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Profesión bomberas

Estas jovencitas invaden uno de los últimos “trabajos de hombres” que aún quedaban y sus compañeros varones, están encantados. Conozca a las bomberas

La noche que voraz incendio envolvió el mercado de Cuautitlán, al norte de la ciudad de México, la capitalina Raquel López Sánchez (veinteañera, soltera y madre de 3 hijos) debutó como integrante del cuerpo de bomberos de la estación Atizapán, no muy lejos del lugar del siniestro.

Enfundada en gruesa chaqueta y pantalón, calzando pesadas botas y tocada con casco, la muchacha sintió miedo cuando vio las enormes llamaradas y los remolinos de humo que se desprendían del tianguis incendiado, pero se comportó a la altura de las circunstancias, «porque vi la decisión con que trabajaban mis compañeros y pensé que en esos momentos mucha gente confiaba en nosotros». Sofocaron el fuego y, aunque hubo pérdidas millonarias, nadie resultó muerto ni herido.

Con la experiencia que le dan seis meses de servicio, Raquel describe la capacitación que ella y otras dos mujeres de la estación Atizapán recibieron cuando ingresaron a la corporación: técnicas para memorizar números telefónicos, códigos y claves; uso de herramientas, maquinarias y vehículos; entrenamiento físico para salvar o quitar obstáculos; cursos de rescate y primeros auxilios; reacción de ciertos materiales al fuego y diferentes tipos de combustión; así como otros temas que pueden significar la diferencia entre morir quemado o conservar la vida y salvar las de otras personas.

Como el empleo se cubre por turnos de 24 horas de labor por 24 de descanso y no sobra personal, es indispensable que cada uno de los miembros del equipo sepa desempeñar la tarea que le toque, para no recargar de trabajo ni poner en peligro a sus compañeros. Tareas no faltan: hay pitoneros (encargados de manipular las mangueras); ayudantes de pitoneros; “linieros” electricistas (cuya labor es cortar cables eléctricos en inmuebles o automóviles); zapadores (usan picos, palas, hachas y escaleras en edificios incendiados); comunicadores (mensajeros entre los diferentes grupos que combaten el fuego); especialistas en controlar fugas de gas y combustibles en general; camilleros y tanqueros (que vigilan el suministro de agua a los carros-bomba). Además, durante las horas de calma en la estación, todos deben ayudar en la limpieza y mantenimiento de las instalaciones.

“Mi mamá no está muy conforme con mi trabajo”–dice Raquel López– y mis hermanos insisten en que andar apagando incendios no es cosa de “viejas”, pero ni caso les hago. Mi hija mayor dice que será bombera y, si no cambia de idea, le voy a enseñar todo lo que sé.

Sin tiempo para lágrimas

Cuando la mexiquense Tere Ramírez –actualmente de 27 años, soltera y madre de 2 hijos– supo que el cuerpo de bomberos necesitaba personal femenino, acudió de inmediato; y aunque se desilusionó al saber que las vacantes eran en las áreas de radioperación y administrativa, llenó su solicitud e ingresó a la corporación.

Una vez adentro, tanto insistió en formar parte del equipo encargado de combatir incendios, que recibió riguroso entrenamiento y ya trabaja codo a codo con sus compañeros hombres quienes antes sospechaban que podía ser un estorbo y ahora la consideran indispensable en el grupo.

Aunque le ha tocado ver escenas desgarradoras (como cuando después de extinguir un incendio encontró los cuerpos calcinados de 2 pequeños, mientras recorría los escombros acompañada por la madre de los niños), Ramírez comenta que el trabajo es tan absorbente que no deja tiempo para emociones ni sentimentalismos: “Lo que cuenta es moverse rápido y mucho: por ejemplo, en las inundaciones hay que laborar hasta tres días seguidos, para rescatar a personas atrapadas en azoteas y árboles, llevarles víveres y sacar, antes que se descompongan, los cadáveres atrapados. Pero hay hermosas recompensas, como la que recibimos un compañero y yo en un deslave que había sepultado una vivienda. Entramos después de cavar un angosto túnel y alumbrándonos con lámparas localizamos a 2 hermanitos arrinconados y aterrorizados en un cuartito casi aplastado por el lodo. Creo que siempre recordaré la sonrisa de alegría con que nos recibieron”.

La bombera refiere que sólo sintió miedo en un incendio forestal: “Ésos son de veras peligrosos: escuchas y hueles el fuego pero no lo ves hasta que lo tienes encima, porque se propaga a gran velocidad. En esa ocasión escuché que alguien gritaba: «¡todos al suelo y a rodar!», lo que significaba que estábamos cercados por las llamas y no había de otra que salir así. El grupo con el que estaba siguió la orden y por suerte, aquí estamos”.

Trabajo pesado

Guadalupe Bárcena Pérez –de 21 años, madre de una niña de tres– explica que fue su progenitor (bombero desde hace más de tres lustros) quien enterado de que su hija quería ingresar a la corporación, le ayudó a hacerlo.

Antes, la chica era costurera: “Andar entre hilos, agujas y dedales definitivamente no era para mí. Como soy delgadita y de baja estatura algunos compañeros piensan que nunca podré aportar mucha fuerza y tienen razón. En cambio, tengo inteligencia para planear estrategias y organizar movilizaciones. Llevo un año y medio de actividad y hubo un tiempo en que estuve a punto de abandonar el trabajo porque mi pareja opinaba que me arriesgaba demasiado y desatendía a mi hija. Se ponía furioso cuando me veía llegar exhausta, con dolor de cintura y, una vez, llena de piquetes de abeja. Pero le gané por cansancio: ahora se ha acostumbrado y no me reprocha nada”.

A diferencia de Lupita Bárcena, Teresa Parra –casada, de 25 años de edad y madre de un bebé— no tuvo problemas familiares cuando decidió volverse bombera. En la actualidad se encuentra en periodo de incapacidad (por el reciente nacimiento de su hijo) y refiere que su último servicio lo realizó cuando tenía 2 meses de embarazada, estado que no había revelado a nadie, para que no la mandaran de vuelta al cuartel.

El comandante de la estación de bomberos de Atizapán, Severino Pérez Martínez, con más de 20 años de servicio, no establece diferencias entre hombres y mujeres: “Lo que necesitamos son elementos tan cumplidos como disciplinados. A las chicas que querían incorporarse se les dio su oportunidad y han respondido de manera formidable”.

Ante ese ejemplo, el comandante Sebastián Moreno–de 39 años de edad y 22 de bombero –lanzó una convocatoria para reclutar mujeres en el cuerpo de bomberos de Pachuca. Acudieron decenas de interesadas, pero la mayoría desertó ante la dureza del trabajo: sólo quedaron dos, que siguen los firmes pasos de las bomberas de Atizapán.

(Guadalupe Domínguez) (Publicada originalmente en…