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Hospital Concepción Béistegui

 

El Hospital Concepción Béistegui es una construcción polifacética que se ha transformado como el epicentro mismo de una ciudad que cambió de nombre.

Mis muros tienen ya más de cuatro siglos. Cuando me construyeron, estaba cerca de los límites de la ciudad, ¿se imaginan? hoy estoy en pleno centro y le dicen “histórico”. Sólo habían pasado 50 años de la Conquista, cuando un puñado de religiosas concepcionistas decidieron que harían un nuevo convento, en el barrio que entonces se llamaba de San Juan. Soy el segundo convento construido por esa orden en la Nueva España.

 

Mis muros son fuertes, gruesos, hechos de piedra, para resistir el paso del tiempo y para albergar y custodiar a las hermanas. Las que entraban aquí, ya no volvían a salir, ya que a las monjas de clausura no se les permite salir del convento a menos de que hubiera un incendio, terremoto o estuvieran enfermas de gravedad y tuvieran que ir a un hospital.

 

Eran unas épocas tranquilas en las que casi no sentí el paso del tiempo. Entre Ángelus y rezos pasaron los días, que se hicieron meses, años y siglos, hasta que llegamos a 1656 en la que me reconstruyeron gracias a la generosidad de Melchor de Terreros.

 

No sería la primera reconstrucción. Otras vendrían con el paso del tiempo. ¿Saben? Pocos edificios continúan cumpliendo el propósito para el que fueron construidos, después de tantos siglos. Salvo quizá mi adorado vecino, el templo de Regina Coeli. En 450 años pasan muchas cosas. He visto a las carretas convertirse en autos y pequeños senderos en avenidas. Para mí, los vientos de cambio llegaron con las Leyes de Reforma, las hermanas se vieron obligadas a salir del convento en 1863 y me convertí nada menos que en un cuartel militar. De escuchar cánticos y rezos pasé a las estrategias militares, honores a la bandera y marchas. Mis días de cuartel no fueron muy largos. En 1871 el gobierno me usó para saldar las deudas que tenía con un particular y pasé a manos privadas.

 

Por ese entonces, una mujer originaria de Guanajuato, decidió donar su fortuna para cambiar la vida de los más necesitados ya que no tenía hijos y sus parientes eran muy acaudalados. Concepción Máxima Béistegui y García, que falleció el 5 de septiembre de 1873, dejó instrucciones precisas en su testamento para que se construyera un hospital. Y así lo hicieron sus albaceas. Me acondicionaron para ser un hospital ejemplar a finales del siglo XIX. Mi primer director fue el doctor Joaquín Vértiz, hijo nada más y nada menos que del famoso galeno José María Vértiz. El 21 de marzo de 1886, todos andaban nerviosos, supervisando hasta el último detalle. Así tuvieron todo resplandeciente y a tono para que don Porfirio Díaz, presidente de México inaugurara el hospital. Al día siguiente, abrí mis puertas para devolver la salud a los enfermos. Otra etapa en mi vida daría inicio ese día.

 

Debo aclarar que, tristemente, Doña Concepción Béistegui y yo, nunca nos conocimos, ella jamás estuvo entre mis muros. Todo el proyecto de adquirirme y transformarme fue realizado por sus albaceas. Sin embargo, su generosidad me marcó al grado que hasta el día de hoy llevo su nombre, a pesar de que ya no soy un hospital. Me hubiera gustado conocerla, pero solamente he visto su retrato.

Los aires siguieron cambiando, así como vi transformarse las calles y edificios a mi alrededor, también me transfiguré: pasé a manos de la Cruz Roja a principios del siglo XX, al sindicato de azucareros, al ISSSTE. Con tantos vaivenes he aprendido que aunque mi muros sean rígidos, mi espíritu debe ser flexible para adaptarse al cambio.

Hoy soy un asilo que depende de la Fundación para Ancianos Concepción Béistegui I.A.P. Mis muros alojan también un Museo que abre al público los fines de semana y muestra cómo era un hospital y los utensilios médicos del siglo XIX. En mi patio se llevan a cabo diversos eventos que generan fondos para la Fundación. Una noble labor que requiere toda la ayuda que podamos darle.

 

 

 

 

 

 

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