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¿ Y tú, qué tanto discriminas?

 

La discriminación por cuestiones de color de piel, estrato social o preferencias sexuales, traslada sus escenarios de la vida real a las redes sociales. ¿Qué tan arraigado está este fenómeno en nuestra cultura? Los expertos nos responden.

 

Lo políticamente correcto es afirmar que en México no existe discriminación y que si la hay sólo se presenta entre individuos de baja estofa, maleducados y otros “atributos”. La triste realidad es que es un fenómeno cotidiano que involucra a gran parte de la sociedad, como reconocen los expertos entrevistados por Contenido.

Últimamente las arenas más concurridas para dar rienda suelta al demonio interior de la discriminación son las redes sociales: es frecuente ver hashtags discriminatorios en los que se hace referencia al color de la piel, posición socioeconómica, preferencias sexuales, condición física y otras características.

No es de extrañar entonces que las autoridades, por medio del Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred), hayan emprendido la campaña #SinTags, con el fin de prevenir la discriminación y la violencia en la web (sintags.conapred.org.mx) en un intento por detener esta andanada mediática.

La Encuesta Nacional sobre Discriminación en México 2010 (Enadis) evidenció que en el país ocho de cada 10 personas afirman que sus derechos no han sido respetados “por sus costumbres, cultura, acento al hablar, nivel educativo, por venir de otro lugar, por vestir de otra forma o por tener otra religión”. Un estudio internacional, Etnicidad y Raza en América Latina (PERLA, por sus siglas en inglés), mostró que el color de la piel y la identidad mestiza son factores discriminatorios en el mercado laboral de México, pues 11% de las personas de piel blanca y estudios universitarios tiene más probabilidades de conseguir un empleo que alguien de piel menos clara.

La doctora Verónica López Nájera, del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM y miembro de la red Integra 2.0 contra la discriminación y la xenofobia, reconoce que los mexicanos sí somos racistas pero que nuestro principal problema es que no lo reconocemos.

A tal juicio se suma Federico Navarrete, autor del libro México racista, que considera este fenómeno como algo más presente de lo que a veces admitimos. Lo peor, a su entender, es que se trata de algo inconsciente que se repite en distintos entornos: “somos racistas en nuestras familias ‘cuando distinguimos entre los güeritos y morenos no tan bonitos’; en nuestro ámbito social donde tratamos mejor a la gente que tiene aspecto ‘más blanco’, y menos bien a la gente más ‘morena’; en los medios de comunicación que excluyen a la mayor parte de la población del país; y en el nivel socioeconómico porque se junta con el clasismo, que nos lleva a discriminar a las personas que son más pobres y de piel más oscura”, sostiene el investigador en Estudios Latinoamericanos de la UNAM.

 

Cromatismo

Los términos “güero”, “güerito”, son aspiracionales y deseables dentro de la sociedad e incluso se fomentan en la propia familia. Por el contrario, los términos “prieto”, “negro”, implican un desprecio hacia el color de piel más oscuro o hacia una cultura supuestamente menos moderna. A todo ello se agrega el término racista “naco”.

(Fuente: Federico Navarrete)

 

¿Está en nuestros genes?

De acuerdo con investigaciones científicas la discriminación podría tener sus orígenes en una natural desconfianza biológica, propia de los seres vivos, indica la doctora en Psicología Evolutiva y Ecología de la Conducta, Guillermina Echeverría Lozano, para quien esta desconfianza podría tener ventajas, pues en términos biológicos pone en alerta y contribuye a la protección de los grupos familiares ayudando a evitar que pudieran ser afectados de alguna manera.

Según la estudiosa todas las conductas y sus características responden a dos factores principales: la información que hay en nuestros genes y la interacción con el medio ambiente (la cultura es parte del entorno), pero no se puede hablar de un “gen de la discriminación”, porque no ha sido identificado y porque las interacciones entre genes pueden ser muy complejas.

“Es difícil precisar qué sucede exactamente en nuestro cerebro, cómo se forman los pensamientos y se refuerzan las conductas. El complejísimo cerebro humano nos permite tomar decisiones y analizar de una manera diferente a la de otras especies el mundo que nos rodea”, señala la doctora Echeverría.

“Lo que sí está claro -agrega Echeverría Lozano- es que cuando un ser humano segrega a otro, lo hace usando herramientas cognitivas muy diferentes a las de otros animales, por lo que entre los humanos sí se puede hablar de discriminación, aunque el término no es válido para otras especies”.

Como la segregación es un fenómeno recurrente a lo largo de la historia los estudiosos han tratado de llegar al meollo del asunto de si los seres humanos discriminan de “manera natural”. Y si bien existe el mecanismo de desconfianza, éste se afirma a partir del aprendizaje social que pasa de padres a hijos, y a toda una comunidad hasta ser parte del bagaje cultural.

El estudio Neurociencia del racismo, realizado por especialistas de la Universidad de Nueva York y de Cambridge, detectó la activación anormal de la amígdala y de la corteza cingulada (encargadas de procesar las emociones y tomar decisiones), en individuos que se decían no racistas a quienes se mostró fotos de personas de raza distinta, que se atribuyó a aprendizajes adquiridos en la infancia. En lo que sí coinciden los profesionales es que independientemente de que una conducta sea vista como algo explicable no debe considerarse inevitable y menos aceptable. (Ver: Racismo, el Donald Trump que todos llevamos dentro, Contenido, Sep. 2015).

Discriminación animal

En el reino animal se puede observar un rechazo o desconfianza en defensa de un territorio, de una pareja o de la protección de la familia en ciertas especies, pero esto no se podría considerar discriminación sino, utilizando términos más biológicos, defensa de la territorialidad o esquemas jerárquicos, ya que resulta imposible hacer una comparación con esta conducta, consideran los estudiosos.

El mito de la Conquista

La creencia de que los mexicanos no podemos ser racistas porque “todos” somos mestizos, es una premisa falsa, sostienen los especialistas consultados. “Paradójicamente, ésa es una idea racista porque está defendiendo lo que somos a partir de una leyenda, del mito de que somos hijos de españoles y de indígenas, pero que también excluye a un numeroso grupo de origen africano (que ha existido en el país desde hace mucho tiempo), y a otros migrantes que han llegado también como asiáticos, judíos y árabes, lo cual, considera Federico Navarrete, “la idea del mestizaje, lejos de ser incluyente, acaba por ser excluyente y además separa a los indígenas del resto de las naciones”.

Verónica López encuentra el origen de nuestro actual racismo precisamente en la Conquista cuando nos estructuramos como una sociedad organizada por castas, lo cual implicó una estratificación histórica jerarquizada de las tres razas existentes. La investigadora considera que lo mestizo es una forma de encubrir la raíz indígena y que homogenizar a la nación a partir de esta idea es algo que sólo se da en los discursos porque en la realidad no se cumple.

Los estudiosos creen que el fenómeno racista surgió en el siglo XIX pues todavía durante la Independencia hasta 1850 la mayoría de la población era indígena y hablaba lenguas indígenas. Pero no fue sino hasta que empezaron a hablar español y se mudaron a las ciudades que se generalizó el término mestizo al que consideran como un racismo moderno, el cual, a decir Navarrete, se ha recrudecido en los últimos 30 años, especialmente por la influencia de los medios de comunicación. No es un fenómeno exclusivo del país, aparece en Europa en el momento de la Conquista para diferenciar a los colonizadores europeos del resto de los seres humanos.

Nosotros los nacos

El origen y uso de esta palabra no está muy claro. La primera vez que aparece en el Diccionario de mexicanismos es en el siglo XIX para definir a una persona de origen indígena vestido de algodón o que usa pantalón de manta. Se emplea con dos tipos de connotación: para definir a los indios y para nombrar a personas iletradas, torpes, sin educación, incultos, incivilizados o que carecen de modales. Lo cierto es que para las personas adultas sí puede ser una persona sumamente ofensiva mientras que para los jóvenes podría no serlo tanto, aunque depende del contexto en que se emplee.

(Con información de Verónica López Nájera y del Estudio sociolingüístico de la palabranaco”.)

Vive SinTags

  1. No al bullying. Este fenómeno se distingue por el acoso, amenazas, insultos, golpes, violencia verbal, física e incluso en internet. Siete de cada 10 jóvenes menores de 18 años han sido víctimas de este flagelo.
  2. Sin clasismo. Lo practicas cuando discriminas y excluyes a otras personas por su condición socioeconómica o haces la distinción entre ricos y pobres. Muy presente en medios de comunicación, internet, series, canciones y otras manifestaciones.
  3. Sin homofobia. La intolerancia hacia la diversidad sexual, los prejuicios y el miedo, son característicos de este tipo de discriminación que excluye al que es diferente.
  4. Sin racismo. Hacer distinciones basadas en el color de la piel y el origen étnico es una situación que sufren 15.7 millones de indígenas mexicanos, que consideran a este tipo de discriminación como su principal problema, incluso más que la pobreza (20% frente a 9%).
  5. Sin xenofobia. Es el maltrato que se da a personas no nacidas en México y que se caracteriza por el rechazo, desprecio y amenazas.
  6. Sin explotación en el trabajo doméstico. Además del menosprecio y la indiferencia hacia los empleados que laboran en el hogar, se requiere de un reconocimiento y mejora de las condiciones laborales, desterrando insultos tales como “chacha”, “gata” y otros.
  7. Sin violencia. Los ataques físicos y psicológicos distinguen los miedos y prejuicios que se tienen hacia las personas. Por ello se debe respetar el derecho de los demás y también no quedarse inmóvil ante un acto ofensivo en la vida real o en las redes sociales.  (Adaptado de sintag.conapred.org.mx)

 

Lo que podemos hacer

Se debe combatir cambiando las prácticas, dice Federico Navarrete. Por ejemplo, en los medios de comunicación hay que presionar para que no profundicen las desigualdades y la discriminación; de igual manera en el ámbito privado como en las familias se deben suspender el uso de dichos, palabras despectivas, no se trata de censura sino de tener conciencia. Navarrete considera que el gobierno debe hacer más inclusivas sus políticas públicas y buscar nuevas formas, que ya no se diga que somos mestizos sino ciudadanos.

“Como ciudadanos somos iguales independientemente del color de la persona, la visión socioeconómica, la preferencia sexual; tenemos los mismos derechos por ser mexicanos”.

“Lo importante es empezar a hablar del asunto”, señala la doctora López Nájera, “la educación juega un papel importante, primero para reconocer que somos una sociedad profundamente racista que ha generado una serie de mecanismos que impide que seamos conscientes de lo que somos. En la medida en que vayamos reconociendo este racismo y clasismo podríamos ir modificando estas prácticas sociales que son tan cotidianas”.

Lo bueno, según nuestros entrevistados, es que ahora la ciudadanía tiene una creciente conciencia de este problema, a diferencia de lo que ocurría hace 15 o 20 años, y la mejor manera de combatir un problema es reconociéndolo. Ignorándolo rara vez se podría resolver.

 

(Por Alberto Círigo)

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