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¿De verdad quiere ser feliz?

Expertos aseguran que la felicidad es una meta posible de alcanzar, aunque la propia vida suele empeñarse en hacer complicada esa aspiración.

Minutos antes de ser entrevistada Luz María Montero enfrentaba una circunstancia poco grata. Había discutido enérgicamente con alguien en su entorno laboral y tuvo que hacer un ejercicio de concentración para recobrar el equilibrio.

Sin embargo, ese no era su verdadero reto emocional y económico: a causa del sismo del 19 de septiembre se había visto obligada a abandonar su apartamento dañado, una situación que muchos considerarían catastrófica.

A pesar de ello Montero-López Lena, investigadora y catedrática de posgrado de la Facultad de Psicología de la UNAM, respondió las preguntas de Contenido con buen ánimo. Se decía feliz por haber descubierto “bendiciones” en ese entorno de angustia, pues confirmaba la gran solidaridad de sus cercanos y de gente que en la lejanía le expresaba cariño.

Una actitud semejante fue la que mostró la psicóloga clínica y ecléctica, especializada en diversos campos de la mente y el comportamiento, Luisa R. López Madueño. Ella se había mudado desde Tijuana a la Ciudad de México para montar su consultorio tan sólo un día antes del terremoto. En plena crisis personal y social acudió a prestar ayuda en una de las zonas más lastimadas de la capital del país –un edificio derrumbado en Chimalpopoca y Bolívar– y ahí se percató de muchas acciones negativas en las que incurrían ciertos funcionarios en detrimento de las víctimas, algo que ensombreció su ánimo.

Con todo, durante la entrevista a Contenido, López Madueño se descubría lista para adaptarse a las nuevas circunstancias y seguir dando cauce a los nuevos aprendizajes, así estos no fueran al principio venturosos.

Para ambas profesionales hablar en sus complicadas situaciones sobre un tema tan escurridizo como es la felicidad, cobró mayor pertinencia. Para ellas enfrentarse a los sinsabores de la vida hizo que sus reflexiones sobre el fenómeno de la felicidad las colocara más allá de la teoría sobre qué tan felices podíamos ser los humanos.

 

En pos de un concepto

La felicidad como ideal ha sido abordada desde hace miles de años de muy diferentes maneras, según la latitud y la época. En un apretado e insuficiente resumen se podría decir que en Occidente, desde los clásicos griegos, se explora la felicidad como un punto de vista individualista. Aristóteles -que opinó de todo- decía que la virtud y el bien autosuficiente es el que por sí solo torna amable la vida; mientras que en el Lejano Oriente solía venir unido a la manera como el individuo interactúa con su sociedad; en la zona del Medio Oriente, cuna de tres grandes religiones del mundo, se solía ligar la felicidad al seguimiento y acatamiento de doctrinas divinas.

Repasemos. La filosofía del chino Confucio, por ejemplo, priorizaba las relaciones de solidaridad y respeto a los demás, devoción al trabajo y a una vida sin ambiciones desmedidas: “La felicidad no consiste en tener lo que quieres, sino en querer lo que tienes”, es una frase típica de su doctrina.

Diversas corrientes cristianas, por su lado, interpretaban que la felicidad consistía en ser congruente con las enseñanzas de Jesús y el amor a la divinidad y a los semejantes, pero admitiendo que la verdadera felicidad es difícil de alcanzar en este mundo. Los seguidores del Islam argumentan que no es posible obtener la felicidad y la paz lejos de lo establecido por el Corán. Y para los judíos fundamentados en la Torá, ser feliz es un mitzva (obligación o mandamiento), que para lograrlo se debe observar una serie de actitudes frente a los acontecimientos de la vida.

Lo cierto es que con el paso del tiempo el concepto de felicidad ha pasado de ser algo que sólo era abordado desde el punto de vista filosófico y metafísico a una cuestión más fisiológica y, no pocas veces, se convirtió en motivo de análisis socioeconómico e incluso político, por cuanto los gobiernos dicen preocuparse por el bienestar de sus ciudadanos y potenciales votantes.

La ciencia, desde el siglo XX, ha tratado de establecer sus propias definiciones. Ilustre representante de los descubrimientos con tecnología como la electroencefalografía y la resonancia magnética, es el doctor en neurociencias Eduardo Calixto, jefe del Departamento de Neurobiología del Instituto Nacional de Psiquiatría Ramón de la Fuente Muñiz. El investigador expresa a Contenido un enfoque –poco romántico, es verdad– al que lo obligan sus estudios en laboratorio sobre la química cerebral: “La felicidad sería un estado óptimo de reconocimiento de emociones positivas a las cuales el cerebro le atribuye ciertos generadores o detonantes para estar en un estado de emoción, atención y de actividad cardiovascular que nos pone efusivos, contentos. El detonante puede variar dependiendo de la edad, porque el factor neurológico de la felicidad va disminuyendo con los años”.

Calixto asegura que según ciertos estudios entre más vida acumulamos menos capacidad tenemos de ser felices.

La doctora Montero-López Lena, de la UNAM, con cierta precaución y desde su “visión empírica, experimental y positivista”, como ella misma reconoce, arriesga su propia definición: “Es el estado de equilibrio del organismo. La felicidad sería cuando lo que piensas, sientes y actúas está en concordancia”.

Buscando una guía concreta acudimos a la Academia de la Lengua Española. Esta dejó abiertos tres significados, complementarios y listos para usarse dependiendo la ocasión: Felicidad. 1) Estado de grata satisfacción espiritual y física; 2) persona, situación, objeto o conjunto de ellos que contribuyen a hacer feliz, y 3) ausencia de inconvenientes o tropiezos.

Como se evidencia, ponerse de acuerdo para definirla no es tarea fácil, pero un referente confiable podría darlo quien hoy es considerado como “el hombre más feliz del mundo”, luego de que su cerebro mediante estudios en laboratorio mostrara inusual actividad en las regiones del amor y la compasión, Hablamos del connotado biólogo molecular francés, investigador de los laboratorios del Instituto Pasteur hoy convertido en monje tibetano y asesor del mismísimo Dalai-Lama, Matthieu Ricard. Para él la felicidad es “esa sensación general de placer y significado; una persona feliz disfruta las emociones positivas al mismo tiempo que considera que su vida está llena de significado”.

Ricard advierte, sin embargo, que la felicidad no se refiere a un momento particular sino a un agregado generalizado de nuestras vivencias. “Puede que una persona experimente dolor ocasionalmente pero que sea feliz en lo global”.

La psicóloga clínica y autora de libros Luisa R. López, abre su propio frente y define: “No es más que un estado de conciencia donde el ser humano únicamente tiene que recordar que el máximo potencial de la felicidad está dentro de él. Para lograrlo, tiene que atreverse a reconocer su vida en el aquí y en el ahora, y de valorar con lo que cuenta en ese momento de la vida”.

Y así como las anteriores, quizá usted, lector, tenga su personal y mejorada definición de lo que es ser feliz. Pero justamente por esa razón, por lo importante que es que la gente esté satisfecha con su existencia, gran diversidad de instituciones, universidades, empresas y gobiernos investigan con ratas pero también con humanos, cuáles son los resortes que motivan la felicidad de la gente. Y hoy, además, existen otros laboratorios en tiempo real: cuando ingresamos una búsqueda o compramos algo en internet, cuando interactuamos en redes sociales virtuales, habrá un alguien que con Big Data procese con potentes computadoras toda esa información a fin de descubrir qué nos gusta, qué nos preocupa, qué nos puede hacer felices.

La industria feliz

Así, en este mundo globalizado hay una explosión de fórmulas, algunas menos eficaces que otras, que plantean la solución o panacea contra muchos males modernos, como la depresión, la angustia, el síndrome del quemado o burn out laboral, la desidia y el desánimo o el aislamiento de la gente, que está llevando a una epidemia de salud en varios países del mundo.

No sería exagerado decir que todos los días surgen enfoques para abordar el fenómeno de la felicidad –o, por añadidura, de la infelicidad– en la gente. En ello caben por igual una gran variedad de análisis científicos, disciplinas aunque también especialistas improvisados. Desde los escáneres de la neurociencia y el neuromarketing hasta las prácticas y conocimientos ancestrales del budismo zen, la metafísica new age y las religiones.

En esta mezcla hay de todo. Por un lado están los que abrazan la llamada psicología positiva, la terapia cognitivo conceptual, la resiliencia y la meditación, las cuales exploran cómo los individuos experimentan y reaccionan ante lo que sucede en su contexto, y otras corrientes –encabezadas por los psicólogos críticos– que sugieren resolver los problemas que hay en nuestro contexto sin evadir los problemas sociales y existenciales.

William Davis, sociólogo y economista británico, autor del libro La industria de la felicidad, de Malpaso Editorial, disecciona ambos enfoques y documenta que el primer intento que alguien arriesgó para sistematizar la medición de la felicidad fue un –frustrado– abogado que más hubiera querido ser otra cosa, Jeremy Bentham, inglés que a la postre sería el propiciador de una teoría llamada “utilitarismo”, la cual sostiene que las acciones correctas son aquellas que producen el máximo de felicidad en la mayor parte de los habitantes de un territorio.

Bentham murió en 1832 con la idea de que se podía medir la felicidad con base en el ritmo cardiaco –un dato fisiológico–, y en el efecto que causaba el dinero en la gente –un dato económico–; si los medíamos a ambos, razonaba este pensador, podrían dar un parámetro de cuán contenta con su existencia estaba una sociedad. El placer y el dolor eran los referentes básicos a los cuales había que medir.

Pero la corriente de pensamiento que él fundó tomó nuevos cauces: hoy grandes y pequeñas corporaciones y gobiernos de todo el mundo están preocupados por la falta de empuje y salud física y mental que lleva a una menor productividad. Son miles de millones de dólares y euros que cada año se pierden por ausentismo o por falta de productividad.

 

Una cuestión de actitud

Lo curioso es que, según comparten diversos especialistas, deberíamos saber ya que parte de la solución para acabar con la infelicidad y por tanto, aspirar a su contrario, la satisfacción plena con la vida, está al alcance.

La doctora rusa Sonja Lyubomirsky, una celebridad mundial en este campo y autora de la obra La ciencia de la felicidad, un método probado para conseguir el bienestar, asegura que hay tres grandes áreas que la predicen: los genes, que determinarían el 50% de la felicidad; la “actividad deliberada” –es decir la actitud ante lo que nos ocurre– representaría otro tanto del potencial de ser feliz, y por último, las circunstancias de la vida –estado civil, nivel socioeconómico, las experiencias buenas y malas, etc.–, que sólo determinarían un 10% de nuestra felicidad.

Este concepto lo avala –con algunas diferencias en los porcentajes– el doctor Calixto, del Instituto de Psiquiatría: “Antes sólo nos dedicábamos a estudiar la enfermedad y su terapéutica farmacológica o conductual para ayudar a los pacientes –dice–, pero es adecuado saber que 75% de nuestra felicidad está asegurada, que estamos más cerca de ella en términos biológicos que cualquier otra especie, que tan sólo ese 25% nos puede mover al lado de la depresión o a los conceptos que podrían hacernos felices. Para bien o para mal, 75% de lo que nos sucede es interpretación”.

Por lo tanto, si adoptamos ciertas actitudes, ¿podríamos mejorar nuestro crédito feliz? Hay quienes dicen que sí. Ya no resulta nada extraño que personas que han abrazado la filosofía budista aseguren que la meditación ayuda enormemente, y que hay una gran diferencia entre la felicidad –que proporciona satisfacción, serenidad y paz, más allá de apegos y a sabiendas de que nada en la vida es permanente– y el placer, una “ilusión” que depende de la circunstancia, es decir de un lugar, un tiempo y un espacio determinados, que suele relacionarse con posesiones materiales a través del dinero, satisfacciones sexuales, búsqueda de poder, etcétera.

En ello coincide la mayoría de quienes han analizado con seriedad este fenómeno: el placer que dan ciertas metas conseguidas a escala social, debido a la “adaptación hedonista” que hace el cerebro y a nuestra propia experiencia, difícilmente confiere niveles extendidos o permanentes de satisfacción. Hay otros métodos y buenas prácticas que ayudan a que el ser humano, casi sin importar su circunstancia, esté conforme y a gusto con su vida.

Recetas estilo Harvard

Catalogado “el gurú de la felicidad”, el filósofo israelí Tal Ben-Shahar, quien imparte la cátedra más popular de la Universidad de Harvard, dice que estas son las recetas para la felicidad permanente. Él confiesa que su “automedicación” es pasar tiempo con su familia, escribir y meditar.

  • Realizar algún ejercicio físico. “Es igual de bueno que tomar un antidepresivo”, y recomienda 30 minutos diarios.

  • Básico para dotar de energía y afrontar con fuerzas el día.

  • Escribir en un papel cosas que nos dan felicidad.

  • Ser asertivo: “Pide lo que quieras y di lo que piensas”.

  • Economía: Gastar el dinero en experiencias y no tanto en cosas.

  • Pegar frases y fotos bonitas y de seres queridos por doquier.

  • Sonreír.

  • Caminar derecho o arreglarse para sentirse atractivo.

  • Ir bien calzado: “Si te duelen los pies es seguro que te pondrás de mal genio”.

  • Buena alimentación: “Lo que comemos tiene un impacto importante en el estado de ánimo”.

En comparación, ¿somos felices?

Pero entonces, algo tan aparentemente etéreo, ¿se puede medir? A ello se han abocado psicólogos, psiquiatras, médicos y neurocientíficos pero también quienes se especializan en mercadotecnia, recursos humanos, couching, autores de best sellers, economistas y como ya se mencionó, poderosas firmas de redes sociales, búsquedas por internet y claro, gobiernos preocupados por el nivel de bienestar o hartazgo que puede hacerles la administración más o menos complicada.

El Reporte Mundial de Felicidad 2017 que es financiado por la ONU, la Fondazione Ernesto Illy, la Universidad de Columbia y el Instituto Canadiense de Investigación Avanzada, el cual mide el grado de satisfacción ante la vida de las personas con base en encuestas en 150 países, encontró que no sólo el PIB per cápita cuenta para decir si una sociedad es más o menos feliz, sino que hay factores que son tanto o más importantes que el ingreso.

De hecho el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) hace llamados a que los países se deshagan de la “tiranía del Producto Interno Bruto” (tyranny of GDP) pues, dice, lo que importa es la calidad del crecimiento, no la cantidad. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), por su lado, en junio de 2016 sugería a sus miembros “redefinir la narrativa del crecimiento para poner el bienestar de la gente en el centro de los esfuerzos de los gobiernos”.

Pero veamos lo que mide el mencionado Reporte Mundial de Felicidad 2017: por un lado la expectativa de vida saludable; el apoyo social –es decir, contar con alguien en momentos críticos–; la confianza hacia las instituciones y los negocios; la libertad para tomar decisiones de vida o la generosidad de la sociedad, además de variables económicas como ingreso y empleo, y factores sociales como educación y vida familiar, más la salud mental y física.

Bajo esas consideraciones, los 10 países que reportaron mayores niveles de gente satisfecha fueron los escandinavos Noruega, Islandia, Finlandia y Suecia; los europeos Dinamarca, Suiza y Holanda, los dos grandes de Oceanía: Nueva Zelanda y Australia, y el único americano, Canadá.

Pero un momento. Un dato incómodo también procesado por la ONU haría pensar que falta algo en el análisis del Reporte Mundial de Felicidad: entre los 45 países con las tasas de suicidio más altas se encuentran Finlandia (lugar 14), Suiza (25), Suecia (28), Dinamarca (29), Australia (34), Noruega (40), Canadá (41) y Nueva Zelanda (43), es decir, casi todos los involucrados en la lista de sociedades calificadas como satisfechas. México está en un lejano lugar 79.

De nuevo la OCDE, al medir variables semejantes entre los países miembros –el “club de los ricos”, entre los cuales está México–, concluye en su informe de 2015 ¿Cómo va la vida?, que nuestra nación tiene la menor esperanza de vida, la menor red de apoyo social y un bajo desempeño en materia de seguridad personal de toda la OCDE. Sin embargo, México aparece en el sitio 25 del Reporte Mundial de Felicidad, debajo de países latinoamericanos como Costa Rica (12), Chile (20), Brasil (22) y Argentina (24).

Una prueba más de que estas mediciones aún tienen que ser mejor calibradas, la pobreza o riqueza de las naciones no determina per se la felicidad de sus pobladores.

Un connotado economista británico, Richard Layard, autor de La felicidad. Lecciones de una nueva ciencia, sostiene que “no hay fórmulas mágicas. Los ricos por serlo no son más felices que los pobres y éstos bastante tienen con sobrevivir para pensar en qué consiste ser feliz. Todo depende del punto de equilibrio de cada uno y saber elegir las metas para que nadie se sienta defraudado. Si las metas son demasiado elevadas o inalcanzables, nos pueden provocar depresión, y si son demasiado sencillas, nos crean aburrimiento”.

Según datos esgrimidos por este especialista, los países desarrollados no han aumentado los niveles de felicidad conforme crece su nivel de vida. Pero sí distingue tres factores de felicidad. Uno es que la satisfacción con nuestro ingreso propio depende del ingreso de nuestro “grupo de referencia” con el que nos comparamos. Dos, que es necesario tener constantes incrementos en nuestro ingreso, pero que en determinado momento, debido al “proceso de adaptación” ese aliciente dejará de ejercer efecto. Y tres, que la felicidad media de la población tiende a aumentar a medida que se reduce la desigualdad como resultado de la redistribución del ingreso.

Eso explicaría por qué los países nórdicos, cuya clase media es extensa y los contrastes sociales no son tan agudos como en otras partes del mundo, la gente dice estar satisfecha.

“Tenemos apenas una aproximación a la felicidad –concluye la doctora Luz María Montero–; es como la inteligencia, hay muchas definiciones. Para el millonario felicidad quizá sea acumular más riqueza, y para un campesino es que crezca bien la milpa. Depende de cada visión, madurez y equilibrio”.

Ejemplos sobran: así como para un niño el colmo de la felicidad por algunos días puede ser recibir un regalo en Navidad, más importante es que sus padres estén cerca de él; para un joven pasar un examen complicado puede darle alegría momentánea, pero su máximo logro es ser aceptado por un clan. Para un adulto adquirir una casa puede infundirle regocijo, pero su máxima satisfacción es cuando viaja ligero por el mundo.

En estas páginas usted hallará algunas claves que podrían servir para enfrentar mejor los pesares de la vida, incluso de manera gozosa. Pero eso, sin duda, dependerá de la forma como mejor podamos adaptarnos y disfrutar lo que la vida nos ofrece.

 

Los que se dicen más felices

Una encuesta mundial que contenía la pregunta típica de “¿cuán satisfecho estás con tu vida en este momento?” destacó a estos países, los que se dicen más felices.

 

  1. Noruega
  2. Dinamarca
  3. Islandia
  4. Suiza
  5. Finlandia
  6. Holanda
  7. Canadá
  8. Nueva Zelanda
  9. Australia
  10. Suecia
  11. México

 

Fuente: World Happiness Report 2017.

 

 

Buenas prácticas

Una estudiosa de fama mundial en el tema de felicidad, la doctora Sonja Lyubomirsky, en La ciencia de la felicidad recomienda prácticas para ser más feliz. Aquí algunas de ellas:

 

  1. Expresar Ayuda a saborear las experiencias positivas, refuerza la autoestima y el amor propio, y sirve para afrontar estrés y traumas.
  2. Cultivar el
  3. Evitar pensar Darle muchas vueltas a los sentimientos y a los problemas de forma innecesaria, pasiva y excesiva, no ayuda.
  4. Practicar la amabilidad.
  5. Cuidar las relaciones sociales.
  6. Aprender a perdonar.
  7. Fluir más. Provocar un estado de ensimismamiento y de concentración intensos en el momento presente.
  8. Saborear las alegrías de la vida.
  9. Comprometerse con Que sean propios, flexibles, que puedan ser descompuestos en pasos sucesivamente alcanzables.
  10. Practicar la religión y la Buscar sentido a la vida, orar o saber encontrar lo sagrado en la vida diaria.
  11. Ocuparte de tu cuerpo a través de la meditación y de la actividad física.

 

Una prueba inglesa

Una célebre prueba conocida como Cuestionario Oxford sobre la Felicidad, en una escala de 1 (“Muy en desacuerdo”) a 6 (“Muy de acuerdo”), califica las respuestas a este tipo de preguntas:

 

  1. No me siento particularmente a gusto con cómo soy.
  2. Me interesan otras personas.
  3. Siento que la vida está llena de recompensas.
  4. Rara vez me despierto sintiéndome descansado.
  5. No soy muy optimista respecto del futuro.
  6. Encuentro muchas cosas divertidas.
  7. No creo que el mundo sea un buen lugar.
  8. Me río muchísimo.
  9. No creo ser una persona atractiva.
  10. Hay gran diferencia entre lo que me gustaría hacer y lo que hago.
  11. Encuentro belleza en algunas cosas.
  12. Encuentro tiempo para todo lo que quiero hacer.
  13. Siento muy seguido disfrute y júbilo.
  14. No tengo un gran propósito en mi vida.
  15. No me siento particularmente saludable.
  16. No tengo muchos recuerdos positivos del pasado.

 

 

Empleo y edad

Lo que parece ser cierto en las consultas hechas alrededor del mundo es que pocas cosas resultan ser más estresantes que la necesidad de tener estabilidad económica para sacar una familia adelante. En la población adulta, el trabajo es claramente un indicador de felicidad, así como el desempleo produce infelicidad en la mayoría de los casos.

Pero hay que hacer una acotación: no todos los tipos de trabajo aportan la misma cuota de satisfacción. Las labores manuales parecen ser menos satisfactorias, y los trabajos que permiten buenos niveles de balance entre éstos y la vida personal, con autonomía, variedad, seguridad e higiene son fuertes predictores de felicidad.

Sin embargo, cabe otra acotación: sendas investigaciones en Reino Unido por parte de la NBC y The Guardian concluyeron que el trabajo físico al aire libre resulta muy útil para atacar la depresión, ansiedad e indiferencia, los grandes males de los países desarrollados con estresadas, cansadas, insatisfechas y anhelantes sociedades.

Por otro lado, los niveles de felicidad varían según la edad, según el neurocientífico Eduardo Calixto. Los niños ríen de 60 a 90 veces al día en promedio, los adultos unas 50 veces y los septuagenarios lo hacen unas 20 veces en promedio. “El cerebro va envejeciendo, libera menos dopamina, por eso se condicionan más los estados de felicidad; junto con la propia experiencia, la felicidad de los viejos es más valorada y se da en periodos más cortos”.