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Ramiro Iglesias Leal, médico espacial

Diciembre de 1968. Instalaciones de la NASA en Houston. Tras varios días de espera, la cápsula espacial Apolo VIII comenzó a transmitir el electrocardiograma de uno de los astronautas en vuelo alrededor de la luna. Al médico tamaulipeco Ramiro Iglesias Leal no le tembló la mano conforme analizaba la información antes de dar la buena noticia a sus colegas de la agencia espacial estadunidense: todo estaba en orden.

El acontecimiento fue sólo un paso más en la carrera del mexicano, hoy de 75 años de edad, (casado, padre de 4 hijos), reconocido como una eminencia en su campo, la medicina espacial, por sus cofrades de Europa y Estados Unidos.

Hijo de ejidatarios, don Ramiro nació el 30 de octubre de 1927 en la reseca ranchería de Santa Rosalía, del municipio tamaulipeco de Camargo. Octavo de los 10 vástagos de unos ejidatarios, muy pequeño sufrió doble pérdida: primero murió su padre y luego su pueblo natal fue engullido por el embalse de la presa Marte R. Gómez, inaugurada en 1935 (se fundó otro poblado homónimo en la margen del nuevo lago).

Mientras su madre y hermanos mayores se afanaban en sacar adelante a la familia, el pequeño Ramiro se convirtió estudiante modelo, pero debió repetir 3 veces 4º de primaria, porque en su escuela no existían los siguientes grados. Para consolarse, pasaba horas absorto en la contemplación del firmamento nocturno.

Su suerte cambió un día de 1940 en que el presidente Lázaro Cárdenas inauguró en Camargo una planta de luz y luego, como acostumbraba, concedió audiencias a los lugareños. Iglesias le pidió ayuda para concluir la primaria y el mandatario ordenó que lo internaran en una escuela cercana a Ciudad Victoria, en la que concluyó hasta la secundaria.

Al graduarse, apoyado por sus hermanos y con una carta de recomendación del presidente municipal de su pueblo, Iglesias viajó al DF, donde acudió al político tamaulipeco Marte R. Gómez, a la sazón secretario de Agricultura y Fomento. El empuje del jovencito causó simpatía en el funcionario, que lo ayudó con dinero y “palancas” para que cursara la preparatoria y luego medicina en la UNAM.

Guardia afortunada

Las buenas calificaciones valieron al norteño una beca del gobierno de Francia para cursar un posgrado en medicina con especialización en cardiología en la Universidad de París; antes de viajar a Europa, consagró un año a dominar el francés. Al graduarse, ganó otra beca, esta vez para estudiar en el Instituto de Cardiología de Londres.

Al término de sus estudios, Iglesias recibió ofertas de empleo en Suiza, Escocia, Estados Unidos y México. Optó por volver a su patria, para trabajar en diversos hospitales públicos y privados. En 1964, mientras trabajaba en el IMSS, el sindicato de pilotos aviadores lo seleccionó para convertirse en asesor medico de la organización. El requisito era viajar a San Antonio, para especializarse en la Escuela de Medicina Aeroespacial de la base Brooks de la de la Fuerza Aérea estadunidense. El curso incluyó una introducción a la medicina espacial, una rama que apenas nacía con la carrera por la Luna.

Cuatro años más tarde, don Ramiro retornó a Brooks pata tomar un curso avanzado de medicina aerospacial bajo la tutela de Charles Berry (primer director médico de la NASA) y el alemán Hubertus Strughold (considerado el fundador de esa disciplina). Como Iglesias era buen alumno, Berry lo invitó al Centro Espacial de Houston como observador extranjero en el control médico del Apolo VIII, la primera nave tripulada que viajó a la Luna para circunvolarla y elegir el sitio en el que, meses más tarde, alunizarían otros astronautas.

El equipo al que habían invitado al tamaulipeco esperaba recibir por radio un electrocardiograma de uno de los tripulantes de la cápsula, para comprobar los efectos cardíacos del vuelo espacial. Por varios días intentaron captar, sin éxito, la señal. El 24 de diciembre, a media mañana, los médicos titulares de la NASA tomaron un descanso para preparar la fiesta de Nochebuena y dejaron de guardia a don Ramiro: —A las 11:20 de la mañana, la consola comenzó a registrar los datos correspondientes al astronauta William Anders —recuerda—. Yo era el único médico en la sala y me tocó revisarlos luego de que viajaron 386,000 kilómetros.

Soñar las estrellas

Iglesias Leal retornó a México, pero fue igualmente invitado a monitorear los vuelos de las cápsulas Apolo IX y X, pero con especial alborozo recuerda la noche del 20 de julio de 1969, cuando los tripulantes del Apolo XI finalmente posaron pie en el satélite. El equipo médico de la NASA celebró por todo lo alto en un restaurante cercano y, por supuesto, el mexicano los acompañaba.

En sus estancias en la NASA, don Ramiro recopiló información suficiente para escribir un libro, La ruta hacia el hombre cósmico (tal año), que hoy editado en inglés y español es consulta obligada para los estudiantes de medicina aerospacial. Entre otros datos, el galeno consigna que la falta de gravedad causó que los astronautas crecieran entre 4 y 6 centímetros, lo que lo lleva a pensar que si alguna vez el hombre coloniza el espacio, los viajeros serán más altos y con el cuello mucho más largo, recto y ancho: —Calculo que para 2030 en la órbita terrestre existirá la primera ciudad “espacial”, quizá con 10,000 habitantes —asevera—. Quizá algún día todos los hombres puedan emigrar a estaciones semejantes y conservar el planeta entero como una reserva natural.

Otro de los campos de estudio de don Ramiro fue los efectos perniciosos del humo de tabaco en las cabinas de los aviones comerciales, que a la postre llevó a la prohibición de fumar en las aeronaves. Tan sólido fue su estudio que la Unión de Sobrecargos de Estados Unidos —que demandó una indemnización multimillonaria a las tabacaleras— lo contrató como especialista para declarar en el juicio.

En México, don Ramiro fue subdirector del Hospital de Cardiología “Luis Méndez”, del Centro Médico Siglo XXI; fundador del servicio de medicina aeronáutica del IMSS y director del Centro Nacional de Medicina de Aviación de la secretaría de Comunicaciones y en 1985 programó algunos de los experimentos que a bordo del transbordador realizó el doctor Rodolfo Neri Vela; 3 años después, de 1988 a 1989, fue vicepresidente de la Asociación Médica Aerospacial estadunidense de 1988 a 1989, máximo cargo que un extranjero puede alcanzar en esa agrupación.

Los reconocimientos nacionales y extranjeros no faltan en la vida de Iglesias: en 2002 su libro fue galardonado como la mejor publicación de medicina aerospacial por la Academia Internacional de Astronáutica, con sede en París, y de la que forman parte todos los países con avances en el espacio: —El premio se entrega desde 1992 y soy el único investigador de habla hispana que lo ganó —relata, y añade que la suya es la única obra escrita en solitario (otras las firman hasta 30 personas, entre autores y colaboradores), pero pocas cosas le provocan más orgullo que el planetario de Ciudad Victoria, bautizado en su honor en 1998, muy cerca de donde comenzó a mirar las estrellas y a soñar con ellas.

(Publicado en julio de 2013, Contenido, 481)

(Adrián Cerda)