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Palacio de Minería

 

 

Situado en el Centro Histórico de la Ciudad de México, el imponente edificio del Palacio de Minería se alza como una obra maestra del neoclasicismo. ¿Sabe cómo fue su construcción?

 

Pocos edificios pueden preciarse de ser un parteaguas y tener padres excepcionales. Menos aún, pueden presumir de que sus muros son un referente de su estilo arquitectónico. Modestia aparte, yo sí puedo. Por ello, con humildad les pido que me den unos minutos porque quiero contarles mi historia.

 

Mis muros marcan un antes y un después. Podemos decir que, de cierta forma, conmigo se cierra el periodo colonial e inicia el siglo XIX. Surgí gracias a la visión de un hombre extraordinario: Fausto Fermín Delhuyar, un gran ingeniero de minas. Tipo formidable, originario de Logroño, España, quien nada más y nada menos descubrió –junto con su hermano Juan José– el tungsteno (o wolframio). Fausto, que había realizado estudios sobre química y minería en diversas partes de Europa, fue nombrado en 1786 director general de minería de la Nueva España. Un cargo sin duda importante. Recuerden que durante la Colonia la minería fue la actividad económica que más se privilegiaba. La explicación es sencilla: cualquiera podía explotar una mina, pero tenía que darle la quinta parte a la Corona española (de ahí viene lo de “plata quintada” o que ya pagó su impuesto).

Pero no nos distraigamos más, volvamos la atención a Fausto Fermín, que a su llegada a la Nueva España fundó el Colegio de Minería, y poco después empezó a gestionar mi construcción. Me da una gran satisfacción poder decir que soy uno de los primeros edificios diseñados para la enseñanza en América Latina.

 

Fausto Fermín tenía claro lo que necesitaba: mis muros debían reflejar el beneficio que la ingeniería y la minería tenían para el país. Mi diseño tenía que ser práctico, funcional, pero elegante, sobrio, y que demostrara la importancia de la industria. Proyectar un edificio así no podía quedar en manos de cualquiera. Tenía que ser el mejor. Así que la tarea recayó en otro hombre extraordinario: Manuel Tolsá.

 

Corría el año de 1797. Manuel estaba en boca de todos por estar al frente de los trabajos para finalizar la Catedral Metropolitana. No había más que elogios para él. Así que mientras Tolsá ultimaba detalles, se demolieron las vecindades que se encontraban en donde hoy estoy. A pesar de tener tanto trabajo, Manuel me diseñó con cuidado, esmero y dedicación. Mis proporciones son armónicas. Mis muros son propios de un palacio. Me dotó de un patio espléndido y una singular escalera al fondo que ha sido inspiración para varios cuadros y grabados. Remató mi fachada con un frontón triangular y columnas dóricas (no por nada me llaman obra maestra del neoclasicismo, no sólo en mi país sino en todo el continente). Diversas voces autorizadas opinan que soy la obra maestra de Manuel Tolsá.

Fueron días felices. Entonces ignorábamos que pronto terminarían. Me inauguraron en 1813, el cura Miguel Hidalgo ya había declarado la Independencia y no se sabía a dónde iría a parar toda esta revuelta. Tolsá, mi creador, murió de forma repentina en 1816. Fausto Fermín se quedaría al frente del Palacio de Minería hasta 1821 al consumarse la Independencia, y luego regresó a España, donde siguió trabajando incansable hasta que falleció en 1833.

En un país independiente suceden muchas cosas. Este México naciente no sería la excepción. En el año de 1847, durante la intervención norteamericana, mis muros dieron refugio (no era algo que yo hubiera querido, créanme) a las infames tropas invasoras. Imagínense lo que sentí al verlas acampando en mi patio principal. Afortunadamente, los males no duran para siempre y se marcharon.

En 1867 además de albergar el Colegio de Minería, mis muros cobijaron a la Escuela Nacional de Ingenieros. En 1910 pasé a formar parte del patrimonio de la Universidad Nacional de México (entonces no era autónoma). El paso del tiempo hizo sus estragos, pero los ex alumnos de la Facultad de Ingeniería pusieron manos a la obra y en 1963 comenzaron los trabajos de restauración que terminarían 13 años después.

He recibido a huéspedes importantes para diversos actos: presidentes, príncipes, artistas. Pero mis huéspedes más famosos son extraterrestres: cuatro meteoritos –algunos de ellos se consideran entre los más grandes y pesados del planeta– que reposan en mi entrada para sorpresa de mis visitantes.