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Temblorina. Columna de Gabriel Zaid

Siempre está temblando. A todas horas y en todas partes. Las placas que forman la corteza terrestre avanzan varios centímetros por año y chocan una con otra o se deslizan una por debajo de otra o se fracturan, se forma una temblorina.

Esto provoca sacudidas por lo general imperceptibles. Hay unos 9,000 temblores diarios en el planeta, de los cuales 8,000 no alcanzan a mover la aguja de un sismómetro. Un millar la mueve, pero pocos se sienten. Dos o tres diarios causan daños menores como la caída de una barda en algún lugar. Unos cuantos al año son devastadores. La mayor parte ocurre en el Cinturón de Fuego del Océano Pacífico, donde está México.

Los temblores no son oscilatorios o trepidatorios. Todos producen sacudidas horizontales (oscilatorias) y verticales (trepidatorias), aunque en cada lugar y momento predominan unas u otras. El choque, la subducción o la fractura de las placas pueden durar segundos, pero las sacudidas llegan a durar varios minutos.

Un foco de 150 watts tiene 10 veces más potencia que uno de 15, y ambos alumbran más de cerca que de lejos. Una cosa es la potencia del foco y otra la intensidad de la luz que llega a un punto. Igual sucede con los temblores: una cosa es su potencia y otra su repercusión en algún lugar. El mismo temblor puede destruir todo en el lugar de origen y no sentirse a miles de kilómetros. Además, los daños varían según la calidad de las construcciones y el tipo de suelo.

Los chinos fueron los primeros en registrar los sismos hace unos 4,000 años. Milenios después, el poeta chino Zhan Eng (78-139) inventó un sismoscopio que indicaba de qué rumbo llegaban. El abad francés Jean de Hautefeuille (1647-1724) inventó el sismómetro. En 1902, el sacerdote italiano Giuseppe Mercalli inventó una clasificación de los temblores por su repercusión en un lugar. Va del grado I (imperceptible) al XII (destrucción total). En 1932, los sismólogos americanos Charles Richter y Beno Gutenberg inventaron una forma de calcular la potencia de un temblor, hoy llamada escala de Richter.

La Wikipedia (“Anexo: Terremotos en México”) da una lista de los más importantes desde 1475. Salta a la vista que la frecuencia (o el registro) va en aumento. Hubo dos en el siglo XV, dos en el XVI, ocho en el XVII, nueve en el XVIII, 13 en el XIX, 61 en el XX y 66 en lo que va del siglo XXI. El más dañino ha sido el de 1985. Causó 10,000 muertes, según la estimación oficial.

Los daños en la Ciudad de México se agravan porque está en una zona muy sísmica, porque el suelo es lacustre y porque el fondo de los antiguos lagos actúa como una especie de antena parabólica: amplifica las ondas sísmicas que recibe.

Para atenuar los daños, la ingeniería mexicana ha desarrollado normas de construcción cada vez más estrictas. Han mejorado la seguridad (de las construcciones nuevas) cuando se cumplen. Pero nunca faltan autoridades, constructores y propietarios irresponsables. Los desastres ponen de manifiesto irregularidades de todo tipo.

Manuel González Flores inventó en 1951 los pilotes de control que bajan hasta el sustrato firme y actúan como resortes que absorben las trepidaciones de un edificio. También permiten nivelarlo. Una variante de Leonardo Zeevaert sirvió para construir la Torre Latinoamericana de 44 pisos, indemne desde 1956.

Hay recomendaciones en muros de oficinas, tiendas y fábricas sobre qué hacer en caso de temblor. Nadie las lee. Tampoco se atienden los simulacros de alertas sísmicas. Hay que inventar soluciones para esta desatención. Quizá concursos escolares de memorización. O mensajes a los celulares, no sólo de aviso, sino también con recomendaciones básicas en pocas palabras. En Japón, según Monserrat Loyde, hay un programa permanente de formación de voluntarios para ayudar en casos de desastre.

Las instituciones hipotecarias obligan a sus deudores a pagar un seguro (a favor de la institución). Pocos son los propietarios de casas, departamentos y edificios que contratan un seguro por daños a su propiedad, y menos aún los que se cubren contra desastres naturales (aunque el costo adicional es bajo). Pueden perder lo que tienen (y hasta lo que no tienen, si los daños a su propiedad afectan a terceros).

El seguro obligatorio para todos los automóviles se ha extendido porque tiene muchas ventajas. También las tiene un seguro obligatorio para todas las construcciones. La manera más sencilla de imponerlo (a favor del propietario) sería por medio de un recargo al impuesto predial, como propone Cecilita Soto.