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Ciencia a favor de las personas. Esclavos y amos de la técnica

Los empresarios tienen que reconsiderar sus estrategias de negocio.

 

Por Luis Hernández Martínez

Quiero dejar algo muy claro: soy partidario de la ciencia, la investigación, el desarrollo y la innovación… pero al servicio de la humanidad. Creo en el humanismo. En las conferencias y asuntos que participo siempre menciono que el ser humano es fin, no medio (aunque luego de decirlo, a veces, sólo recibo abucheos, caras y gestos).

Creo con firmeza que la ciencia ajena a las consideraciones éticas terminará con la humanidad; seremos esclavos de la técnica, piezas eliminadas por un algoritmo. Y no necesito ser Nostradamus para lanzar la profecía siguiente:

Si los altos ejecutivos (ojo: que en la mayoría de los casos no son socios y/o accionistas de las empresas) insisten en su estrategia de reducción de personal luego de una “compleja implementación de un nuevo sistema” o la “automatización de varios procesos de producción”, entonces les recuerdo que los robots, inteligencia artificial y/o algoritmos no consumen lo que los humanos sí.

¿No quedó claro? Que son las personas quienes compran, adquieren y/o forman parte de la cadena económica que, en sus momentos más descontrolados, golpea con fuerza y abre paso a la bestia del consumismo.

¿Siguen sin entender? ¡No permitamos que los directivos disparen al pie de las empresas! Si corren a la gente y la condenan al desempleo, sin ingresos, sólo incrementarán los indicadores de riesgo de las compañías: financieros, sociales, reputacionales…

Hoy como nunca antes necesitamos que la Alta Dirección esté a la altura de una realidad que no necesita de sofismas, falsas noticias ni de alimentar la gula de la post-verdad. Necesitamos personas que dirijan negocios con prudencia, justicia, templanza y fortaleza.

Urge gente capaz de renunciar al subjetivismo, egoísmo y relativismo. Que tenga el poder creativo de ofrecer y construir propósitos de bienestar social para los demás.

Fanáticos de las sombras

Y más ahora que todo es subjetivamente válido. Hoy vivimos en la era de la exageración, la tergiversación, la invasión descarada de mentiras (disfrazadas de rumores y medias verdades). Hoy la mayoría de las personas (jefes de docencia, administrativos universitarios, funcionarios públicos, directivos, empresarios…) expande su idea de las cosas, pero con el velo perverso e inmoral de la doble intención.

Sólo esparcen a conveniencia una historia parcial sin cuestionar el método que generó los datos ni la fuente de la que proviene. Y así, sin ética (sin moral), transmiten su vaga y atrofiada idea de lo ocurrido.

En la actualidad todo es negociable, dicen: “¿No te gusta la verdad? ¿No? Entonces tengo otra que puede armarse con estos hechos alternativos”. La reputación de las personas y más la que resulta intimidante e incómoda a los mediocres y/o corruptos, es el blanco móvil a destruir, de una u otra forma.

No importa la herramienta para golpear. Para el cobarde cualquiera es buena. Ataca con dardos y balas de todo tipo: “radio pasillo”, comentarios en la oscuridad de una reunión informal, escondido en el anonimato, protegido por su puesto y/o cargo… El cobarde usa de todo, menos la verdad.

¿Por qué funciona tan mezquina actividad? Porque desinforma. La desinformación busca emparejarlo todo. Su propósito es enturbiar, dividir, sembrar la duda.

Pero de todo lo anterior algo debe quedar muy claro: recopilar y analizar datos (para certificaciones, elecciones y/o toma de decisiones cualesquiera) no es lo mismo que escuchar y entender qué pasa en las organizaciones, en el país.

Otra cosa importante: ¿eres el Director General, Rector, Secretario de Estado, Presidente […] de una institución? Bien. Cuídate de los feudos, de sus feudales. De los mentirosos; de los conflictos de interés. Primera llamada.