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Democracia sin credibilidad

 

 

¿Dónde radica la poca confianza que los ciudadanos tienen en el sistema electoral mexicano? En buena medida es consecuencia de la actitud de los participantes en la política.

En 1976 José López Portillo fue electo presidente de la República con el 100% de los votos. No más, afortunadamente, pero tampoco menos. El país vivía un régimen de partido único, a pesar de que contaba con un aparato supuestamente democrático. Las afirmaciones de que el país era una democracia eran descartadas de manera automática a nivel internacional. Sólo países como la Unión Soviética, la China comunista y Cuba tenían gobiernos electos con total unanimidad por los electores.

Al año siguiente empezó un proceso de reformas electorales que pretendía darnos un sistema más democrático y con mayor credibilidad. El lento proceso de transición empezó así hace 40 años. El problema es que, a pesar del tiempo transcurrido, el sistema electoral sigue sin poder lograr la credibilidad.

La destitución del fiscal electoral Santiago Nieto por investigar un presunto uso de sobornos de la empresa Odebrecht para financiar al PRI en las elecciones de 2012 volvió a evidenciar los males del sistema. Es cierto que el fiscal tenía lazos con los partidos de izquierda, pero era respetado por su honestidad y conocimiento del derecho electoral, al grado de que el Senado aprobó su designación en 2015 con 95 votos a favor y una abstención.

La democracia tiene en México una bajísima credibilidad. La encuesta de Latinobarómetro mostraba en 2015 que sólo el 19% de los mexicanos expresaba satisfacción con la democracia, uno de los niveles más bajos del continente americano. La mayoría de los mexicanos no tiene confianza ni en la equidad ni en la limpieza de las elecciones.

Lo curioso es que en realidad México cumple a cabalidad con la prueba de fuego de una verdadera democracia: la alternancia de partidos en el poder.

El 62% de las elecciones a gobiernos estatales en 2015 y 2016 fueron ganadas por partidos de oposición, cualquiera que haya sido el partido en el gobierno. Ésta es una cifra que rebasa con mucho la norma en casi cualquier lugar del mundo. En los Estados Unidos el 97% de las elecciones a la Cámara de Representantes son ganadas por el legislador en funciones.

La falta de credibilidad del sistema electoral mexicano es en buena medida consecuencia de la actitud de los participantes en la política. Es muy raro que en México un candidato perdedor reconozca una derrota. Andrés Manuel López Obrador, un referente en la vida política de nuestro país y por tercera ocasión candidato a la Presidencia de la República para 2018, ha afectado en particular la credibilidad del sistema al cuestionar cada derrota como un triunfo de la mafia del poder en su contra. La única de las elecciones cuya legalidad no criticó fue la que ganó, por estrecho margen, a la Jefatura de Gobierno del Distrito Federal en el año 2000.

López Obrador no es el único mal perdedor. La mayoría de los candidatos que pierden elecciones en México reclaman haber sido víctimas de un fraude electoral o de una elección de Estado. La reiteración de estos reclamos ha minado la poca confianza que tenía un sistema que durante mucho tiempo fue de partido único y que en 1976 nos dio un presidente supuestamente electo con el 100% de los votos.

De poco sirve que tengamos una mayor alternancia de partidos en el poder que otras democracias. Tampoco ayuda que tengamos una de las democracias más caras del mundo. Actos como la destitución de un fiscal electoral al que se le percibió como demasiado independiente, o inconveniente para el PRI, profundizan la falta de confianza. El problema puede al final ser muy peligroso. De por sí es difícil gobernar México. Hacerlo con una población que no cree en las instituciones democráticas es mucho más complicado.