hombres y a la que en poco tiempo se sumaron mujeres e incluso familias enteras. La participación femenina, recuerda en el libro que escribe con Ana Luz Minera, se incrementaría en 2013, mientras la presencia de niños y menores de edad se iría haciendo cada vez más notoria.

 

PARALELISMO CON DON SAMUEL

Solalinde formaría parte, en la década de los noventa, del Comité que defendió la nominación de Samuel Ruiz al Nobel de la Paz. Hoy, según el propio José Alejandro, más que asumir un rol como sucesor del “Tatik” –como se le conocía a don Samuel–, comparte con él, aunque se trate de casos, tiempos y lugares diferentes, “el mismo ánimo por ayudar”, ya que considera “emana de la misma fuente: todo lo que es bueno, la aceptación, la acogida y el perdón, tienen un solo origen: Jesús y el Espíritu Santo”. Eso es, quizá, lo que lo hace mostrarse convencido de que “somos una sola familia en el tiempo y en el espacio, avanzando con diferentes ritmos y procesos”, y de que su libro, cuyos fondos buscan auspiciar al albergue, aspire a que tras leerlo, si algún día nos encontramos con un “hermano migrante” en el camino, nuestra respuesta “venga del corazón y la cabeza y no del bolsillo”.

CACHUPO

El término está compuesto de un localismo centroamericano: “chuco”, calificativo utilizado para designar algo que está “sucio” y a este se suman las siglas de esa región del continente americano, Centroamérica (C.A.). Así, ligadas al sinónimo de sucio tanto policías como funcionarios, autoridades municipales, estatales, maquinistas del tren y hasta los taxistas en Ixtepec y sus alrededores suelen utilizarla para llamar de forma despectiva a sus potenciales víctimas comerciales, porque los migrantes son un cuantioso negocio.

 

PRESIDENCIABLES Y MIGRACIÓN

Solalinde Guerra desconoce lo que José Antonio Meade o Ricardo Anaya tienen bajo la manga en esta materia, pero concede que tiene un año trabajando con migrantólogos y expertos en la materia con la venia de Andrés Manuel López Obrador, quien le ha dado el visto bueno a un programa que busca “de iure y de facto” reconocer y respetar los derechos humanos de los migrantes, comenzando con la desaparición del Instituto Nacional de Migración para dar paso a una Subsecretaría de Migración, que dependería de la Secretaría de Gobernación y que tendría solamente un carácter administrativo, privándola de su carácter de seguridad, pues –explica– “Migración debe ser una instancia administrativa”, respetuosa de los derechos humanos.

 

EL MIGROMA HUMANO

De aquel rebelde y remilgoso adolescente queda mucho. Si estás esperándolo, lo más seguro es que te toque un librazo en la espalda a modo de saludo, como en los buenos viejos tiempos del bachillerato. Su idealismo es más bien un triunvitaro entre conocimiento, causa y experiencia, gracias a las que sabe y transmite que los migrantes son, además de un “factor regulatorio y equilibrante en la dinámica esquizofrénica capitalista”, el recordatorio permanente de que “no debemos llevar tantas cosas en el camino de la vida, y de que sí, podemos hermanarnos, compartiendo el camino y nuestra condición de humanos, más allá de cualquier apariencia, fachada e investidura. Ellos [los migrantes] no llevan nada, van caminando, avanzan y es fantástico cuando se presentan como son. A pesar de que les quitan todo y los dejan desnudos, ellos son”.

Lo importante es eso –reitera– no el tener. Nos dan una gran lección al superar el miedo, pese a venir de infiernos violentos, emplazamientos y ultimatums de violencia y muerte. “Ellos lo superan y siguen (y seguirán) caminando hacia un mundo nuevo que aún no hemos visto”, igual que aquel hombre de 65 años, que 10 años delante, aún permanece frente a la turba que se dispone a quemarlo.

 

 

 

LA COFRADÍA DEL CAMINO

  • Alberto Donis Rodríguez

Origen: Guatemala.

Cargo: Coordinador.

Tras cuatro intentos por llegar a Estados Unidos, Beto Donis decidió buscar asilo en el refugio de Solalinde, en donde mientras esperaba su visa humanitaria se fue involucrando con las actividades del lugar. La situación que padeció en sus intentos por cruzar lo convenció de quedarse. Su energía y vocación lo convertirían en el principal apoyo y defensa de “Hermanos en el Camino” hasta el momento en que perdió la vida trágicamente, durante 2017, en un accidente de auto.

 

  • Martha Izquierdo

Origen: Veracruz.

Cargo: Fundadora.

Corresponsal en El Dictamen, Notimex, Reforma y Radio Centro, actualmente tiene su propio noticiario. La amistad con Solalinde nació el 14 de mayo de 2006 cuando “La Bestia” se descarriló, llevándoles a unir fuerzas para darles de comer a los migrantes en los terrenos del albergue. Ella viviría las amenazas, junto el padre, de Pedro Flores Narváez, comandante de la policía de Ixtepec, encargándose de documentar y reportear el encarcelamiento de quienes conformarían parte del primer equipo que daría vida al refugio.

 

  • Gonzalo Alejandro González

Origen: Guatemala.

Cargo: Carpintero.

Víctima de secuestro por parte de Los Zetas luego de que se negaran a pagar un rescate, recibió 26 machetazos antes de ser dado por muerto. Fue salvado por el Grupo Beta y tres años después de estos hechos, se encuentra en rehabilitación. Junto a Gonzalo, otros cuatro migrantes se encargan actualmente de dar mantenimiento al albergue, ir por leña, recoger verduras, atender a los animales de la granja y arreglar los desperfectos en el predio.

 

  • Hermana Lupita

Origen: El Salvador.

Cargo: Coordinadora Administrativa y Espiritual.

Marfa Guadalupe Rodríguez pertenece a las Hermanas del Ángel de la Guarda y colabora con Solalinde Guerra desde el 5 de enero de 2012, antes hizo lo propio en Comedor de Forma Migratoria 4 (FM4) “Paso Libre”. La Hermana Lupita está por trasladarse a África para practicar lo aprendido en el refugio, obedeciendo a la praxis de su congregación, que consiste en dejar de colaborar cuando no son necesarias en un sitio, y desplazarse a otro en que puedan aportar.

 

(Eduardo Banda)