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El arte de la meritocracia

Se deben premiar las aportaciones. Sin importar género, edad, religión… Sin discriminación. Hay que promover la cultura de la meritocracia.

 

Por Luis Hernández Martínez

 

México atraviesa una época muy compleja; turbulenta en diferentes ámbitos. Ya con una mirada histórica resulta imposible ocultar que los mexicanos padecemos una lista larga (casi interminable) de rezagos sociales que amenazan la gobernabilidad del país.

Y si a lo anterior sumamos una corrupción galopante, una ausencia de ética en la mayoría de los servidores públicos que ejercen funciones de gobierno (la iniciativa privada tampoco canta mal las rancheras) y una creciente oleada de conflictos de interés que inunda a la mayoría de las organizaciones (incluidas las que –dicen– no persiguen el lucro o que representan a la sociedad civil), entonces tenemos una bomba de tiempo que amenaza nuestra viabilidad como país.

De ahí la importancia de aferrarnos a una esperanza. De abrazarnos a la idea de que aún existen mexicanos que cumplen sus promesas; que no engañan o que no juegan con los sueños y proyectos de vida de las personas. ¡Tú puedes formar parte de ese universo!

¿Cómo? De múltiples maneras… ¿Qué tal al momento de elegir a una persona para asumir una nueva responsabilidad? ¿Cuál es el factor que pesa más en tu decisión? ¿La meritocracia o la antigüedad? Tu elección será la diferencia entre la construcción del México de siempre versus la Nación (sí, con “N” mayúscula) que con nuestras manos podríamos moldear.

Y no es que tengamos que elegir (forzosamente) entre una u otra para asignar un cargo o responsabilidad: ambas características son relevantes al momento de tomar la decisión. Pero si en verdad queremos que nuestro país y sus instituciones avancen, entonces la dimensión de más peso tiene que ser la meritocracia.

 

La cultura del esfuerzo

¿Por qué? Porque así podrán competir en igualdad de circunstancias un elemento con varios años en la organización frente a un candidato que, con menos tiempo en el juego, hace aportaciones que incrementan diariamente la ventaja competitiva de la empresa o asociación.

La meritocracia también es una característica que a la larga constriñe de manera positiva a los miembros más antiguos de una compañía para que nunca bajen la guardia, para que no pierdan el ritmo, para que apliquen su talento de manera ininterrumpida.

Asignar un cargo o responsabilidad con base en la antigüedad equivale a entregarle un diploma, título o medalla a la persona que lleva más tiempo calentando la silla. Es un acto basado en el dañino “ya le tocaba”. Una decisión que premia la pasividad antes que la actividad.

Tampoco es pertinente entregar el cargo a la persona con más tiempo en la institución porque así nadie te critica (no te grillan, pues) o porque es la decisión políticamente correcta. El líder tiene que cantar como Cuco Sánchez (“…No soy monedita de oro…”). ¿Refunfuñan por apostarle a la meritocracia? ¿Y (diría Lucero, sí, la cantante)? Recuerda que ya lo dice el dicho: “Deja que los perros ladren, Sancho. Señal de que vamos avanzando”.

México necesita que las personas con más méritos (sin importar su edad, sexo, preferencias, condición social…) lleguen a los cargos de mayor responsabilidad organizacional. Si en nuestras manos está asignar los puestos y tareas, entonces no debe temblarte la mano para concederle más peso en un ejercicio sano de ponderación a la meritocracia.

En fin. Llegó la hora de trabajar varias pistas al mismo tiempo. Así lo exige el circo en el que estamos involucrados millones de mexicanos. En una pista tenemos que exigir a los funcionarios públicos que cumplan con su trabajo (incluye rendición de cuentas y cárcel para los delincuentes de cuello blanco, por mencionar a un tipo de pillos). Y en otra, por ejemplo, tenemos que impulsar una cultura del esfuerzo, del mérito.