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Ignacio Torres Adalid, el Rey del pulque

Un empresario muy conocido en la sociedad mexicana, la figura más célebre de la llamada industria pulquera, cuyo fin estuvo ligado a su apoyo al dictador Victoriano Huerta. Cómo era Ignacio Torres Adalid, mejor conocido como el Rey del pulque.

Figura clásica del Jockey Club de la calle de San Francisco, presencia infaltable en las fiestas de caridad de doña Carmelita, invitado especial a los bailes del castillo de Chapultepec, pocos, muy pocos, se atrevían a prescindir del don al dirigirse al caballero de levita negra y sombrero de copa, don Ignacio Torres Adalid. Le decían el Rey del pulque.

El imperio alcanzaba la hacienda de San Antonio Ometusco, la de San Bartolomé del Monte y dos docenas más, remodelados los cascos por el arquitecto más famoso de su tiempo, Antonio Rivas Mercado, el artífice de la columna de la Independencia, el constructor del Teatro Juárez de Guanajuato. Del Estado de México a Hidalgo y Tlaxcala, vía la Compañía Expendedora de Pulque.

El monopolio para el abasto de las 817 pulquerías de la capital. Diez por colonia, 15 por barrio… a veces dos por calle.

Dicen que amaba tanto los magueyes que cuando uno de ellos se enfermaba, personalmente le aplicaba el cataplasma.

Dicen que su primera propiedad, 12,500 hectáreas, la pagó de contado: 280,000 pesos oro.

Los domingos, las trojes de las haciendas de la capital se abrían a las fiestas. Ahí brillaban las sobrinas de don Ignacio, Alicia y Antonieta Rivas Mercado. Entrada, tres pesos.

Las niñas escuchaban las historias de horror de la prima de Torres Adalid, Refugio Prados, en la casona, viva aún, de la hoy Avenida Juárez 18, entre cuyos laberintos, víctima de un accidente, muriera su tía, Juana Rivas Mercado.

Huertista y filántropo

La luz empezó a languidecer cuando don Ignacio Torres Adalid le apostó al gobierno espurio del dictador Victoriano Huerta. A la caída de éste llegaría el exilio. El carguero alemán. Dresde lo llevó a La Habana, en cuyo Hotel Campoamor le alcanzaría la muerte.

Encargada la administración de las extensas propiedades del hombre que usaba doble bastón de puño de oro para caminar, víctima de una enfermedad aún no conocida: la poliomielitis, a su cuñado Juan Rivas Mercado, éste recibiría la instrucción de dedicar gran parte de la fortuna a la filantropía.

La huella, escuelas, asilos, orfanatorios, está aún viva en el Estado de Tlaxcala.

Y la casa de Avenida Juárez, construida por el arquitecto Antonio Rivas Mercado, testigo de la larga epopeya de la edificación del Palacio de Bellas Artes; de la despedida nostálgica del Kiosko Morisco y la llegada del Hemiciclo a Benito Juárez, ostenta aún el escudo familiar en su portada.

El eco de los caballos de crestas negras del elegante carruaje aún rebota en lo que fuera la cochera. Y las tertulias a doble piano. Y la cantera rosa. Y los hierros forjados.

Danzón dedicado…

El esplendor de la aristocracia pulquera que bailaba danzón para escándalo de la otra, la de los apellidos franceses, a quien denostaría el maestro de América, José Vasconcelos, en un memorable artículo.

El epígrafe lo escribiría el autor de Santa, Federico Gamboa: “Era de suyo caritativo y generoso. Mantenía sin humillaciones a incontables familias y menesterosos (viudas sin sostén o huérfanos sin amparo).

“Los centavos que peleaba con fiereza en los tribunales contra inquilinos morosos, medieros tramposos o pulqueros sinvergüenzas, los convertía en pesos duros para dárselos a los necesitados”.

El rey del pulque.