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El Palacio de Buenavista: Palacio Encantado

 

Una construcción emblemática de la Ciudad de México que fue en su momento la residencia alterna del Castillo de Chapultepec.

 

Nidito de amor del mariscal de Francia, Aquiles Bazaine y de la famosa María Josefa de la Peña y Azcárate, “Pepita” en la calle; “La Mariscala” en los actos públicos, el Palacio de Buenavista era, durante el efímero imperio de Maximiliano, la sede alterna del fasto, después del Castillo de Chapultepec.

El propio emperador, padrino de bodas de los tórtolos, abría el baile en el esplendor de collares, turquesas, sedas, medallas, candiles franceses y copas de cristal cortado al susurro de la Corte por lo que calificaban de encuentro del otoño y la primavera.

El Mariscal tenía 64 años; La Mariscala, protegida del ex presidente Manuel Gómez Pedraza, cuya esposa era su tía, 17. El flechazo llegó en un paseo dominical de la Alameda, al acorde de la serenata de valses.

La casona, situada en la hoy calle de Puente de Alvarado 50, se la había regalado a la parejita el mismo emperador, al final de la ceremonia religiosa en la Capilla del Palacio Imperial, en atención a los servicios prestados por Bazaine a la Corona.

Sellado y lacrado, el sobre-sorpresa hablaba de que si algún día el matrimonio se cansara de vivir en el palacio de dos plantas con doble fachada, una hacia la calle y otra hacia la huerta, el Estado la reclamaría… previo pago de una indemnización de 100,000 pesos.

De nobles a liberales

En venganza, tal vez, por el oprobio, tras la caída del Imperio el presidente Benito Juárez le adjudicaría la casona, cuya fachada principal con remetimiento elíptico se inspiró en la Alhambra de Granada, al general José Rincón Gallardo, uno de los pilares de la derrota imperial.

Éste se la vendería a Agustín de Iturbe.

Para entonces el palacio que mandó edificar la condesa de Selva Nevada, María Josefa Rodríguez de Pinillos y Gómez, quien se la heredaría a su hijo, el conde de Buenavista, había pasado por una remodelación encargada al arquitecto Manuel Tolsá… y varios inquilinos.

De 1840 a 42, por ejemplo, la habitó el último conde de Regla, Manuel Romero de Terreros, quien llevó al extenso jardín su colección de animales raros que mantenía en su Hacienda de la Teja, convirtiendo el resto en museo con objetos curiosos que había coleccionado a lo largo de su vida.

Abandonada la construcción a la muerte del descendiente del fundador del Nacional Monte de Piedad, a ella llegaría, extravagante, dicharachero, Antonio López de Santa Anna… con su gallo favorito bautizado como “Pedrito”.

Dicen que de vez en vez se le hacía espacio al palenque.

Ahora que en la larga vida del Palacio de Buenavista llegaría también como efímera inquilina la marquesa Calderón de la Barca, esposa del primer embajador de España en México tras la independencia. Ahí se escribieron muchas de las páginas del famoso Diario de la dama llamada Francis Erskine Inglis.

Fábrica de cigarros

La biografía habla de una larga estancia en la construcción de la Fábrica de Cigarros que le dio nombre a la colonia Tabacalera, para luego ser Oficina de Correos, Museo Médico, sede de la Lotería Nacional y plantel de bachillerato, bajo el escudo de la preparatoria cuatro.

Remodelado el edificio en 1965, su espacio abrigaría al Museo San Carlos, que reúne el acervo maravilloso de la vieja Academia de San Carlos tanto en pintura como escultura.

El Museo Del Prado en México.

En los ecos están aún el golpeteo de las botas de los húsares, la risa coqueta de Pepita; el golpe de palo al suelo del general Santa Anna; el repiqueteo de números de los gritones de la lotería, y el busto de Carlota de Bélgica subiendo la escalera de mármol.

Camino de dos siglos.