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Zócalo: el corazón de México

 

 

 

De acuerdo con la Real Academia Española, al cuerpo inferior de un edificio u obra, que sirve para elevar los basamentos a un mismo nivel, se le denomina “Zócalo”. En la sexta acepción del diccionario aparece: “Méx. Plaza principal de una ciudad, especialmente la del Distrito Federal.”

Si bien hoy ya es una voz popular nombrar de esta manera a la explanada principal del país y su uso se ha extendido a otras plazas centrales de la República Mexicana, recientemente el origen ha quedado al descubierto. Nombrada en honor a la Constitución de Cádiz promulgada en 1812 como Plaza de la Constitución, en 2017 está en remodelación. Los trabajos implicaron la sustitución del piso de concreto y la adecuación de la infraestructura peatonal para lo que se excavaron 50 centímetros, suficientes para desvelar el zócalo o base de lo que sería el monumento a la Independencia de don Lorenzo de la Hidalga, proyectado por Antonio López de Santa Anna, y cuya primera piedra se colocó el 16 de septiembre de 1843. Las continuas pugnas entre liberales y conservadores, así como la intervención norteamericana, imposibilitaron la concreción del proyecto y popularmente comenzó a ser llamado “Zócalo”.

Antes de la más reciente adecuación, el Instituto Nacional de Antropología e Historia de la Secretaría de Cultura, ya advertía el posible hallazgo. Los arqueólogos Alejandro Meraz, Gonzalo Díaz, Rubén Arroyo y Ricardo Castellanos declararon: “Resulta significativo que un elemento arquitectónico de estas dimensiones defina a una de las plazas más grandes del mundo [sólo superada por la Plaza Roja de Moscú]”. Y es que sí es gigantesca: ocho metros de diámetro x 28 centímetros de alto –que servirían para instalar una balaustrada–, rodeada por un patio circular de tres metros de ancho.

Todo cubre el islote original de la ciudad de México-Tenochtitlan. Lugar de encuentro y manifestación, de la época mesoamericana poco ha sobrevivido, como los vendedores que ofrecen sus mercancías a ciertas horas, tal como en los tianguis se mostraban los regios productos. De la era virreinal, no atestiguamos ya El Parián de 1695 que sobrevivió hasta 1790 cuando los mercaderes fueron reubicados en el Mercado del Volador (hoy Suprema Corte de Justicia), debido a la llegada del virrey Juan Vicente de Güemes, Conde de Revillagigedo, ante la proclamación un año antes de Carlos IV como rey de España.

En ese momento se dio una de las renovaciones más fuertes a la plaza al repavimentarla y nivelarla. De esos trabajos resultó el descubrimiento de los monolitos mexicas: la Piedra del Sol y la Coatlicue. Se sumaron 64 lámparas, 124 bancas de piedra y se delimitó el perímetro con postes de hierro unidos por una cadena. Se colocó la célebre efigie del rey de España quien monta un equino y modernizaba la ciudad.

El también recién restaurado Caballito de Manuel Tolsá fue inaugurado en diciembre de 1803. Sobrevivió a la Guerra de Independencia y aunque quería ser destruido, Lucas Alamán intervino para que en 1822, Guadalupe Victoria lo reubicara en el patio de la Real y Pontificia Universidad de México (en la actual Calle Maestro Erasmo Castellanos Quinto). En 1852 se trasladó al cruce del Paseo de la Reforma y Paseo de Bucareli. Con pocos metros de desplazamiento en la zona, el monarca permaneció ahí por más de un siglo.

La ampliación de la arteria, en las décadas de 1960 y 1970, hicieron que para 1979, El Caballito se llevara a la Plaza Manuel Tolsá y fuera “custodiado” por el Museo Nacional de Arte y el Palacio de Minería. La muy desafortunada intervención de 2013 con ácido nítrico al 30% dañó severamente la pátina original y con la gestión de Guillermo Tovar y de Teresa y su hermano don Rafael, primer secretario de Cultura de México, la obra se restauró entre 2016 y 2017 con una pintura especial que espera protegerla.

De vuelta al Zócalo, durante el gobierno liberal de Sebastián Lerdo de Tejada, se colocaron farolas, una caja acústica, fuentes y en 1875, el quiosco parisino. La estructura de 1957 es la que vimos hasta fines de la primavera de 2017 y tras el descubrimiento de nuestro “Zócalo”, los arqueólogos cubrirán la regia estructura con un geotextil, tepetate y relleno fluido al que se agregará concreto. Sólo podremos ver una placa que dé cuenta de un monumento a la Independencia coronado por una victoria alada, no es la columna porfiriana del arquitecto Antonio Rivas Mercado que hoy es símbolo de la Ciudad de México, sino un proyecto de Lorenzo de la Hidalga, que se evoca por la soberbia asta de la que ondea nuestro lábaro. Sobre capas de historia, el próximo septiembre, todos podremos caminar por un renovado corazón que late y clama por la unidad nacional.