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Servidores públicos, ¿a la altura de México?

 

Servidores públicos, ¿ a la altura de México? La misma pregunta para los empresarios, para toda la sociedad.

 

 

 

La cultura corporativa, la comunicación organizacional y la atención pertinente hacia todos los grupos de interés (stakeholders), entre otros elementos, son constructos fundamentales para desarrollar ambientes de trabajo y capacidades organizacionales mejores al interior de los Tribunales del Poder Judicial de la Federación que aspiran a ser competitivos y sustentables a escala mundial.

Con base en el actual paradigma de la administración pública (el mismo que obliga a los tribunales a actuar de manera ética y sustentable), la alta dirección jurídica tiene que ser ejemplo de gestión, rendición de cuentas y acciones cimentadas en la honestidad, la transparencia y el liderazgo, pues sólo así contribuirá a la creación de grandes lugares para trabajar que, a su vez, sean pieza clave para esculpir un Estado de Derecho incluyente y capaz de generar y entregar bienestar para sus ciudadanos.

Aquí, por supuesto, el tema de la confianza adquiere una gran relevancia, toda vez que los jueces y magistrados tienen la responsabilidad de señalar, desde la arena judicial, el rumbo a seguir por nuestra sociedad; además de organizar, motivar, inspirar, apoyar y acompañar a sus equipos de trabajo, pero mostrando siempre congruencia entre lo que dicen y hacen porque, sin integridad, no hay credibilidad, y mucho menos bienestar social.

El trabajo de todos y cada uno de los que conforman el universo de jueces y magistrados en México es lo que nos concede el potencial de convertir al Poder Judicial en una organización inteligente, flexible y ágil. Hoy, estoy convencido, ya estamos en condiciones de hablar sobre la idoneidad gerencial de los jueces; sobre otra forma de gestionar los tribunales.

 

Año nuevo, ¿vida nueva?

A propósito del Estado de derecho: ¿es posible reconciliar la seguridad con la libertad? ¿El futuro aún es el gran depósito de las esperanzas? ¿Es verdad que los hechos hablan por sí solos de manera imparcial? Las anteriores son preguntas que, en los últimos 500 años (más-menos), ocupan la mente de estudiosos e intelectuales de diferentes latitudes y disciplinas; ahí está la buena noticia. La mala es que quizás pasemos otros 500 años sin respuestas.

Y es que hoy no son pocas las personas que añoran las restricciones del Estado todopoderoso y totalitario del pasado, amo y señor de vidas y tierras. Un Estado que a cambio de la obediencia ofrecía cierta estabilidad política y económica a sus gobernados, aun en sus años de vejez. ¿Qué tenemos ahora por la libertad? Todos los riesgos inherentes a una independencia personal establecida por mandato de ley (del mercado, de la oferta y la demanda).

Para muchos, y cada vez más, el futuro ya no es la esperanza de vivir mejor. Cada día crece en ellos el miedo a perder el trabajo, a quedarse sin clientes, a salirse del mercado; a volverse viejos, a ser excluidos por el sistema. Temen el desbarranco de su estilo de vida, a que el banco les quite su casa. A despertar una mañana y descubrir que son obsoletos; que la carrera universitaria que estudiaron ya no es requerida, ni útil, según las nuevas exigencias empresariales y las nuevas tecnologías. Que ya forman parte del precariado.

En cuanto a los hechos, todo dependerá de las personas que los recopilen y relaten. Siempre estarán sujetos a una decisión subjetiva de cómo jerarquizarlos, cómo narrarlos, qué contar o qué callar. Y todo lo anterior en el contexto de una volitiva política de la memoria que regula el proceso de su difusión, incluso prevé quién debe exponer los hechos, así como el momento y lugar para hacerlo. Nada en cuanto a su divulgación ocurre por azar.

Otra pregunta aún sin respuesta: ¿La epidemia de la nostalgia que hoy padecemos nubla la razón humana y alimenta el resurgimiento de los populismos y los nacionalismos que brotan en todas partes del planeta? Ya contestarás, querido lector; recién comienza el año.