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En Magdalena Teitipac se construyen sueños

En este poblado oaxaqueño de pobreza extrema los niños ejercen sus derechos y desarrollan su potencial gracias a ChildFund México, una organización internacional, encargada de la protección a la infancia, que no les regala pescados sino que los enseña a pescar.

 

En el colorido tapete de foamie las mamás, con largas trenzas y vestimenta tradicional (huipil, falda larga, rebozo y mandil), se despojan de su calzado para interactuar durante 60 minutos con sus hijos y proporcionarles estimulación temprana, seguridad y afecto a través de canciones y juegos. Dentro del salón destacan dos jóvenes padres que, rompiendo el molde de una sociedad machista, juegan con sus retoños al ritmo de Pin Pon es un muñeco.

Una hora después el local recibe a una treintena de niños de seis a 12 años, que entre juegos, adivinanzas y canciones aprenden sobre sus derechos y obligaciones, también desarrollan actividades para su vida cotidiana como pensamiento lógico-matemático, lectoescritura, habilidades de creación literaria y otras destrezas.

Ambas escenas parecerían las habituales de una ludoteca, un gymboree, el aula de desarrollo de habilidades de una escuela especial o el centro de atención escolar de cualquier ciudad media del país. Pero no. Se trata de un salón en el poblado de Magdalena Teitipac, Oaxaca, ubicado por Sedesol como uno de los siete municipios de más alta marginación del país y considerado dentro de los sitios de mayor rezago educativo (60.7%), según Coneval. Súmele también otros indicadores negativos en seguridad social, servicios básicos de vivienda y acceso a la alimentación.

No es poca cosa, que en ambas sesiones, los facilitadores consigan que niños y papás se olviden del entorno cotidiano de esta comunidad zapoteca de los valles centrales (a sólo 45 kilómetros de la capital) y trasciendan su realidad más allá de la pobreza en la que viven sus 4,368 habitantes.

¿A qué se debe esta magia? A una organización conocida como ChildFund con presencia en más de 30 países y que influye para bien en la vida de más de 18.2 millones de personas. Su objetivo, explica Paloma González Paredes, oficial de Comunicación de ChildFund México, es “que los niños vivan libres de violencia, ejerzan sus derechos y alcancen su máximo potencial”.

ChildFund nació en 1938 a raíz de la guerra entre Japón y China. El sacerdote J. Calvitt Clarke solicitó apoyo en Estados Unidos para aquellos niños chinos que por el conflicto bélico habían quedado desamparados. Su lema es “Transformando vidas”.

Gracias a la donación y el apoyo mensual de padrinos y madrinas es posible echar a andar programas en beneficio de las comunidades. En el caso mexicano sólo un pequeño “prietito en el arroz”, 80% de los donantes son extranjeros y el resto, mexicanos.

ChildFundMéxico tiene más de 44 años operando y cuenta con presencia en 350 comunidades donde se concentra el 50% de la pobreza del país, repartida en siete estados: Chiapas, Hidalgo, Michoacán, Puebla, Veracruz, Estado de México y Oaxaca, donde colaboran con 72 comunidades de la Mixteca y de la capital.

 

El pueblo de las bocinas

En el recorrido que Contenido realizó por Magdalena Teitipac (“encima de las piedras” en zapoteco) pudimos constatar físicamente las cifras oficiales: carencia de drenaje, falta de agua potable, calles sin pavimentar, pocas oportunidades laborales, media docena de escuelas (ninguna de nivel medio superior), viviendas sin piso firme, la mitad de las casas no cuenta con refrigerador ni lavadora, y según datos de Sedesol, más de 90% de los habitantes sufre de carencia por acceso a los servicios básicos de vivienda. También es cierto que apreciamos el aire limpio, los bucólicos lomeríos, el límpido cielo azul, las sencillas construcciones, la casi ausencia de vehículos, lavadoras y computadoras en la mayoría de los hogares y una límpida mirada en niños y tutores.

Hace un par de décadas la telefonía fija entró a los hogares, anteriormente sólo había una caseta telefónica donde se recibían llamadas para todos los habitantes, refiere Rodolfo Martínez Ignacio, de 43 años de edad y presidente del Comité de Organización de Niños de Magdalena Teitipac. Si bien ahora ya cuentan con teléfonos fijos en algunos hogares y celulares, todavía la mejor forma de comunicarse en el pueblo no es a través de la radio sino de un aparato de sonido que con sus potentes bocinas se extiende por el caserío. Durante el día la música –donde no falta la canción Dios nunca muere, del músico oaxaqueño Macedonio Alcalá– es interrumpida por avisos comunitarios de interés, felicitaciones y tímidos saludos de algún enamorado.

A propósito de comunicación las clases de cómputo que se imparten en los talleres son muy apreciadas por los lugareños que se muestran muy satisfechos cuando sus hijos pueden elaborar un anuncio, planear un presupuesto, imprimir algún volante o interactuar con las computadoras y más todavía, conectarse a internet algo a lo que ellos no tienen acceso cotidianamente.

Los jóvenes del lugar, al terminar la telesecundaria deben plantearse seriamente emigrar a estudiar en otros lugares, porque no hay preparatoria en el pueblo, lo cual implica un gran gasto familiar. La mayoría planea irse a Monterrey, donde tradicionalmente los jóvenes del lugar se emplean como meseros y las muchachas también como empleadas domésticas y sólo retornan al lugar para casarse. Con los cursos y los proyectos que desarrollan se ha conseguido que el embarazo juvenil disminuya y que se rompan con las tradiciones y sus perspectivas mejoren.

Un rasgo distintivo y determinante de Magdalena Teitipac es la silenciosa pero omnipresente fuerza de las mujeres, la cual se ha convertido en el puntal de la economía. Un ejemplo es Amelia, una joven mujer de 33 años y madre de cuatro hijos que como la generalidad de sus congéneres, acude en la madrugada al molino para moler el nixtamal (maíz cocido) y con la masa resultante se pone a echar las tradicionales tlayudas (tortillas correosas de maíz, de más de 40 centímetros de diámetro) para su venta en el pueblo. Algunas señoras van a la capital a comercializarlas directamente al mercado, las más intrépidas las exportan al sureste, concretamente a Cancún.

Durante el día Amelia no se despega mucho del brasero ni de su máquina de aplanar masa, se da breves “descansos” para preparar el desayuno, la comida de sus hijos e ir a recogerlos, y por las tardes apoya en algunas gestiones y trámites de la organización. Ella considera que uno de los aspectos donde más se debe trabajar es en el reconocimiento de las mujeres, las cuales jugaron papel decisivo durante un conflicto que los campesinos tuvieron con una empresa minera. Desde entonces ellas tienen voz y voto en la comunidad. Amelia sufre ante la ausencia de su esposo, que emigró a Estados Unidos para buscar mejores ingresos; sin embargo, intenta educar a sus hijos con el mismo rasero de igualdad para que sus hijas no pasen por las penurias por las que ella transitó.

Los cursos

EV 1 (0 a 5 años)

Desarrollo infantil temprano y crianza positiva

EV 2 (6 a 12 años)

Desarrollo de habilidades

EV· (13 a 18 años)

Liderazgo juvenil

Fuente: ChildFund México

Enseñando a pescar

¿Cómo se realiza la selección de una comunidad? Se identifican las condiciones de carencia, exclusión y vulnerabilidad y se hace un diagnóstico desde la mirada de los niños, se detectan sus principales problemas y sus áreas de oportunidad, se adaptan los programas a este entorno y entonces se involucra a los adultos, explica Paloma Paredes. Los índices de Magdalena Teitipac influyeron para ser escogida por ChildFund México para establecer una oficina local que impulsara a los pequeños a romper con el círculo de pobreza.

Oralia López Blas, gerente de la Asociación Niños de Magdalena Teitipac que funge como socio local de ChildFund, pondera que se trabaja por etapas de vida, de acuerdo con las edades e intereses de los niños y jóvenes y se muestra orgullosa de cómo han cambiado los alumnos después de los talleres: “se vuelven más expresivos, sociables, fuertes, menos tímidos, ya no se cohíben porque desarrollan muchas habilidades de comunicación, realizan trabajo en equipo, desarrollan proyectos, investigan, dibujan, salen al campo, realizan entrevistas, además de que también se involucra a los papás y se abre un espacio donde se rompe el hielo que hay entre adultos y niños”.

Conscientes de que no basta con regalar el pescado, sino enseñar a pescar, los miembros de la fundación saben que parte del éxito depende de la vigilancia de los recursos, la capacitación, y la evaluación de los resultados. Por ello monitorean constantemente el proceso, además de brindar una certeza a los padrinos de que los programas se realizan y queden seguros de que apoyan una causa legítima.

“Con los niños conseguimos hacer ejercicios valiosos para que cuenten sus problemas (de carencias en el municipio, de bullying en la escuela, de violencia en la comunidad); les pasamos el micrófono, no les damos voz, porque ya la tienen, pero les damos un amplificador para que puedan decir lo que sienten y piensan”, dice la entusiasta Paloma Paredes.

 

Los padrinos

Son personas que apoyan económicamente a los niños. El dinero se va a un fondo común que beneficia a todos los infantes de la comunidad. Siguiendo una estricta vigilancia y un código de conducta es posible que ahijados y padrinos se escriban cartas, se puedan llamar, siempre bajo vigilancia de la fundación y con autorización de los padres. Algunos prefieren conservar el anonimato y seguir a la distancia los avances de sus protegidos.

 

 

Rompiendo el círculo

Los alumnos que acuden a la organización, como la conocen en el pueblo, han conseguido trascender su ciclo de pobreza. Entre ellos destaca Elizabeth, que hubo de abandonar la escuela tras la muerte de su madre, para hacerse cargo de sus hermanos e iniciar una nueva vida, aprendió a cocinar y manejar un hogar. Hoy, con el apoyo de su abuelo y la organización, consiguió una máquina de coser donde aprende corte y confección y diseña prendas, participa en un huerto de hortalizas. A sus 15 años de edad, tiene como sueño convertirse en reportera o conductora de televisión para producir un programa donde brinde consejos sobre el manejo adecuado de hortalizas.

Otra que ha visto cumplirse sus sueños es la pequeña María Isabel, quien nació con un defecto congénito en los pies y gracias a las gestiones de la fundación, así como la ayuda de sus abuelos, ha superado este mal y se prepara para cumplir otra ilusión, convertirse en médica. Entretanto acude a las clases de destreza y maduración. Los sueños de Amelia son más sensatos, sueña con que su esposo regrese, y que sus hijos tengan un lugar adecuado para vivir.

Pedro, un joven padre, no duda en apoyar a su esposa llevando a su hijo de tres años a las clases de maduración, aunque algunos lo vean como algo atípico o no tan propio de los varones quienes se encargan más de las labores del campo y no tanto del hogar, él anhela que su vástago llegue mejor preparado al kínder.

Trabajar de manera transversal y con base en problemas reales y cotidianos, dicen los entrevistados, prepara a los niños y es más probable que los chicos rompan con este círculo de pobreza extrema. Oralia López señala que le resulta gratificante la participación de los padres en las reuniones o en la difusión de su labor con los demás miembros de la comunidad “de boca en boca”; pero lo que más la entusiasma es “motivar a los niños para que puedan seguir estudiando y cumplir un proyecto de vida.

Rodolfo Martínez Ignacio, de 43 años de edad, que sólo terminó la primaria, padre de tres hijos y presidente del Comité de la Organización de Niños de Magdalena Teitipac, es mucho más pragmático: “Quisiera que los niños de mi comunidad tengan un futuro mejor que el que yo tuve y que aprendan muchas más cosas de las que aprendimos”

 

¿Cómo ayudar?

Si desea convertirse en padrino y ayudar a transformar una vida existen diversas opciones para donar, incluso para empresas. Para mayores informes ingrese a www.childfundmexico.org.mx

 

(Alberto Círigo)