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Castillo de Peles: palacio de cuento de hadas

 

Esta asombrosa construcción rumana ubicada en el pequeño pueblo de Sinaia, el Castillo de Peles, no envidia nada a los escenarios de ficción. Conozca su historia.

 

 

Mi historia comienza con una visita real. En 1866 el rey Carol (Carlos) I de Rumania visitó el pequeño pueblo de Sinaia. El verde de los Cárpatos, sus sinuosas curvas, lo sedujeron. Se enamoró del lugar y de inmediato mandó construir un palacio que parece sacado de un cuento de hadas. Éste soy yo: el Castillo de Peles, en Rumania.

El sueño de Carol tardaría muchos años en volverse una realidad. Compraron el terreno para construirme, se hicieron planos. Se buscaron arquitectos. No se escatimó en nada. Me diseñaron con un estilo neo-renacentista, con 160 habitaciones con todas las comodidades y lujos que se podían soñar a finales del siglo XIX. De hecho, fui el primer castillo de Europa en tener un elevador y luz eléctrica, que abastecía una planta cercana.

Los reyes contrataron a los arquitectos Johannes Schultz, Carol Benesch y Karel Liman para diseñarme. Más de 300 hombres empezaron a trabajar en 1875 para preparar el terreno y levantar mis muros. La decoración corrió a cargo de J.D. Heymann de Hamburgo, August Bembé de Mainz y Bernhard Ludwig de Viena. Originarios de Viena, construyeron un teatro cuyas paredes fueron decoradas por los artistas Gustav Klimt y Franz von Matsch. Aquí entre mis muros se proyectó la primera película en Rumania.

Mis puertas se abrieron oficialmente el 7 de octubre de 1883 para un baile real. Los invitados lanzaban suspiros de admiración al ver que cada una de mis habitaciones tenía su propio tema. Misterios del oriente conviven con el refinamiento europeo. Muebles de nogal llegaron desde la lejana India como un regalo del Marajá de Kapurtala. Mármol de Italia. Maderas preciosas. Suntuosas sedas. Influencias de todas partes del mundo confluyen entre mis muros. ¿Cómo podría ser de otro modo? Finalmente, soy el reflejo de dos personalidades muy distintas: el rey Carol y su esposa la reina Isabel de Weis.

Carol tuvo siempre el corazón de un soldado. Su disciplina y conocimientos fueron claves para fortalecer al ejército rumano, el que dirigió personalmente. Isabel, por su parte, tenía el alma de una artista. Amaba el arte, la literatura y la música. La recuerdo sentada, en el salón dorado y rojo, o sentada en unas de las tumbonas, que mirando por la ventana. La belleza del paisaje llenaba su espíritu y ella la transformaba en poemas que publicaba con el pseudónimo de Carmen Silva. Los poemas y los delicados adornos de Isabel conviven entre mis muros con la colección de armas del rey Carol: más de 4,000 piezas de Europa y Asia de los siglos XIV al XVII se exhiben en mi salón de armas. Una de las más impresionantes del mundo.

Me construyeron como una residencia de verano. Mis paredes albergaban a los reyes de mayo a noviembre. En esas temporadas siempre teníamos visitantes importantes. El emperador austro-húngaro Francisco José fue uno de ellos. Recorría mis habitaciones con un gesto complacido diciendo: “Magnífico, magnifico”. El esposo de Isabel de Baviera o Sissi, estaba evidentemente impresionado por mí. Las reuniones políticas de alto nivel eran comunes entre mis muros.

Sin embargo, el acontecimiento que me ha marcado más, fue el nacimiento de Carlos II, el primer rey de Rumania que nació en este país y también el primero en ser bautizado por la religión ortodoxa, todo sucedió entre mis muros.

La primera mitad del siglo XX transcurrió tranquilamente, pero tras la abdicación del rey Miguel I en 1947, todo cambió. Llegaron los comunistas. En 1948 dejé de ser residencia real y me convertí en un museo. Pero sólo de nombre, ya que no abrí mis puertas al público hasta 1989.

En 2007 volví legalmente a manos de la familia real de Rumania. Mis legítimos dueños me cedieron al país. Desde entonces, casi medio millón de visitantes provenientes de todo el mundo pasean entre mis muros cada año. Se enamoran del paisaje, tal y como hicieron el rey Carol e Isabel. Suspiran con admiración del mismo modo que lo hizo el emperador Francisco José hace ya tantos años…Hay cosas que no cambian.