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¿Tenemos un segundo cerebro ?

 

Es un hecho: hay neuronas en nuestra panza, pero ¿cómo interactúan estas con las del cerebro y qué tanto influyen en nuestra salud física y mental?

Eche un ojo a cualquier librería o sección de libros. Haga una búsqueda en su navegador de internet, revise sus redes sociales. Vea programas de televisión sobre bienestar y estilos de vida. Escuche emisiones radiofónicas de temas generales. Abra su revista Contenido. Por todos lados usted podrá ser testigo de sesudas investigaciones, útiles consejos, doctas entrevistas y flamantes descubrimientos sobre los alimentos que mejor nos acomodan y aquellos que debemos dejar sólo para ocasiones especiales. Nos dirán cómo bajar y mantenernos en un peso adecuado; cómo actúa en nosotros la maldición de las grasas industriales trans en contraste con las grasas naturales; si es mejor no engullir trigo y gluten; si debemos comer sólo cosas crudas o si encontramos algún resquicio para entregarnos al riesgoso deporte de ser carnívoros, devorar postres, papas fritas o beber refrescos.

Tal frenesí informativo sobre ese tipo de asuntos no es gratuito. Según la Organización Mundial de la Salud, alrededor de 40% de la gente del planeta tiene sobrepeso, mientras que la obesidad hace presa a 15% de las mujeres y 11% de los hombres. Enfermedades asociadas a ello, como la diabetes, tiene en el puño a 422 millones de personas. Y de tan repetido, el siguiente dato ya a nadie sorprende: México es campeón en estos padecimientos, más del 70% de su población tiene sobrepeso y se calcula que más de 11 millones de sus ciudadanos –entre los diagnosticados y los que aún no lo saben– podrían tener diabetes. Ni hablar de las enfermedades cardiovasculares vinculadas a los malos hábitos de comer, que cobran millones de vidas aquí y en todos lados.

Con esa triste realidad sería muy raro que no hubiera un ejército de médicos y nutriólogos recomendándonos qué no hacer y cómo comer mejor. Para las autoridades de muchos países las consecuencias de tener ciudadanos enfermos es un asunto de salud pública o incluso de seguridad nacional por los desorbitantes gastos que implica tener una población gorda o inhabilitada para la productividad.

Pero aunque parezca increíble, apenas hasta hace poco alrededor de 20 años la literatura sobre salud alimentaria se concentraba sobre todo en aspectos relacionados con cómo nutrirnos para bajar de peso, tener más energía y vivir más años, pero muy poco con algo que ahora muchos especialistas empiezan a dar por sentado: el procesamiento de la comida dentro de nuestras entrañas influye en nuestro estado de ánimo y salud mental, de maneras mucho más cruciales de las que antes apenas podíamos suponer o imaginar.

 

Hallazgos recientes

Si bien esa sospecha existía desde el siglo XIX, cuando el biólogo y fisiólogo francés Claude Bernard ya advertía sobre las posibles conexiones entre los diferentes sistemas de nuestro organismo, a la luz de ciertas investigaciones recientes un número mayor de gastroenterólogos y neurólogos acepta que existe una interacción profunda entre el tracto digestivo –el sistema entérico, que comienza en la boca, continúa por el esófago, el estómago, el intestino delgado, el colon, el recto y el ano– y el sistema nervioso central, alojado principalmente en el cráneo y que recorre el cuerpo gracias a la médula espinal. Al cerebro lo solemos concebir como el capitán que controla un complejo sistema a través de un “cableado” que también se le conoce como sistema nervioso periférico.

Sin embargo, tal relación entre estos sistemas –el nervioso central y el entérico– parece ser mucho más compleja de lo que se suponía; el lazo del cerebro con lo que cariñosamente llamamos panza es de doble camino: intiman, sí, pero también pueden ser relativamente autónomos. Ello dio paso a que en nuestro siglo surgiera una rama médica conocida como neurogastroenterología, que pretende explicar cómo algunos trastornos psicosomáticos se expresan o tienen origen en nuestra barriga.

Ese vínculo lo percibimos en la vida diaria. ¿Recuerda usted cómo, en una situación de estrés, nos sobreviene una especie de “patada” en el estómago? ¿O esa sensación de “mariposas en la panza” al toparnos con alguien que nos gusta mucho? ¿O cómo nos transformamos en ogros de pésimo humor cuando sentimos hambre? Esas son claves cotidianas que desde hace miles de años levantan sospechas de que en nuestro estómago reside algo íntimamente ligado con las emociones.

Por todo eso hoy no es extraño escuchar que existe un cerebro “digestivo” o “entérico”, el cual se alojaría en las capas que cubren el esófago, el estómago, el intestino delgado y el colon, y que se ha popularizado bajo el sobrenombre de “segundo cerebro”.

A partir de la publicación en 1999 de un libro llamado así, El segundo cerebro, cuyo autor es el biólogo celular estadounidense Michael D. Gershon, de la Universidad de Columbia en Nueva York, se echó más luz sobre las actividades secretas de nuestra panza. El investigador esgrime varios hechos que suceden en ese cerebro entérico, como por ejemplo que ahí hay 100 millones de neuronas, número nada despreciable, o que es la gran fábrica y almacén de sustancias llamadas neurotransmisores como la serotonina, la “hormona de la felicidad”, un modulador de emociones que además se encarga de regular el movimiento intestinal; la acetilcolina –que transmite impulsos nerviosos–, o la dopamina –que influye en cómo expresamos nuestras emociones.

Además Gershon, para remarcar la importancia de este “segundo cerebro”, confirmó que el sistema entérico es capaz de actuar autónomo, sin la participación del cerebro en sus funciones de procesamiento y desecho de nutrientes. Junto con él muchos médicos podrían testificar que el sistema nervioso entérico es capaz de eso, en parte gracias a la comunicación que este tiene con los billones de bacterias que interactúan en nuestras tripas permanentemente, digiriendo y protegiéndonos contra virus y hongos: la famosa micriobiota.

 

Estrecha comunicación

“Veo completamente justificado el uso del término ‘segundo cerebro’”, dice enfático el neurogastroenterólogo Enrique Coss Adame, académico de la UNAM y médico del Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán (Incmnsz). El especialista explica a Contenido que lo que antes era definido simplemente como “motilidad gastrointestinal” –es decir cómo el aparato digestivo desplaza los alimentos de la boca hacia el ano–, a la luz del estudio de los trastornos y funciones del tubo digestivo fue necesario clasificar los desórdenes a través de la interacción que existe entre el cerebro y el intestino.

“Después del sistema nervioso central, el lugar donde tenemos más neuronas [y también neurotransmisores] es en el tubo digestivo”, dice Coss Adame, quien añade que basado en su experiencia y en investigaciones internacionales, “las neuronas que se encuentran en el tubo digestivo son de un tipo en particular pero también existen en el sistema nervioso central. Tienen embrionariamente un mismo origen”. Aunque hay un entrelazamiento intenso con el cerebro a través del sistema nervioso periférico, el sistema entérico se constituye como uno “autónomo y perfectamente independiente”.

Cita el ejemplo de un paciente en coma. Si se le suministran alimentos a través de una sonda, por ejemplo, su sistema entérico puede seguir dirigiendo e incluso puede evacuar los desechos. Aun si se rompieran los enlaces nerviosos –los cables– entre el cerebro y la panza, esta seguiría funcionando, como lo hace la vejiga, otro órgano que se mueve con cierta independencia de las órdenes conscientes e inconscientes del sistema nervioso central.

Esther Martí, experta de la Asociación de Afectados de Colon Irritable de Cataluña, coincide en que “la comunicación entre los sistemas nerviosos central y entérico es como una autopista de dos direcciones, pero hay 10 veces más tráfico hacia arriba que hacia abajo. Además, el sistema nervioso entérico es la única parte del cuerpo que puede rechazar o ignorar un mensaje que llega desde la cabeza. Es decir, el cerebro digestivo toma continuamente decisiones para el buen funcionamiento del sistema digestivo”.

Pero más que hablar de un divorcio entre la panza y el cerebro, algunos investigadores como Jeffrey Friedman, de la Universidad Rockefeller, hablan de una comunicación bidireccional, un “eje intestino-cerebro” que se da no sólo a través de conexiones nerviosas, sino por las sustancias que circulan por el cuerpo en forma de hormonas y neurotransmisores.

El mismo Michael D. Gershon afirmó en entrevista a un medio argentino: “El sistema nervioso entérico le habla al cerebro y este le responde. El intestino puede afectar el humor, y la estimulación del nervio principal que conecta al cerebro con el intestino (el nervio vago) puede ayudar a aliviar la depresión, y es usado para tratar la epilepsia”. El biólogo está convencido de que el “segundo cerebro” entra en acción en casi todo lo que afecta a nuestra panza, desde la inflamación hasta afecciones como el síndrome de colon irritable.

 

Tenemos neuronas, pero ¿ ellas piensan?

No obstante, hay quienes aún no están muy seguros de que el cuerpo entérico merezca ser denominado como “segundo cerebro”. Algunos detractores del término alegan que un cerebro sano de adulto puede contener entre 85,000 y 100,000 millones de neuronas, número abrumadoramente mayor que los 100 millones que residen en el sistema gastrointestinal.

Además, se duda de que tenga funciones probadas que sí realiza el cerebro, entre otras y principalmente, la de pensar. El biomédico español con máster en Neurociencias, Pablo Barrecheguren, es categórico al rechazar la denominación de “segundo cerebro” que presuntamente se aloja en nuestra panza. Para él, los argumentos neurobiológicos que así lo afirman son, por lo menos, discutibles. “No sólo cuantitativamente, sino también estructuralmente ambos sistemas son muy diferentes”, escribe.

“El papel de la micriobiota se relaciona con múltiples patologías –incluso con el autismo– y obviamente con varios trastornos gastrointestinales”.

Jesús Kazuo Yamamoto

 

El doctor Coss Adame, del Incmnsz, ante ese tipo de planteamientos argumenta que la disparidad en el número de neuronas no es suficiente argumento para descalificar la importancia de ese cerebro. “De los miles de millones de neuronas del sistema nervioso central sólo unos millones de ellas están especializadas en, por ejemplo, mover el dedo meñique de una mano. La cantidad de neuronas no es indicador; aun cuando haya menos neuronas en el sistema entérico no supedita su importancia o prioridad. Ese gradiente de neuronas es porque no se necesitan más para el funcionamiento del músculo autónomo del intestino”, asienta.

Pero Barrecheguren insiste en que dentro del sistema entérico –que se conecta con el páncreas y la vesícula biliar–, las neuronas y otras células nerviosas se alojan junto a las vísceras agrupadas en “bolas”, los ganglios, que controlan los movimientos intestinales, la secreción y el flujo sanguíneo de esa región. En contraste, el cerebro es una “megaestructura” que contiene muchas estructuras especializadas, plegadas en capas neuronales para poder acomodarse en la cabeza. “Es una arquitectura neuronal bastante más compleja. Así que el sistema entérico no sólo es mucho más pequeño sino también mucho más simple”, afirma categórico.

Además, el biomédico español duda de que la enorme cantidad de serotonina producida en el intestino (90% de ese neurotransmisor en el cuerpo humano reside ahí), signifique que esta hormona afecte ciertos estados de ánimo y conducta. Sostiene que no hay certeza de que la serotonina intestinal llegue siquiera al cerebro, en virtud de que este “tiene una estructura llamada ‘barrera hematoencefálica’ que regula la entrada de sustancias, y si una molécula no atraviesa la barrera, no puede entrar en el cerebro y afectar su funcionamiento directamente […] es muy prematuro asociar la cantidad de serotonina que tenemos en los intestinos con nuestro comportamiento”.

Un reconocido gastroenterólogo e investigador mexicano, también miembro del Incmnsz y experto en enfermedades inflamatorias, el doctor Jesús Kazuo Yamamoto Furusho, opina por su lado que aún falta evidencia para considerar la existencia de un segundo cerebro. “No es un rotundo ‘no’ –aclara a Contenido–, pero todo ese concepto está aún bajo investigación; sabemos que sí hay relación entre el cerebro y el sistema gastrointestinal, pero quizá no pueda ser llamado ‘segundo cerebro’ porque no está conectado con el sistema nervioso central, aunque sí tiene una cantidad enorme de terminaciones nerviosas que permiten esa comunicación. Debido a eso, varios autores han querido traspolarlo y conciben ciertas apologías”.

El especialista, merecedor de más de 60 premios y distinciones, duda que las neuronas del sistema entérico sean iguales a las del sistema nervioso central. “No soy neurólogo, pero de hecho algunos colegas que sí lo son entran en shock cuando se usan términos neurológicos para explicar lo del ‘segundo cerebro’; por ejemplo, se ha traspolado a la gastroenterología lo de ‘migraña intestinal’, si bien sabemos que migraña es el dolor de cabeza. En vez de migraña lo llamaríamos dolor abdominal crónico o ‘etiología nerviosa’ inducida por el estrés”, dice.

 

Equipos unidos

Alguien que sí es neurólogo y neurofisiólogo es el doctor Gerson Ángel Alavez, de la Clínica de Trastornos del Sueño de la UNAM, y miembro tanto de la Asociación Nacional de Neurofisiología como de la Mexicana de Neurología. El especialista explica a Contenido que “el auge que ha tenido la investigación sobre el sistema nervioso entérico ha hecho que se le llame ‘segundo cerebro’, y aunque sí es un grupo neuronal altamente especializado y tiene una interrelación muy estrecha con el encéfalo, no se trata de un cerebro pensante”.

Sin embargo, admite que las neuronas del cerebro y el entérico “en esencia mantienen una estructura muy similar”. Ello, por cierto, implica una gran ventaja: si bien es extremadamente delicado acceder a las neuronas del cerebro porque hay que perforar el cráneo y existen riesgos de lesionar grupos neuronales críticos, la accesibilidad hacia el sistema entérico por medio de biopsias “permitiría diagnosticar enfermedades cerebrales, sería algo de mucho impacto observar una neurona que podría mostrar los mismos cambios que una compañera que está dentro del cráneo”.

Ángel Alavez aclara que el sistema entérico sí es autónomo en sus funciones, toma decisiones de tipo vegetativo con base en la percepción de estímulos químicos y mecánicos, y algo muy relevante, para diagnosticar ciertas enfermedades psiquiátricas o neurológicas, se consideran los síntomas gastrointestinales. “Uno de los primeros síntomas del Parkinson es el estreñimiento –explica el experto–, y en conjunto con otros síntomas cardinales de esa enfermedad, como la náusea o el vómito, podemos darles cierto valor predictivo con 10 o 15 años de anticipación. También en los casos de depresión o ansiedad, todos los cuestionarios diagnósticos tienen una categoría de síntomas gastrointestinales, porque son propios de las enfermedades mentales o neurológicas”.

Con base en las opiniones anteriores se podría intuir que estamos en los albores de más descubrimientos para tener cabal entendimiento de cómo nuestra panza y el cuidado que tengamos de sus neuronas y los bichos benéficos que interactúan en ella –la microbiota– pueden aliviar ciertos padecimientos que antes le eran achacados totalmente al cerebro “de arriba”.

En ese sentido poco importará si a nuestro aparato gastrointestinal lo denominamos o no “segundo cerebro”. Incluso hay quienes afirman que el sistema cardiovascular –sí, nuestro corazón– es un segundo cerebro, pero eso es harina de otro costal. Lo interesante, como coinciden los expertos, es conjuntar los conocimientos de las neurociencias, los fisiólogos y gastroenterólogos para conseguir diagnósticos y tratamientos cada vez más finos y eficaces en beneficio de la humanidad.

Eso, junto con una conciencia extendida de comer más sanamente ayudaría mucho. Lo cual sería excelente para nuestros cerebros, estén donde estén.

 

 

Nuestros amigos los bichos

Este sistema nervioso actúa no sólo a través de los 100 millones de sus neuronas, sino también a los bichos que residen en el colon, el cual aloja más o menos 90% de los cerca de 40 billones de microbios –principalmente bacterias– que tenemos en nuestro cuerpo. A eso se le llama microbiota, que se cree es fundamental para crear la sintonía adecuada en casi todas las funciones del organismo, incluyendo las neurológicas.

El doctor Gerard E. Mullin, en La biblia de la salud intestinal (editorial Grijalbo, 2016) luego de analizar a fondo la contribución de la micriobiota que actúa para descomponer y procesar lo que comemos, afirma que “el número de investigaciones sobre la comunicación bidireccional entre intestino y cerebro va en aumento. Sus resultados indican que los microbios intestinales no sólo están implicados en la regulación del metabolismo, sino que también desencadenan comportamientos que en última instancia influyen en nuestras elecciones alimenticias”.

Pero ¿qué le hace bien a esta microbiota que interactúa con el cerebro entérico? El neurogastroenterólogo Enrique Coss-Adame recomienda comer saludablemente, es decir, ingerir alimentos que favorezcan el aporte de serotonina en el intestino. “Eso influye en la microbiota, nadie tiene una idéntica a otra porque depende de lo que comemos y de nuestros genes, del sistema inmunológico, de qué bacterias toleramos y cuáles no. La microbiota intestinal favorece la plasticidad neuronal, hay adaptación de acuerdo a los contenidos del sistema nervioso entérico”.

El gastroenterólogo Jesús Kazuo Yamamoto coincide en que el papel de la micriobiota se relaciona con múltiples patologías –incluso con el autismo– y obviamente con varios trastornos gastrointestinales. “Entre mayor diversidad de bacterias tenga un individuo, probablemente tendrá mayor capacidad de regulación, tanto del sistema inmune como del nervioso”, explica.

Recomienda sostener dietas bajas en grasas saturadas y en carbohidratos complejos como azúcares refinados y en cambio hay que favorecer dieta rica en frutas, verduras y fibra, y equilibrada en cuanto a proteínas. “Aunque se ha dado mucho auge al uso de probióticos [microrganismos vivos contenidos en el yogur enriquecido, kéfir, jocoque o chucrut] no hay que tomarlos de forma indiscriminada”, advierte Yamamoto. Agrega que una forma eficaz para restablecer una microbiota dañada por mala alimentación o por el efecto de antibióticos es, por extraño que suene, trasplantes fecales sanos, que “tienen un valor terapéutico con estudios a nivel mundial y probada eficacia para atacar patologías”, resume.

 

 

¿Cómo ayudamos a ese cerebro?

El sistema nervioso entérico se beneficia de la dieta variada. Según los especialistas algunos quesos, yogures o leguminosas funcionan o no, según cada organismo.

SÍ AYUDA

Porciones diarias de frutas y verduras

Proteína vegetal (como nueces, cacahuates, almendras, anacardos, nuez de Brasil y macadamia, etc.).

Proteína animal (mejor pescado y pollo, carne magra de cerdo, y si es roja, que sea de reses de pastoreo).

Carbohidratos y cereales (como arroz y tortilla).

Agua simple o de sabor con poca azúcar.

 

NO AYUDA

Uso desmedido de antibióticos

Café

Alcohol

Tabaco

Carnes rojas, carnitas o barbacoa

Garnachas (quesadillas y tacos fritos, gorditas)

Alimentos empanizados

Vísceras

Refrescos

Pan

Azúcares añadidos

Papas (y menos las fritas)

Postres y pasteles

 

 

 

 

FRASES: 

“Las neuronas que se encuentran en el tubo digestivo son de un tipo en particular pero también existen en el sistema nervioso central. Tienen un mismo origen”.

Enrique Coss Adame

 

Hay una comunicación, un “eje intestino-cerebro”, que se da por terminaciones nerviosas y también en forma de hormonas y neurotransmisores.

Jeffrey Friedman

 

El intestino puede afectar el humor y la estimulación del nervio vago que conecta al cerebro con el intestino, ayuda a aliviar la depresión y la epilepsia”.

Michael D. Gershon

 

“El cerebro que permite nuestra biorrelación, la integración de pensamientos, sueños y emociones, es el que está contenido en la cavidad craneal”.

Gerson Ángel Alavez

 

(José Ramón Huerta)