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Manuel Bartlett y la caída del sistema

 

En nuestro reportaje  Bartlett de Carne y Hueso, publicado originalmente en abril de 1998, dábamos cuenta del perfil del entonces gobernador de Puebla, Manuel Bartlett. Entre otras cosas detallábamos que se trataba de  un político priista de antaño que invocaba el “nacionalismo” y la “revolución” como supremas justificaciones, consideraba al partido oficial como único ducto para canalizar las inquietudes de los mexicanos y sostenía, con absoluta seriedad, que quienes discrepan del PRI, traicionan a México.

Manuel Bartlett jura que no nació “duro”, sino que la azarosa carrera política que le tocó vivir lo forzó a endurecerse por fuera, en la superficie, más no por dentro, en el espíritu. Admirador de Gustavo Díaz Ordaz, “porque nunca le temblaba la mano”, Bartlett ha sido comparado con otro expresidente, Luis Echeverría, por algunos rasgos físicos y la forma de actuar poco previsible, pero siempre decisiva; característica que, sumada a su carácter implacable, constituyen una mezcla detonante. Pocas veces deja traslucir Bartlett lo que realmente piensa o siente y, para mantener al interlocutor a distancia, inseguro, cultiva un trato frío, extremadamente formal y hasta solemne, Con los íntimos, sin embargo, “es bromista y ocurrente”, juran sus allegados.

Apasionado del tenis y de los platillos muy condimentados. Bartlett rechaza el calificativo de “autoritario”: dice que a lo largo de su vida le ha tocado desempeñar tareas que requieren de un carácter enérgico y un actuar sin vacilaciones, aun a riesgo de equivocarse; y que él siempre se vio obligado a adoptar el papel de “duro”, no por gusto, sino por las circunstancias.

Sin embargo, se han documentado casos en que Bartlett actuó con rudeza por gusto o conveniencia personal, no por razones de Estado: en 1984 envió al temible director Federal de Seguridad, José Antonio Zorrilla, a impedir con violentas amenazas que el periodista Julio Scherer, director del semanario Proceso, divulgara un escandalete familiar (unos sobrinos del secretario de Gobernación) habían huido a Venezuela, a incorporarse a una secta de fanáticos religioso, y el tío los había repatriado a fuerzas.

La caída del sistema

Como en aquel tiempo el secretario de Gobernación presidía la Comisión Federal Electoral, Manuel Bartlett quedó como responsable de la elección presidencial de 1988. La CFE había invertido 17 millones de dólares en adquirir aquella batería de computadoras cuyos monitores podría ver cualquier persona y en los cuales, en teoría, aparecerían, pocas horas después de la elección, las cifras introducidas al sistema.

En los hechos, las horas pasaron sin que se revelaran resultados. Las primeras cifras recibidas concedían una ventaja arrolladora al candidato del Frente Democrático Nacional (FDN), Cuauhtémoc Cárdenas. Los estrategas gubernamentales esperaban que la votación se emparejarían a medida que llegaran los resultados de bastiones priistas como Oaxaca, Zacatecas o Chiapas, auqnue para evitar mayores sorpresas Bartlett Díaz, recibió (o arrancó del presidente: nunca se sabrá) la orden de desconectar las computadoras y demorar indefinidamente la divulgación de resultados. En público, el subsecretario de Gobernación, Fernando Elías Calles, se limitó a pronunciar una frase que se volvería célebre, tal vez premonitoria: “Se cayó el sistema”.

Manuel Bartlett escribió tiempo después el ensayo Elecciones a debate, 1988. Precisiones en torno a la legalidad, organización y funcionamiento del procedimiento oficial de resultados, en el que atribuye a razones técnicas las fallas del sistema y niega que haya sido cerrado intencionalmente.

Algunos analistas especularon después que, tal vez, el secretario de Gobernación y su equipo sí habían previsto que los primeros resultados en llegar al sistema serían los de zonas urbanas proclives a Cárdenas y que intencionalmente no implementaron medidas para agilizar la llegada de datos de los remotos bastiones priistas, para provocar la necesidad de desconectar las computadoras y empañar para siempre el ya de por sí menguado triunfo de Carlos Salinas de Gortari: a fin de cuentas, Bartlett y el candidato habían sido adversarios y el poblano no tenía fama de perdonador.

Cierta o no aquella versión, Bartlett inició el sexenio salinista como secretario de Educación.

(Para más información Contenido 418, abril de1998)

 

(Por Pedro Baca)

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