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Lo nuevo: Banco de huesos

 

Gracias a la iniciativa de un emprendedor médico regiomontano, en vez de convertirse en polvo dentro de un ataúd, el esqueleto de cada persona puede ayudar a casi un centenar de personas con alguna malformación ósea. Conozca este Banco de Huesos en Nuevo León. El artículo fue publicado originalmente en nuestra edición de septiembre de 2003.

Hasta marzo del año pasado, para Fernando Ramos Rivera —hoy de 3 años y medio de edad, oriundo de la ciudad de Durango— andar por la vida era un suplicio: a los pocos meses de edad contrajo (por causas desconocidas) una infección que lentamente le carcomía el fémur izquierdo. El dolor le impedía caminar y lo tenía confinado en una silla de ruedas. El diagnóstico de los médicos del Hospital de la Secretaría de Salud donde lo atendían fue lúgubre: había que amputar la pierna.

Para fortuna del enfermo, su caso llegó a oídos del médico duranguense Rafael Briseño Navarro (de 39 años de edad, radicado en Monterrey; especializado en Oncología Ortopédica y bancos de tejidos en la Universidad de Alemania), quien viajó a Durango para salvar la extremidad del niño merced a un expediente impensable en el país hace un lustro: el trasplante de hueso. Luego de cortar y extraer la parte dañada —12 centímetros de largo— del fémur injertó en su lugar un trozo de hueso sano que 24 horas antes yacía en un refrigerador de Monterrey a –70º.

A las pocas semanas, Fernandito ya podía apoyar el pie sin dolor alguno y 10 meses después, juega futbol, trepa a los árboles y corretea por los parques de su ciudad natal sin acordarse de la silla de ruedas.

El duranguense es uno de los 645 pacientes mexicanos que en el último par de años se vieron beneficiados con 933 injertos gracias a la iniciativa del ortopedista y traumatólogo Carlos de la Garza Páez —de 75 años de edad y profesor emérito de la Universidad Autónoma de Nuevo León, UANL—, que bregó casi medio siglo para cristalizar un sueño: establecer en México un Banco de huesos.

Congelamiento óseo

El primer intento fallido de crear una institución de este tipo en el país acaeció en 1948, cuando los doctores Alejandro Velasco Zimbrón y Luis Sierra Rojas abrieron un banco de huesos en el Hospital Infantil del DF, que cerró poco después porque la ley consideraba profanación de cadáveres el retiro de partes de un cuerpo muerto. En 1952 don Carlos de la Garza emprendió otra tentativa en el Hospital Universitario de Monterrey. Debió desistir en 1956, acorralado por las mismas limitaciones legales que sus colegas capitalinos.

El médico De la Garza archivó el anhelo las siguientes 4 décadas y lo desempolvó sólo hasta 1997, cuando el congreso de Nuevo León aprobó una ley que permitía la disposición de órganos y tejidos humanos con fines de docencia e investigación.

Secundado por los traumatólogos y ortopedistas Rafael Briseño y Eduardo Álvarez Lozano (regiomontano de 35 años de edad) y financiado por una decena de industriales de Monterrey; una asociación local de ex becarios del gobierno alemán y la Agencia Internacional de Energía Atómica (dependiente de la ONU), De la Garza reunió 4 millones y medio de pesos que le permitieron abrir en septiembre de 2000 el Banco de Huesos y Tejidos del Hospital Universitario de la UANL, único de su tipo en México (en Estados Unidos funcionan 110, que proveen 750,000 huesos al año).

Con un área de 250 metros cuadrados, el banco tiene un par de congeladores respaldados con 3 sistemas de alarma que avisan de cualquier contingencia y una planta de energía.

Los huesos se procesan en un cuarto limpio clase 100 (con aire tan puro que contiene menos de 100 partículas contaminantes por pie cúbico o menos de 4,000 por metro cúbico). Los huesos en proceso son conservados en uno de los congeladores, llamado de cuarentena; los que ya están listos para utilizarse pueden congelarse a –70º para trasplantes ulteriores.

El esqueleto de cada donador puede servir hasta a 90 pacientes; para asegurar que el tejido óseo aún sirva es preciso intervenir antes de transcurridas 12 horas de la muerte del donante. Los cadáveres se reconstruyen con prótesis antes de entregarlos a los familiares: —Lo más difícil es convencer a la familia de que también pueden donar los huesos —relata De la Garza— y muchos se limitan a donar córneas riñones, hígado, pulmones, corazón y páncreas, útiles hasta para 8 receptores. Hasta ahora hemos conseguido 39 donadores.

Tormento climático

Los huesos más solicitados son: pelvis, fémur, tibia, peroné, rótula, húmero, radio, cúbito y mandíbula; también se conservan tendones como los ligamentos cruzados de la rodilla. Para conseguirlos, Briseño y Álvarez entrenaron grupos de médicos en Jalisco, Chihuahua, Coahuila, San Luis Potosí, Tamaulipas y Zacatecas, que los remiten a Monterrey vía aérea y congelados a –40º en hielo seco.

Otra ventaja de los injertos óseos estriba en que pueden moldearse a la medida del paciente y corregir aún añejas lesiones, como lo comprobó el año pasado el tamaulipeco —de Ciudad Victoria— Ricardo D. (nombre cambiado), hoy de 62 años de edad.

Herido en un accidente automovilístico hace 25 años, el corpulento norteño (mide 1.86 metros de estatura y pesa 98 kilos) quedó con la cabeza del fémur derecho tan afectado que 5 operaciones para injertarle prótesis sintéticas no consiguieron corregir el daño y el hombrón no tuvo más remedio que usar calzado especial y bastón o muletas, pues la pierna afectada quedó 15 centímetros más corta que la otra. Tras ser intervenido por De la Garza, que le implantó hueso proveniente de una mujer de 22 años de edad al morir, en sólo 10 meses don Ricardo pudo abandonar el bastón y andar por su propio pie como antes del accidente.

Las operaciones de implante de hueso hechas en el Hospital Universitario de la UANL cuestan en promedio 2,000 dólares (en Estados Unidos: entre 10,000 y 15,000 dólares), pero a los pacientes se les cobra sólo una cuota simbólica o, si son muy pobres, de plano nada. Hasta la fecha, el equipo de don Carlos realizó medio centenar de injertos en Monterrey; el resto se han hecho en hospitales públicos y privados de todos los rincones de la república: —Y con un índice de éxito de 100% —se ufana Briseño Navarro, quien afirma que hasta ahora no se ha suscitado problema alguno en los pacientes atendidos (la probabilidad de sufrir alguna infección es de sólo uno entre más de un millón y medio).

Otra beneficiaria de la iniciativa de los regiomontanos fue la nayarita Rosa Evangelina Hinojosa Chávez, hoy de 29 años de edad y madre de un vástago. Por años, la mujer sufría lacerantes dolores en la pierna izquierda cada vez que el clima cambiaba abruptamente. Visitó un puñado de médicos que no detectaron ninguna causa aparente para el malestar hasta que a mediados del año pasado cayó en manos del doctor Rafael Briseño, que detectó que el tormento de la mujer la causaba una infección en la tibia similar a la que aquejó al infante Fernando Ramos.

El galeno curó a la doliente en dos operaciones: en la primera raspó la parte afectada; dos semanas después sustituyó lo extraído con un injerto de 40 centímetros cúbicos. Hoy la mujer camina sin dificultad y los cambios climáticos ya no la atormentan.

(Juan de la Torre)