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Palacio Sara Braun

 

El Palacio Sara Braun es una emblemática construcción chilena cuya principal promotora fue una mujer que tuvo mucha influencia en la zona.

 

 

Algunos me llaman “casa” otros “palacio”; me gusta el segundo, aunque más bien soy el primero, ya que mis muros no fueron creados para albergar a reyes sino a una mujer de ojos oscuros que llegó de lejanas tierras a cumplir su destino aquí, en la región austral de Chile.

 

Existo gracias a su voluntad. En 1895 encargó mi construcción al arquitecto francés Numa Mayer. No. No era común, que una mujer encargara obras a un arquitecto; pero nadie se atrevería a decir que Sara Braun, viuda de Nogueira, era una mujer común.

 

Sara había heredado una fortuna de su marido, por lo que Numa Mayer pudo traer de Europa finos mármoles, maderas, muebles y objetos para embellecerme. Punta Arenas, que había sido fundada unos 50 años antes, era un puerto muy importante; una ciudad en plena ebullición. Numa me diseñó con el cuidado y la paciencia que requiere un buen trabajo: dos plantas en el más puro estilo neoclásico, me dotó de una fachada elegante, rematada por una techumbre de madera, cubierta de hierro galvanizado y textura de escamas. Esto me da un aire señorial y las columnas frontales, que sostienen el balcón, son la pieza clave en mi elegante apariencia.

 

No conocí a don José Nogueira, salvo por los retratos que conservaba su mujer y las platicas que en su memoria hubo tantas veces entre mis paredes. Procedente de Portugal, llegó muy joven a la Patagonia, casi sin saber leer o escribir. Aprendió pronto la cacería de lobos marinos y supo comerciar con sus pieles. Hombre de gran visión, recibió en 1886 una concesión, por parte del gobierno, de un millón de hectáreas para la crianza de ovejas. Un año después, el prometedor empresario se casó con la bella Sara Braun.

 

Sara, originaria de Talsi (hoy Letonia), llegó a Punta Arenas a las 12 años en 1874 junto con sus padres y hermanos huyendo de los pogromos que ocurrían en territorio ruso a quienes profesaban la religión judía. Menuda, de rizado cabello oscuro, ojos vivaces, carácter alegre y espíritu generoso. Cuando José conoció a la hija, Elías Braun no pensó en nadie más. Sara cautivó al socio de su padre y se casaron en pocos meses. Su unión fue feliz, a pesar de que no tuvieron hijos, tampoco fue duradera, ya que José murió en 1893 a causa de la tuberculosis. Sara tomó las riendas de los negocios, pidió a su hermano Mauricio que dirigiese la Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego y encargó mi construcción a Mayer.

 

Sara se dedicó a usar el dinero para ayudar a los más necesitados. Donó –entre muchas otras obras–, la puerta principal del cementerio de Punta Arenas, agregando una peculiar cláusula: solamente la donante podría atravesar la puerta principal una vez fallecida. Hasta el día de hoy, esas majestuosas puertas permanecen cerradas y la entrada se realiza por una puerta lateral. La influencia de Sara Braun sigue sintiéndose en la ciudad, muchos años después de muerta.

 

Sara falleció en Valparaíso en 1955. Pasé a manos de sus sobrinos, quienes pelearon por mis objetos y los vendieron, primero varios de mis muebles y finalmente me tocó a mí. Pasé a ser propiedad del Club de la Unión, formado por un grupo de hombres acaudalados, quienes pensaron que mis muros serían el espacio ideal para sus eventos. En 1981 me declararon monumento histórico. Mis puertas se abrieron como un museo tiempo después. En 1992 una sección de mis muros pasaron a formar parte del Hotel José Nogueira. Mi jardín de invierno, por su belleza, arranca un igual o mayor número de suspiros a los comensales que los platillos que ahí se sirven. Además está el Restaurante y el Pub abierto al público casi todos los días del año.

 

Desde que finalizó mi construcción en 1905 soy una de las estrellas en la Plaza Muñoz Gamero. He visto cambiar la ciudad y a su gente. Poco queda de esos días dorados a principios del siglo XX; salvo la parra que Sara encomendó sembrar, quizá ella sabía que con el paso de los años, necesitaría su compañía.