jueves , noviembre 23 2017
facebook@ twitter@ instagram@ youtube@

Te puede interesar

Lo último en los quirófanos: cirugía a control remoto

Matilde Montoya, la primera médica en México

Los 5 terremotos más devastadores en Latinoamérica

Inicio / La Historia en Contenido / Moscas panteoneras para sanar heridas

Moscas panteoneras para sanar heridas

 

 

Descartada hace más de medio siglo por anacrónica y repulsiva, hoy la vieja técnica, conocida como  larvoterapia, es retomada para curar con éxito heridas que ni los mejores antibióticos logran sanar.

Foto: Wikimedia Commons

 

A mediados de 2001 el dermatólogo defeño José Contreras Ruiz  aceptó encargarse de Juan Morales, un paciente treintañero con úlceras varicosas persistentes en la pierna derecha.Asustado porque en varios hospitales le aseguraron que la única solución era amputar, Morales no vaciló en aceptar un tratamiento que para los médicos más avisados era obsoleto desde hacía décadas y para la mayoría de plano desconocido: la terapia con larvas de la mosca Lucilia sericata, conocida en México como panteonera.

A los pocos días de iniciada la cura el tejido necrosado había sido devorado por las larvas —del largo de un grano de arroz y un milímetro de diámetro— y las bacterias que infectaban las úlceras desaparecieron merced a dos potentes antimicrobianos segregados por los gusanitos: ácido fenilacético y fenilacetaldehído. Luego, ya retiradas las larvas (engrosaron hasta 1 centímetro de diámetro), las llagas cicatrizaron en cuestión de semanas y el afortunado Morales pudo conservar la pierna.

Nadie sabe con exactitud cuándo comenzaron a emplearse larvas de mosca para tratar heridas, pero el primero en aplicarlas a gran escala fue el cirujano francés Jean Dominque Larrey, que en plena campaña napoleónica en Austria, en junio de 1809, trató con ellas a más de 2,000 caídos en la batalla de Wagram. Los soldados sanaron con rapidez suficiente para reincorporarse a filas, lo que valió al galeno el título de barón.

Músculos perforados

A principios de los 20 del siglo pasado el uso de los gusanitos se extendió en Estados Unidos, luego de que el ortopedista William de Baer comenzara a utilizarlos en la clínica de la escuela de medicina de la Universidad Johns Hopkins. En las siguientes dos décadas su empleo fue corriente en unos 300 hospitales de ese país, hasta que la aparición de la penicilina en los 40 desterró a las larvas al olvido.

A partir de 1988, instigado por la creciente resistencia de muchas bacterias a los antibióticos, el patólogo estadunidense Ronald A. Sherman retomó el tratamiento en el Centro Médico de Veteranos de California y en artículos, conferencias y seminarios comenzó a predicar su utilización y estudio, hoy muy extendido en universidades de Alemania e Israel.

El defeño Contreras Ruiz  tomó en California un seminario con Sherman a principios de 2001 y retornó a México para aplicar la técnica. Tras el caso de Juan Morales, el defeño curó a otros 500 pacientes. Uno de los casos que más recuerda es el de Luis Hernández, un capitalino de 35 años de edad —diabético, obeso y parapléjico— que tenía los músculos de espalda y piernas carcomidos por 5 llagas como túneles de hasta 20 centímetros de longitud a causa de su forzada inmovilidad (pasaba el día completo acostado).

El dermatólogo Contreras Ruiz comenzó por calcular el área de la herida para colocar 10 larvas por centímetro cuadrado. Luego selló las úlceras con un parche de celulosa e hidrocoloidales, malla de organdí y tela de algodón. En 7 sesiones de 24 horas cada una las larvas limpiaron las heridas, que luego sanaron sin problemas.

Además del desdén de algunos de sus colegas —que ven el tratamiento como una antigualla repulsiva, lindante con la brujería—, Contreras enfrentó problemas para criar las larvas en el hospital: sin querer, los de limpieza mataban las moscas al fumigar el hospital.

El galeno al cabo optó por obtenerlas en casa: instaló ahí una caja de acrílico de 50 por 50 centímetros cubierta con malla metálica. En el interior mantiene algunas moscas alimentadas con agua azucarada y trozos de hígado de pollo y cerdo. Los insectos colocan sus huevecillos en la carne; al brotar las larvas, de color blanco, Contreras las retira y lleva al laboratorio del hospital, donde las esterilizan con desinfectantes antes de emplearlas con los enfermos. Como el nosocomio no tiene presupuesto asignado para la crianza de moscas, el médico paga de su bolsillo los 40 pesos diarios que cuesta obtener los gusanillos.

Vida nueva

Los más favorecidos por las larvas de Contreras son los pacientes con tumores cancerosos necrosados y úlceras diabéticas o varicosas, a quienes muchos médicos tratan como auténticos apestados: —Como las llagas huelen muy mal y a veces se agusanan y los antibióticos no funcionan, suelen dejar de lado a los pacientes u ordenan amputar, para acabar con el problema de raíz —se conduele el doctor—. Además, los ungüentos y pomadas regularmente empleados sólo favorecen la proliferación de bacterias.

Ex pacientes como el capitalino Carlos Fernando Muñoz  —de 40 años de edad— piensan con gratitud en las larvas: víctima de un accidente en abril pasado (el microbús en el que viajaba chocó), su pierna derecha quedó prensada y sufrió una fractura expuesta de tibia y peroné. Pronto se formó una llaga de 9 centímetros de diámetro y 20 de profundidad alrededor de un absceso visible en el hueso.

Para fortuna de Muñoz, las larvas no sólo limpiaron en unos cuantos días la herida, sino que localizaron otro absceso oculto que de no ser limpiado habría conducido a la inevitable amputación de la extremidad. Ya limpios de bacterias y tejido muerto, los huesos comenzaron a soldar y los músculos a regenerarse. Menos de un mes después Contreras concluyó el tratamiento con injertos de piel: —Ver la herida cubierta de gusanitos blancos me dio asco al principio —relata Muñoz—, pero al ver cómo sanaba el disgusto fue reemplazado por gratitud.

Las únicas heridas intratables con larvas, asegura Contreras Ruiz, son las de cavidades como boca, ano o vagina, por el riesgo de que se introduzcan a otros órganos, o las gangrenadas, pues en esos casos la necrosis es más veloz que los gusanillos: —Estas larvas son maravillosas, pues al alimentarse de tejido muerto —reflexiona el médico— dan paso a la esperanza de una vida nueva.

Publicado originalmente en Contenido 485, noviembre de 2003

(Alejandrina Aguirre)