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El Colegio de las Vizcaínas

 

 

Desde su fundación en el siglo XVIII El Colegio de las Vizcaínas se ha distinguido por su manera de educar y de su no dependencia a las autoridades eclesiásticas ya que fue dirigida por laicos.

 

Este año se conmemoran los 250 años de la fundación del Real Colegio de San Ignacio de Loyola, mejor conocido como El Colegio de las Vizcaínas, localizado en el Centro Histórico de la ciudad de México en la calle Vizcaínas número cinco, casi esquina con el Eje Central Lázaro Cárdenas.

Arquitectónicamente es uno de los monumentos más sobresalientes entre los edificios de nuestra ciudad, obra de mediados del siglo XVIII que deja entrever el poder del grupo vasco en la Nueva España y reflejo también del poder del estado del mismo nombre en la propia España, basado en los grandes privilegios que la Corona le dispensaba.

El Colegio de San Ignacio de Loyola, a quien su único nombre reconocía la grandeza de los jesuitas y a su fundador, estuvo destinado a educar, a la manera del siglo XVIII, a mujeres preferentemente de origen peninsular. Estos centros educativos se fundaron en la Ciudad de México desde el siglo XVI y fueron una respuesta de la sociedad de su tiempo para preparar a mujeres, tanto indias como españolas, para aprender a leer y escribir, la doctrina cristiana y labores propias de su género.

Las primeras maestras que llegaron de España, llamadas por el entonces obispo y posteriormente arzobispo de la Ciudad de México fray Juan de Zumárraga, tuvieron la finalidad de encargarse de la educación de las indias recién conversas al cristianismo. Pronto la población blanca se fue extendiendo y la preparación para ellas se volvió una necesidad. La propagación de las escuelas femeninas se fue multiplicando.

En el siglo XVIII a pesar de haberse fundado ya varios colegios en la ciudad de México, los vascos establecidos en la capital del virreinato de la Nueva España decidieron abrir uno nuevo para atender preferentemente a mujeres viudas, niñas de origen vasco, necesitadas de un espacio para vivir y una digna educación. La administración fue atendida por un grupo de vascos laicos, y ha sido así hasta nuestros días.

La fundación del nuevo colegio fue aprobada y apoyada por el entonces arzobispo de la Ciudad de México, don Juan Antonio de Vizarrón y Eguiarreta (¿-1747), quien vio con buenos ojos su apertura. El inicio de las obras fue en 1734 y la institución abrió sus puertas en 1767, fecha en que la Compañía de Jesús fue expulsada del imperio español.

Entre los grandes hombres que hicieron posible la obra destacan Pedro de Ugarte, Manuel Aldaco, Francisco de Echeveste, Ambrosio de Meave y Francisco de Santa Marina. Cabe destacar que Manuel Aldaco invirtió sus grandes posesiones en un proyecto, muy de su tiempo, que consistió en apoyar a la mujer dieciochesca con los estudios a su alcance.

La obra arquitectónica fue realizada conforme a los planos elaborados por Pedro Bueno Bassori, un distinguido cofrade fundador, quien murió en 1733. Un año antes de que se iniciaran los trabajos.

Para iniciar la nueva institución fueron aceptadas 12 niñas con un buen apoyo económico para su sostenimiento. El edificio fue ideado para albergar, con el tiempo, a más de 500 mujeres quienes vivirían distribuidas en una gran cantidad de habitaciones que contaban con los servicios necesarios. Es decir, pequeñas comunidades a cargo de una maestra vigilante donde cabrían unas 15 niñas, con sus camas, pequeña cocina, enseres de limpieza, loza, chimenea, etcétera.

A diferencia de los monasterios femeninos, el Colegio de San Ignacio gozó de plena autonomía, pues en ningún momento dependió de las autoridades eclesiásticas ya que, como institución fundada por laicos, obedecería directamente a los mandatos de la corona de España a quien se le solicitó su protección y de allí el nombre completo de Real Colegio.

El prestigio del Colegio es notorio. Muchas mujeres deseaban ingresar a la nueva institución, misma que dio cabida a centenares de mujeres a largo de los siglos quienes al salir sobresalieron en la sociedad. Para el caso, la Corregidora de Querétaro, doña Josefa Ortiz de Domínguez, fue formada allí mismo y mostró su agradecimiento en varios documentos de la época.

Actualmente el Colegio sigue dando servicio a una gran cantidad de estudiantes. Hoy se ha modernizado, es mixto y mantiene un gran prestigio, ya que sus ex alumnos forman parte de una comunidad creativa y educada en la Ciudad de México.

Durante las Leyes de Reforma del siglo XIX, el colegio no fue expropiado ya que era una institución laica. Este año celebra sus 250 años de fundación, como uno de los ejemplos educativos más sobresalientes de México.

Felicidades al Colegio de San Ignacio y a todo el personal que ha servido en él durante más de dos siglos y medio.

Para leer más:

Josefina Muriel et al; Los Vascos en México y su Colegio de las Vizcaínas, México, 1987, Instituto de Investigaciones Históricas e Instituto de Investigaciones Estéticas, UNAM.