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De pipa y guante: el Jockey Club

 

 

Este emblemático edificio del Centro Histórico de la Ciudad de México, el famoso Jockey Club,  recuerda la vida y costumbres de una época ya lejana.

 

Profanada la intimidad de pipa y guante a la irrupción desordenada, violenta, loca, de la tropa zapatista, el Jockey Club, la catedral de la elegancia, el santuario de la ostentación, vivió su página más negra de su ya larga vida el 24 de noviembre de 1914.

El “peladaje”, la peonada, rasgando de espuelas, lodo y huarache vil los pisos de mármol del club que cobijara por décadas lo más rancio de la aristocracia porfiriana. Dicen que el ministro de la Hacienda Pública, José Ives Limantour, entregaba personal y religiosamente un cheque mensual de subsidio.

Cañonazo de 3,000 pesos.

Asentado en el viejo Palacio de los Azulejos que presumiera el esplendor de los condes del Valle de Orizaba, el Jockey Club tenía su sala de armas para practicar la esgrima; su salón fumador con ceniceros de plata para habanos; su salón de convenciones; su salón de lectura, donde reinaba, infalible, imprescindible, El Imparcial.

El ocio lo llenaban con creces el salón de boliche y el de juegos.

Y vaya que se jugaba fuerte.

En una noche un joven llamado Ignacio Torres Adalid perdió 100,000 pesos oro, dos casas de campo en Tacubaya, una en la incipiente Colonia Juárez… y la Hacienda de Ometusco.

Millón y medio de aquellos pesos.

La lección lo retiró del rito a Birjám.

 

Palacio de la elegancia

Al Jockey Club de la calle de Madero, al costado oriente de la legendaria Plaza de Guardiola, donde el emperador Maximiliano colocara una estatua del generalísimo José María Morelos y Pavón para el escándalo conservador, llegaban, solemnes, fríos, ásperos, el suegro de don Porfirio, Manuel Romero de Terreros, al que la lambisconería volvería director general del exclusivísimo recinto; Pablo Escandón; Thomas Braniff, cuya casa en la Colonia Juárez se le vendiera el yerno del Presidente, Ignacio de la Torre y Mier; Luis de Erazo…

Los banquetes de comida francesa se regaban con botellas de vino de Burdeos, Borgoña, y el Rhin, en tanto que la champaña tenía etiquetas de Rodever y Veuve Cliequet. La viuda, pues.

Los días de función de gala en el gran Teatro Nacional, ubicado en la calle de Vergara, hoy Bolívar, a unas cuadras de la sede del palacio de la elegancia, llegaban por sus maridos las damas más encopetadas de la ciudad.

El espectáculo llenaba a doble fila la calle de San Francisco: tibores, cupés, landés, victorias, duquesas, berlinas… cuyos cocheros parecían bañados en almidón.

Los sombreros de flores peleaban el trofeo a la extravagancia, al tintineo de las pulseras, el repique de los faldones y el crujir de sedas y crinolinas.

Desfile de modas gratis para los curiosos que hacían fila. Doña Catalina Correa de Escandón, doña Paz Romero de Terreros de Rincón, doña Lorenza R. de Braniff, doña María Cañas de Limantour, doña Isabel Pesado de Mier…

 

Nevería y farmacia

A la muerte del Jockey Club llegó el Palacio de los Azulejos con la presencia de los hermanos Sanborn para instalar una farmacia estilo Estados Unidos, como la existente en el Hotel Regis, con nevería anexa.

La ruta se abrió hacia clientes habituales como el grupo de los Contemporáneos de Salvador Novo, Gilberto Owen, Jaime Torres Bodet, Xavier Villaurrutia y la presencia de pintores y muralistas para su mayor esplendor.

Se acabó el Jockey Club. Se acabó el viejo México de cubiertos de plata y platos de porcelana.