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El cadáver de Maximiliano

La muerte de Maximiliano es un episodio que puede reconstruirse gracias a un documento que se conserva en el Centro de Estudios de Historia de México Carso. Adéntrese en esta fascinante historia.

Por Manuel Ramos Medina

Este año recordamos el fusilamiento de Maximiliano de Habsburgo (19 de junio de 1867 en la ciudad de Querétaro), emperador de México de 1864 a 1867. Para los liberales no existió el imperio porque Benito Juárez no dejó la presidencia de la República. Para los conservadores, fue un gobierno monárquico, que lejos de ser efímero se continuó por más de tres años. Discusión aún acalorada entre los medios académicos y estudiosos del tema.

Sobre el tema se ha escrito una cascada de libros tomando partido por uno u otro bando. Es un renglón de la historia de nuestro país del que más se han publicado libros en México y el extranjero.[1] El triunfo de la República dejó en claro que jamás se permitiría una nueva intervención extranjera; con ello la soberanía y libertad de México.

Más allá de este episodio quiero compartir uno de los documentos más apasionantes y desgarradores sobre la muerte de Maximiliano que se conservan en el Centro de Estudios de Historia de México Carso. Se trata del fondo 806 que lleva por título Los harapos del imperio y que da cuenta de lo que sucedió con el cadáver del emperador después del fusilamiento.

El descanso final del cadáver de Maximiliano en Viena hubo de retardarse por más de siete meses para reposar definitivamente en la cripta imperial de Viena. Debía ser embalsamado para que el gobierno de México lo entregara a Austria. Según el telegrama recibido en Querétaro por órdenes del presidente Juárez, se le solicitaba al general Mariano Escobedo “oportunamente mandará usted hacer cajas de zinc y madera para resguardar de un modo conveniente el cadáver de Maximiliano y que se hagan los actos religiosos acostumbrados”.[2]

Los restos de Maximiliano fueron entregados por el Coronel Palacio, jefe del cuerpo que lo custodió para su embalsamamiento. Fue de inmediato transportado del Cerro de las Campanas a la ciudad de Querétaro, al antiguo convento de las Capuchinas, para que se realizara la preparación. El doctor Vicente Licea, médico respetado por sus conocimientos y su filiación política, afirmó que “sólo él, ayudado del comandante de batallón D´Orbcastel, fue quien llevó a cabo el embalsamamiento del cadáver del archiduque sin que tomara parte el doctor Ignacio Rivadeneyra que se atribuye esa operación”.

La ciudad de Querétaro después de la ocupación de las tropas republicanas quedó devastada. La gente no se atrevía a salir a las calles, no había alimentos suficientes y los habitantes padecían grandes calamidades. Las boticas no se daban a vasto y por tanto no se conseguían medicamentos ni remedios. El doctor Licea gracias a sus relaciones pudo conseguir algunas sustancias indispensables para una operación de este tipo.[3]

El cadáver se empezó a preparar la mañana del 19 de junio: “inmediatamente y antes de que se alterasen las facciones, les unté dulce y procedí de mi propio pecunio a sacar en yeso la mascarilla del rostro”. Que al preparar la operación de inyección… fue tanta la concurrencia de curiosos que hubo, que no sólo no pudo evitar [el doctor Licea] el que se extrajeran algunas cosas del archiduque sino que también se extraviaron algunos de sus instrumentos y ni a quien poderle reclamar”. Que el cadáver arrojó mucha sangre la que resguardó en unas botellitas, pero que también la tuvo que arrojar al caño por el exceso del líquido.

El sistema que siguió el doctor Licea para el embalsamamiento fue el mismo que se le realizó al cadáver de Luis XVIII de Francia: colgarlo para su desecación, el uso de bicloruro de mercurio que fue vigilado por los profesores extranjeros que vigilaban el proceso.

Los ojos fácilmente corruptibles fueron reemplazados por ojos de esmalte de gota “que tomé de mi caja de instrumentos”. Sin embargo, popularmente se asegura que fueron tomados de la estatua de madera de Santa Úrsula que se encontraba en el templo de las capuchinas. Barnizó el cuerpo tres veces “con un excelente barniz egipcio”, que se debió a la generosidad del doctor Basch. Fue vendado todo el cuerpo desde la extremidades de los dedos a todos los miembros, cuello y todo el tronco. Se untó una capa de dextrina y luego se llevó a cabo un segundo vendaje general y otra capa de dextrina. Y por úlitmo un tercer vendaje fijando las últimas vendas con suturas. El proceso de embalsamamiento duró ocho días.

Una vez concluido el proceso se vistió al cadáver con un pantalón y chaqueta, botas, guantes blancos que según afirmó el doctor Licea eran de su propiedad, y nuevos, por lo que afirmó tiempos después que no se la pagó ni un centavo.

Posteriormente los cadáveres de Maximiliano, Miramón y Mejía fueron expuestos en el templo de Santa Teresa de la ciudad de Querétaro con el fin de que el pueblo los viera y rezara por su descanso eterno. Para el caso del archiduque, según las Memorias de Concepción Lombardo de Miramón, viuda del General Miramón, en el ataúd de Maximiliano se colocó un cristal que dejaba ver el rostro, sin abrir la caja, pero se rompió el vidrio y entonces fue colocado otro que el gobernador de Querétaro “mandó arrancar de un nicho de una imagen del templo de Santa Clara”.[4]

¿Qué sucedió después con el cadáver del archiduque? Eso lo veremos en el próximo artículo.

Para leer más y anticiparse: Manuel Ramos Medina, “Crónica de un cadáver: Maximiliano de Austria”, en La definición del Estado mexicano. 1857-1867, de Patricia Galeana, et alii, México, 1999, pp. 97-111.

[1] Sirva como ejemplo la donación que hizo al Centro de Estudios la maestra Bertha Flores quien coleccionó una biblioteca de más de 600 libros sobre el Segundo Imperio.

[2] CEHM fondo 806, documento 70. El presidente da órdenes… 18 de junio de 1867.

[3] Ibídem, doc. 75.

[4] CEHM fondo 806, legajo 1.