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Los científicos estudian el alma ¿se puede demostrar su existencia?

Con el avance de las neurociencias las investigaciones sobre determinados fenómenos, antes vedados, se multiplican. Y aun con ciertas limitantes existe un campo prometedor para expandir nuestro conocimiento. Por esta razón los científicos estudian el alma y nos dicen si se puede demostrar su existencia.

Hablar de este asunto tan etéreo resulta complicado, dicen los especialistas. Argumentan que se debe partir de hechos demostrables y comprobables a través del método científico; por ello, cuando se trata del alma, se internan en un terreno desconocido porque de entrada no es un tema del que se tenga una definición clara. Debido a que se linda con cuestiones más de índole filosófico que científico, algunos de nuestros entrevistados no dudan en afirmar que el alma no es un proyecto que deba ser tratado por la ciencia si antes no se delimita bien el concepto. Otros, por el contrario, sostienen que es uno de los problema más difíciles al que se enfrentan. ¿Existe, se puede demostrar? Qué respuestas nos dan los científicos acerca del alma.

Si bien desde hace milenios esta duda acerca del alma sólo era abordada por otras disciplinas, a partir de unas décadas las neurociencias se han posicionado como una herramienta viable para intentar resolver esta incertidumbre, gracias a los avances en los estudios sobre cómo funciona el cerebro.

Hay hechos que reactivan nuestro interés por abordar esta cuestión. Uno de ellos nos la proporcionó un artículo publicado en la revista Physics of Life Reviews, donde se explicaba la naturaleza del alma o de la conciencia, concebida como un mecanismo que ocurre en el cerebro. Sus autores Stuart Hameroff y Roger Penrose sostenían, palabras más palabras menos, que era posible demostrar la existencia del alma presente en estructuras llamadas microtúbulos. Este artículo dejaba entrever que la ciencia podía demostrar –siguiendo un método científico– un problema que antiguamente abordaban filósofos, teólogos, artistas y estudiosos del Derecho. Por ello, decidimos interrogar sobre este controversial tema a diversos hombres de ciencia en México.

¿Se puede demostrar de manera científica la existencia del alma? De entrada el doctor Alberto Güijosa –investigador de Ciencias Nucleares de la UNAM, con estudios de especialización en teorías de cuerdas y premio de Investigación de la Academia de Ciencias–, plantea mesuradamente hacer la distinción entre Alma, con mayúscula, y alma con minúscula, con el objeto de separar la visión religiosa e intuitiva, de la visión científica. La primera entiende el alma como una especie de esencia sobrenatural: “No es resultado de ningún proceso físico, no se produce porque se piense, se tenga actividad eléctrica y pueda sobrevivir a la muerte, pues no depende del funcionamiento del cerebro”; la segunda, como definición de nuestra vida mental, sujeta al estudio de la ciencia, cuya actividad surge de las neuronas. El Alma con mayúscula es más asunto de la religión o de la teología y la segunda sí es asunto de la ciencia, aunque los resultados que se han encontrado hasta el momento no convencen a los creyentes, señala.

Por su parte, el doctor Luis Lemus, investigador del Instituto de Fisiología Celular de la UNAM, lo considera un “tema resbaloso, pantanoso, experimentalmente difícil de demostrar debido a que viene con un ‘pecado original’. No se tiene una definición clara que pueda ser ‘aterrizable’ en un experimento que se pueda llevar a la comprobación, ya no digamos de la existencia de la conciencia sino cuáles son las bases neuronales que implica la conciencia”.

Los científicos entrevistados advierten que las mayores complicaciones al intentar el estudio el alma se presentan porque algunos de los investigadores presentan su propia definición; algunos lo hacen a partir de sus propias emociones y otros bajo sus creencias.

Tratando de clarificar un poco, la doctora Zuraya Monroy Nasr, investigadora de la Facultad de Psicología de la UNAM, señala que desde el punto de vista de la psicología de corte científico, “el alma no es un objeto de estudio”. Sólo a partir del siglo XVII hubo un cambio en la manera en que la tradición antigua y medieval veían el alma. Dicha diferenciación se debió a René Descartes, un filósofo católico que pensaba “que el alma como tal es un objeto de la teología, mientras la mente (el alma racional) no puede ser un objeto de la ciencia mecanicista, sino de la filosofía”. Esto resultó trascendente para la ciencia porque ahora la mente racional puede ser estudiada por la física, la biología y surge “el estudio de la mente como procesos cognitivos de pensamiento, de lenguaje” y se olvidan de ese cariz que se tenía en la antigüedad con perspectiva religiosa, precisa la doctora Monroy.

En el mismo sentido se pronuncia el doctor Rigoberto León Sánchez, de la Facultad de Psicología de la UNAM: “No se puede hablar del alma en sentido estricto, en la psicología que yo conozco y que hacemos en la Facultad no consideramos ese concepto”. Por tanto, apelando al concepto de inconmensurabilidad (imposibilidad de comparación parte de dos teorías cuando no hay un lenguaje común), el también docente deja ver que el asunto “alma” aún está lejano para la ciencia. Ejemplifica: “el concepto de alquimia no es el equivalente de química, ni podemos medir exactamente ni se comprenden conceptos que se forjaron en el siglo XVII”. De suerte –continúa el entrevistado– que el concepto de alma no sería el equivalente de conciencia, tiene una connotación completamente diferente y, en sentido estricto, incluso la definición aristotélica tampoco sería equivalente del concepto judeo-cristiano de alma.

La teoría de Penrose y Hamerroff. Modelo televisivo

La teoría de Penrose y Hameroff –mencionada líneas arriba– fue desmenuzada para nuestros los lectores por los especialistas entrevistados. A continuación mencionamos algunas de las principales fisuras que presenta:

*Los investigadores decidieron irse por un tema poco ortodoxo en materia de neurociencias, sabiendo que es un fenómeno perceptual, señala Luis Lemus, también experto en neurociencia cognitiva.

*Más que científico su trabajo es un compendio de su filosofía, pese a que utiliza herramientas y aspectos científicos como la mecánica cuántica, la biología molecular, los microtúbulos, las neuronas y quiere unir estos fenómenos con la ciencia, pero desafortunadamente no ofrece ninguna prueba sustentable, explica Lemus.

*Al involucrar a la física cuántica se “olvidan” que esta disciplina tiene fórmulas que funcionan muy bien y son verificables, toda vez que la física cuántica es la base de la electrónica y de la tecnología moderna, pero los investigadores (Penrose y Hameroff) no dejan claro lo que sucede exactamente en la naturaleza del universo, subraya Güijosa.

*Si bien sus ideas explican la conciencia, no explican este “paso misterioso” que la física cuántica no entiende y que ellos conjeturan como si se tratara de la conciencia. No explican qué sucede en sus procesos cuánticos microscópicos, expone Güijosa.

* Su explicación o teoría se somete a la fórmula a la que recurren algunos documentales televisivos para capturar la atención de los espectadores, pero el truco radica en partir de un supuesto que de entrada es falso y construyen su hipótesis, opina Lemus.

*Los investigadores parten de su propia definición, de la que quieren investigar y de un bagaje histórico, pero pareciera que están refiriendo un fenómeno mágico y no científico; si bien sus ideas en conjunto explican la conciencia, no dicen nada respecto de un “paso misterioso” que la ciencia no entiende.

Áreas de oportunidad

El alma se suma al área de oportunidad que la ciencia, a raíz del avance de las neurociencias, tendrá que dilucidar tarde que temprano. Simplemente en estas décadas se ha avanzado más acerca del funcionamiento del cerebro que en todos los siglos que nos antecedieron. No hay que olvidar que “el cerebro es la estructura más compleja del universo, la cual dicta toda nuestra actividad mental –desde procesos inconscientes, como respirar, hasta los pensamientos filosóficos más elaborados– y contiene más neuronas que las estrellas existentes en la galaxia”, como consignó Facundo Manes en su libro Usar el cerebro, de Editorial Paidós.

Así que la teoría de Penrose y Hameroff podría considerarse como un intento de explicación del alma, como una obra en proceso, pero de eso se trata precisamente la ciencia, ejemplifica Güijosa, de la construcción de varias hipótesis que sumadas pueden o no dar en el blanco. No hay que olvidar, creee el físico, que “el camino de las ciencias si queremos saber cómo es el mundo es ir preguntando, ayudados de la tecnología, cómo es el mundo en realidad”.

Si nos referimos al alma como definición de nuestra vida mental, estaría sujeta al estudio de la ciencia porque surge de la actividad de nuestras neuronas; si se estudiara de esta manera, sería útil aunque, advierte nuestro entrevistado, “puede ser que no nos guste lo que aprendamos o nos parezca pobre o limitado”, porque no hay que olvidar que la ciencia es una herramienta útil que se maneja a prueba y error.

Hoy en día, dice el psicólogo León Sánchez, hay muchísimos trabajos de la neurociencia actual ligadas con antropología cognitiva, psicología evolutiva e incluso genéticas, las cuales no están dando una luz diferente, “nos interesa saber si somos más que un cúmulo de genes”, resume.

Hablar del alma es un tema serio, comenta el doctor Lemus, pero no se aborda seriamente de manera experimental. “Lo más que se puede observar en los laboratorios que utilizan imagenología funcional o resonancia magnética es ver qué áreas del cerebro participan o están activas o hacia qué áreas fluye la sangre cuando uno tiene esa experiencia llamada conciencia”, pero advierte: los resultados siempre difieren entre individuo y publicación y por lo tanto no hay a la fecha un resultado contundente.

Güijosa concuerda con la opinión de muchos de sus pares que llaman a este asunto el “problema más difícil”, pero a la vez vislumbra la maravilla de conocer por fin el misterio de esta “danza colectiva de cuatrillones de electrones danzando a un cierto ritmo en el cerebro que trae como resultado algo que se llama conciencia”.

Si bien casi todos los científicos coinciden que los seres humanos somos un pedazo de materia lo cual nos hermana con las piedras, el aire, los delfines y las estrellas, es posible que dentro de poco la ciencia encuentre la respuesta y acaso entonces podamos responder a las clásicas preguntas: ¿Quiénes somos, de dónde venimos y adónde vamos? Esto, hoy, linda más con cuestiones filosóficas, como sentencia Luis Lemus, porque el día en que este tema se pueda poner a prueba de manera experimental pasaría al terreno científico.

Por lo pronto estamos apenas en la misma situación de los filósofos (aunque si los filósofos griegos hubieran tenido laboratorios, habrían sido científicos).

 

 

  • El alma en el laboratorio
  • Gracias a la ayuda de la tecnología y de técnicas como la Tomografía por Emisión de Positrones (PET, por sus siglas en inglés) y la Resonancia Magnética funcional (RMf) los científicos se han dedicado a estudiar las zonas cerebrales intentando descubrir los mecanismos de la fe y el lugar donde reside el alma.
  1. El Casco de Dios
  • El investigador canadiense Michael Persinger, de la Lurentian University de Canadá, diseñó un casco capaz de trasmitir campos electromagnéticos débiles dirigidos a determinadas áreas del cerebro tratando de encontrar la región neuronal y la configuración electromagnética capaz de provocar un arrebato místico. El investigador sostenía que la “morada” de Dios estaba en los lóbulos temporales del cerebro.
  1. Monjes budistas
  • Dos investigadores de la Universidad de Pennsylvania, Andrew Newberg y Eugene di Aquili, se ayudaron de imágenes obtenidas por tomografías PET o resonancia magnética (RMf) para observar los cerebros de 14 monjes budistas tibetanos mientras meditaban. Hallaron que en todos aumentaba la actividad de la corteza cerebral en los lóbulos temporales y tuvieran la sensación de levitar y estar fuera el espacio y del tiempo.
  1. El gen de Dios
  • En 2004 el genetista Dean Hammer publicó el libro El gen de Dios donde daba cuenta de los resultados hallados en un estudios realizado por él y sus colaboradores en gemelos no creyentes. Las conclusiones mostraban que los individuos con más tendencia al misticismo tenían con frecuencia una variante en el gen VMAT2. Pese a las críticas recibió el aval del equipo de la neurobióloga sueca Jacqueline Borg, de la Universidad Karolinska de Estocolmo, quien por medio de tomografías PET mostró el rol de un receptor químico de la serotonina en las experiencias religiosas.
  1. 21 gramos
  • En el siglo pasado el investigador estadounidense Dunca MacDougall sostuvo que el alma podía tener una masa y una sustancia medible. Para demostrar su teoría acudió a un asilo de ancianos y estudió a seis moribundos pesándolos en su cama, antes de morir. Estableció la variación en 21.26 grados. Cuando intentó comprobarlo con perros no halló variación en el peso de los animales. Sus afirmaciones fueron rebatidas por la comunidad científica, entre ellos, el bioquímico Francis Crick, descubridor de la estructura molecular del ADN y Premio Nobel de Fisiología y Bioquímica.
  1. El intérprete
  • El neurocientífico estadounidense Micahel Gazzaniga realizó experimentos en pacientes que sufrían de epilepsia. A cada paciente se le decía una palabra que procesaba de manera diferente de acuerdo a cada hemisferio de su cerebro. El hemisferio derecho aborda la información de forma más holística mientras que el izquierdo lo hacía tenía más capacidad de procesar la información. Se descubrió que un área del hemisferio izquierdo monitoreaba las conductas de las varias redes neuronales y les daba una interpretación individual, a esta zona se le conoció como el intérprete y le da al individuo un sentido de unidad.
  1. Microtúbulos del cerebro
  • Los científicos Roger Penrose, matemático de la Universidad de Oxford y Stuart Hameroff, anestesiólogo y profesor de la Univesidad de Arizona, lanzaron una teoría que postula que la conciencia o el alma se origina en la actividad de las neuronas del cerebro en su escala mínima (cuántica o subatómica). Su hipótesis, conocida como Reducción Objetiva Orquestada (Orch OR) sostiene que la consciencia depende de trabajos sincronizados en una serie de microtúbulos que se hallan en las neuronas del cerebro.
  • Fuente: Usar el cerebro, de Facundo Manes, editorial Paidós; Las bases neurológicas de la fe, Contenido 535, Ene. 2008.

 

(Alberto Círigo)