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Suspiros por juguetes idos

 

 

Nuestro cronista hace un recuento de las múltiples maneras en que se divertían nuestros abuelos. ¿Cuántos juegos, juguetes, canciones y revistas de los muchachos de antes conoce?

 

Ayunos de ataris, nintendos, play station, ipods, iphones o wii, ajenos a la magia instantánea del internet, los muchachos de antes gastaban sus ocios con objetos simples. El “orito” arrancado como piel del paletón cubierto de chocolate para plancharlo con cuchara y voltearlo con la palma de la mano.

El tesoro obtenido se guardaba entre las hojas de un libro. Como el clavel de la primera cita. Como el boleto de la montaña rusa. Como la estampita de la “zoología fantástica”, huérfana al llenarse el álbum.

A veces, el cáñamo que volvía práctico cargar la caja de zapatos nuevos, permitía jugar a las “suertes”: la “pata de gallo”, el “trinche del diablo”. Y a veces las manos se volvían sombras chinescas con danza de figuras sobre la pared. Y la hoja del cuaderno se convertía en avión, barco o sombrero de albañil estilo Cantinflas.

La lotería había que cantarla como Dios manda: “el-que-le-cantó-a-San-Pedro”, “la-Patria-al-viento”… Y la Oca, el Coyote, Serpientes y Escaleras. Y el título de las películas adivinado con mímica.

Cuando no había para matatena, buenos eran los huesitos de chabacano pintados con congo o anilina: ─¿Pares o nones?

Rondas infantiles

Si se gozaba de patio en la vecindad, las rondas agitaban la tarde en insólita convivencia de niños y niñas. Doña Blanca, A la rueda de San Miguel, Las estatuas de marfil o la clásica A la víbora de la mar que inmortalizara la Sonora Santanera con vaivén pegajoso.

Y de vez en vez se dibujaba en el suelo una larga “carreterita”. Curvas, rectas, puentes, túneles para carritos de tres golpes de dedo para avanzar. En la magia del gis nacía también el “Avión”. El pedazo de tela mojado a manera de “teja”. De “cojito” el 1, 2 y 3…

Y con letrero de sólo para hombres, llegaba el “Burro 16”. El animal zarandeado, vejado por la tropa ─cero por chapucero, uno por mulo, dos patada y coz, tres litro y litro, cuatro jamón te saco… hasta el 16 ¡muchachos a correr! Y a correr cuando la pelota caía en el centro de la coladera para evitar ser “quemados”.

Y a correr por el “tirito”, la “agüita”, la “ágata”, el “trébol”, para jugar a las canicas en el rito que inmortalizara el cronista musical de México, Salvador “Chava” Flores Rivera. Y cual Pichicuás y Cupertino había que fijar las reglas: palomas o calacas, chiras, pasas o comienzas.

Al jaloneo sabatino, la bendición del asueto, llegaba el trompo cuyo baile se convocaba en un gran círculo que apresaba monedas o corcholatas. El juguete se volvía ariete tras subirlo diestramente a la palma de la mano. Y el yoyo se “dormía” para hacer el perrito, el columpio o la vuelta al mundo, mientras volaba tres metros el diábolo tras hacerlo girar con un hilo atado a dos postes de plástico movidos con destreza manual.

Paquines y Pepines

La tarde se llenaba de fantasía. Los “paquines”, “pepines” o “chamacos” de los treinta vueltos historietas de monitos o cuentos. La pequeña Lulú con su club de Tobi y los casos que resolvía la Araña; el abuelo Fede, la bruja Ágata, el tío Rico, Tribilín, en un coctel al que se convidaba de vez en vez a Kalimán, el Hombre Increíble, a Chanoc y su padrino Tsekub Baloyán, tarro de cañabar en ristre.

En la otra esquina, las niñas con fiebre de suspiros se bebían las aventuras de Archie en su dilema por Bety o Verónica, aunque a veces la tía solterona obligaba a leer las Vidas Ejemplares.

Al rito, naturalmente, llegaba la guerra de “ligazos”, a cuya vera desaparecían las ligas de las medias de la abuela. Y el “parque” se conseguía vía el truco simple de acomedirse a tirar la basura a la señora de los jugos de naranja.

A veces se conseguían cervantinas de chochitos o chicles mágicos cuya envoltura tenía una frase de la suerte, extraída a fuego de cerillo por el frente.

Las viñetas siguen grabadas con parches en las rodillas, nudillos callosos, zapatos con “hambre” y una que otra cicatriz de batalla.

¡Qué tiempos aquellos, señor Don Gamboín!