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El virrey criollo (parte I)

 

La creencia popular afirma que ningún virrey de la Nueva España nació en América, pero la excepción de la regla fue don Juan Vázquez de Acuña y Bejarano, Marqués de Casa Fuerte. Esta es la primera de dos partes donde narramos su historia.

 

En general se dice que ningún virrey tanto del Perú como de la Nueva España fue oriundo de América. Pero la excepción confirma la regla con este hombre nacido en Lima de nacionalidad española. Fue el caso de don Juan Vázquez de Acuña y Bejarano, Marqués de Casa Fuerte, trigésimo séptimo virrey quien ejerció su gobierno del 1722 al 1734, y fue uno de los más largos períodos de gobierno. A diferencia de todos los demás, su origen criollo lo distinguió y lo preparó para un buen desempeño político.

El marqués de Casa Fuerte se distinguió por su acertada dirección en los negocios públicos y la absoluta prudencia que constantemente mostró en diversos asuntos que le otorgaron una imagen que permaneció en el aprecio de los que frecuentaban su memoria. Reportó muchos beneficios a la corona durante su administración lo que fueron documentados debidamente. Y así trascendió en el medio político como un ejemplo de la templanza y el símbolo del buen gobierno.

Contamos con documentación para conocer que su educación fue sumamente esmerada. Su padre, Juan Vázquez Acuña Astudillo (1592-1658), corregidor de Quito, murió sin haberlo conocido después de haberse caído de un caballo; su madre doña Margarita Bejarano de Marquina, natural de Potosí y casada con el general en 1643, aprovechó la buena posición que había heredado y se trasladó con sus hijos a España. Tuvo además de Juan a José, Diego, Íñigo y Josefa, los tres varones caballeros nobles. Este último hermano fue Marqués de Escalona y Mayordomo de la Reina Mariana, segunda esposa de Felipe IV y madre de Carlos II. Íñigo introdujo al joven Juan de 13 años como paje en la corte del Rey hasta los 21, edad en que abrazó la carrera de las armas.

Pronto sus aptitudes marciales fueron reconocidas. Mandó compañías de infantería y caballería. Se desempeñó como maestro de campo, coronel de un tercio y de dragones, para ser finalmente ascendido a general de batalla y artillería. En todos los puestos le fue señalado su enérgico, pero no excesivo, don de mando que le ayudó a ganarse la estimación de sus subalternos.

Juan Vázquez de Acuña se hizo notar como soldado al servicio del futuro Felipe V, durante y después de la Guerra de Sucesión (1701-1713) y el conflicto por el cambio de soberanía de los territorios italianos luego de la firma del Tratado de Utrecht (1713-1714). Por sus servicios fue distinguido con las condecoraciones de la Cruz de Santiago y la Cruz de Alcántara, los más altos reconocimientos de la época.

Fue nombrado en 1715 gobernador de las fortalezas de Mesina, en el ángulo nordeste de la isla de Sicilia; pasó casi de inmediato a Aragón en calidad de virrey (1715-1717) y luego a Mallorca (1717-1722) donde aseguró la influencia hispana en la zona de las Baleares, constantemente amenazada por flotas de otras potencias.

Los resultados de su gobierno tanto en Aragón como en las islas, le acreditaron para ostentar otro mucho más prestigioso, virrey de la Nueva España (1722-1735). Se trasladó del puerto de Cádiz a mediados del mes de agosto. Don Juan Vázquez de Acuña y Bejarano llegó a la Nueva España y tomó posesión de su cargo como virrey el 15 de octubre entre la pública aceptación de los súbditos.

Tenía buena fama y recomendación, pues el hecho de haber nacido en América y ser criollo le valió casi de inmediato el aprecio de los novohispanos, constantemente en competencia con los españoles por los cargos más altos. Consciente de ello, siguió su instinto moderado inspirado en las lecturas de Baltasar Gracián, quien recomendaba un arte de prudencia a ejecutar en todas las gestiones públicas en contraposición a la epidemia maquiavelista que justamente señalaba lo contrario.

Su agudo sentido de la estrategia militar, carácter enérgico y dotes administrativas, le hicieron merecedor de toda la confianza no sólo del rey, sino de los habitantes de Nueva España que lo consideraban poseedor de un alma piadosa, caritativa e inclinada a lo razonablemente justo. Deseó ganarse de inmediato el favor de los gobernados a través de eficaces decisiones que lo diferenciaron de su más inmediato antecesor (el Duque de Arión, juzgado luego en España por su gobierno arbitrario y desproporcionado) y que recordaba a las gentilezas propias de los virreyes del siglo XVI.

La biografía de Don Juan Vázquez de Acuña es muy extensa. Del Marqués de Casa Fuerte contamos con documentación resguardada en el Archivo General de la Nación México. Todo indica que era poseedor de un talante gallardo acentuado por su gesto ligeramente adusto, ojos perspicaces y un rictus pocas veces eufórico. La seriedad no sólo se mostraba en las liturgias religiosas, sino también en el acontecer diario.

Llama la atención que se mantuvo en soltería, probablemente por su inclinación a la práctica de una religiosidad profunda donde el matrimonio no tenía cabida. Trataba de no frecuentar la vida de la corte galante. Sólo asistía a recepciones en el palacio virreinal y sostenía pláticas con algún sopor para alejar a los oportunistas deseosos de aprovecharse de la cercanía con el virrey.

Visitaba algunos conventos de monjas de la Ciudad de México en donde encontraba la posibilidad de un diálogo religioso con las monjas más destacadas durante su gobierno.

Es bien sabido que no concedía cartas de recomendación. Tampoco recibía regalos, ni ostentaba su título nobiliario. Al contrario, gustaba de cosas sencillas como salir a pasear por las calles de la ciudad capital sin otra compañía que su escudero, con quien recorría por largo tiempo la Alameda, las ermitas, los acueductos y las orillas del lago sin abandonar su palacio. Asistía puntualmente a las celebraciones dominicales en Catedral o con sus amigos franciscanos y jesuitas, a quienes reiteraba su aprecio por el mérito individual como por sus logros en las misiones y las prédicas en sus templos.

En sus largos paseos reconoció la suciedad que inundaba la capital. Detestaba el olor que molestaba su olfato cuando salía de palacio y notaba el muladar en que se había convertido la Plaza Mayor, con su fuente de aguas verdes y putrefactas. Procuró su saneamiento y mejora de la limpieza. También le preocupaba las inundaciones, por lo cual se trasladó personalmente a supervisar los trabajos en el desagüe de Huehuetoca que ya llevaban casi un siglo sin que pudieran concluirse.