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José María Velasco: memoria de un México que nos necesita

 

 

Si bien el género del paisaje había cobrado importancia en Europa desde las últimas décadas del siglo xviii, en México no se había practicado de manera extensiva hasta que exploraciones de viajeros como el barón Alexander von Humboldt o el pintor inglés Daniel Thomas Egerton lograron difundir en todo el mundo la riqueza americana a partir de sus propios testimonios. Nuevos artistas comenzaron a incursionar en este género y quizá uno de sus más destacados precursores fue el italiano Eugenio Landesio, que avecindado en México le dio clases de paisaje a José María Velasco. Pronto Landesio se percató de las habilidades del joven pintor y pese a la discusión entablada con el literato y político Ignacio Manuel Altamirano sobre su sucesor, el maestro consiguió que fuera Velasco quien asumiera la cátedra de Perspectiva.

Es el paisaje más que la pintura de él, una parte fundamental de la identidad nacional. Chapultepec se había convertido en el principal paseo dominical de la sociedad capitalina decimonónica. La etimología del náhuatl, “en el cerro del chapulín”, la conocía muy bien Velasco, pues en 1875, año de factura de este cuadro, hoy expuesto en Museo Soumaya de Plaza Loreto, se fundó la Academia Mexicana de la Lengua, y el mismo artista estuvo involucrado en el proyecto.

En Ahuehuete de Chapultepec, el pintor nos remite a la identidad nacional que respondía a las necesidades de finales del siglo XIX. Evoca a la trascendencia del lugar como observatorio para registrar y medir el tiempo, como lugar de entierro y sacrificio o punto estratégico de batallas militares: la ocupación mexica, el lugar de reunión de las huestes de Hernán Cortés durante el sitio a la ciudad imperial de Tenochtitlan, o la dolorosa ocupación estadounidense de 1847.

En la parte inferior se aprecia el lago bajo (uno de los más importantes), donde se distinguen siete vacas en una interesante perspectiva; y en el plano superior cargado de vegetación, sobresale un imponente ahuehuete que trata de alcanzar el cielo. El gran bosque del Altiplano central data del 2300 a. C., y para la primera mitad del siglo xv Nezahualcóyotl, el gran tlatoani o principal sacerdote-guerrero del reino de Tetzcuco (Texcoco), había ordenado plantar un camino de ahuehuetes, como parte de una ofrenda a Huehuetéotl “el dios viejo y señor del fuego”. El árbol de Velasco toma el agua del manantial mesoamericano, su corteza cual acueducto novohispano, la eleva hacia una próspera tierra mexicana.

Aunque no está presente en la obra, es probable que haya sido pintado desde la parte posterior del castillo. El comerciante y viajero alemán C. Becher, unos años antes de que se realizara este cuadro, había comentado que desde ahí “se podía ver una grandiosa y sutil atmósfera [donde el] aire puro y transparente” fue reflejado por la cuidadosa pincelada del artista.

La eminencia del genio” de la que habló José Martí al describir a Velasco, es clara en el intenso colorido de la obra, donde el juego de verdes logra una afortunada profundidad de planos. Si bien el tema lo trató en varias ocasiones, este de pequeñas dimensiones pudo haber sido parte de sus ensayos de naturaleza o bien como acercamiento de alguna obra de mayor formato.

El paisaje refleja el espíritu de una nación nueva que se levanta entre pinceladas vigorosas que le hablan al espectador de lugares comunes vueltos arte.

Ficha:

José María Velasco

Ahuehuetes de Chapultepec

1875

Óleo sobre lienzo montado en cartón

20.3 x 25.9