Miércoles , enero 18 2017
facebook@ twitter@ instagram@ youtube@
Inicio / Reportajes / Piñata, la conquistadora

Piñata, la conquistadora

 

La estrella con picos y sus hermanas modernas fascinan a sociedades más allá de las fronteras mexicanas, el símbolo viaja por el mundo.

 

En un suburbio de la ciudad de Houston, Texas, un grupo de niños y adultos se reúne alrededor de un objeto multicolor que cuelga de una soga. Claramente es una piñata, aunque ningún chico hace por golpearla con un palo, el cual brilla por su ausencia. Acaso los infantes, expectantes y sonrientes, jalan una suerte de hilos o lasos que cuelgan de la base de la piñata, y que repentinamente se abrirán liberando el preciado tesoro de dulces y diminutos juguetes. Familias anglosajonas de la franja sur de Estados Unidos suelen usar esta versión de piñata para evitar que algún niño salga herido, luego de haber oído historias de ollas que a fuerza de certeros batazos caen sobre cabezas infantiles.

En Bruselas, Bélgica, una piñata de rudos acabados semeja un dinosaurio y es el centro de atención en un festejo infantil. Los autores de la figura son unos orgullosos padres cuyo hijo celebra su cumpleaños número seis. Dentro del grupo de invitados hay chicos a quienes no les cubren los ojos, tampoco la piñata es bamboleada por adultos; de hecho, algunos niños rehúsan pegarle al pasivo mini Tiranosuario o lo hacen muy despacito, pues consideran demasiado agresivo golpear una figura inerte, aunque disfrutan a gritos cuando caen las golosinas que levantan del piso y civilizadamente las introducen en una bolsa de papel.

En ciertas provincias de la India, un país de más de 1,200 millones de habitantes, no es extraño ver una paper Pinata en los cumpleaños de los chicos. Las figuras suelen ser sencillas, hechas a mano, pero también existen portales web que venden en rupias unas versiones que se parecen más a bolsas de cartón para regalo, de las que penden cordones que al jalarlos dejan caer el contenido.

De hecho, en algunos países de Europa estos objetos también empiezan a hacerse notar, si bien sutilmente. En Francia, España o Alemania hay sitios de internet que ayudan a que se esparza la costumbre, y la gran mayoría de piñatas cuentan con el mecanismo de los cordones, sin la festiva violencia del palo. En tales países ese tipo de modernas piñatas llegan a costar entre cinco y 24 euros. También hay varios sitios en internet para los seguidores europeos del “hágalo usted mismo” en donde se explica cómo hacer una piñata suave y sencilla.

Pero en Los Ángeles, California, la historia es muy diferente. Con casi dos millones de mexicanos –más sus descendientes, cuyo número crece todos los días– las costumbres traídas de su patria hace que florezca una pujante industria piñatera semejante a la de México. Ahí, al igual que en Chicago, Dallas y otras ciudades donde abunda ese folclor, hay tiendas y calles enteras donde se comercia con productos “del mercado de la nostalgia”, como llaman los expertos en marketing y empresarios a ese sector.

 

En la cuna

Al entrar a Acolman, Estado de México, el “pueblo con encanto” como lo denominan sus autoridades y al que historiadores señalan como la cuna de la piñata mexicana, el visitante supone que se topará en sus calles con decenas de talleres y puestos con artesanías. Una estatua de bronce del monje agustino que golpea una piñata corrobora la vocación del poblado. Además es noviembre y la Feria de la Piñata, que reúne cada año a fabricantes y compradores, es ya inminente.

Sin embargo, no hay tal efervescencia. Fue necesario preguntar y tocar un par de puertas para hallar la fuente que genera entre 30,000 y 40,000 piñatas al año: el taller Orzac, de las hermanas María del Rocío y Hana Ortiz Zacarías. En otro taller, Franlu, que maneja otra de sus hermanas en San Marcos Nepantla, a 10 minutos de Acolman, se fabrican otras 15,000 piñatas al año. Todas ellas abastecen la Feria anual.

Lo curioso es que si bien en lo que hoy se conoce como el Ex Convento de San Agustín, en Acolman, se crearon las piñatas hace unos 400 años con el fin de catequizar con su simbología a los naturales de esas tierras, la tradición se perdió con el tiempo y no fue sino hasta que la madre de las hermanas Ortiz, la señora Romanita Zacarías Camacho, “hace más de 20 años tomó un curso que daba una mujer extranjera para hacer piñatas y revivió la tradición”, dice a Contenido María del Rocío.

La fama del municipio, en efecto, fue reavivada. Esta revista consultó a Estefanía Espinoza, del Fondo Nacional para el Fomento de las Artesanías (Fonart) sobre la oferta de piñatas en sus tiendas para los diferentes clientes. “No hemos tenido peticiones para exportar a países como sucede con otras artesanías –informó la funcionaria–, pero las piñatas que tenemos nos las trajeron de Acolman”. En efecto, provenían del taller Orzac, pudo confirmarlo posteriormente Hana Ortiz. Fonart sólo pidió 30 estrellas típicas de siete picos para sus tiendas en el país.

A pesar de su producción, los talleres Orzak o Franlu no hallan aún la manera de vender sus artesanías en el exterior. Las ollas convertidas en grandes estrellas con picos son difíciles de embalar y transportar, ocupan mucho espacio y el flete resulta muy costoso.

 

Los exportadores

Es incierto cualquier cálculo sobre el volumen de piñatas mexicanas que son vendidas en otros países. El organismo que promueve el comercio exterior, ProMéxico, tiene en sus registros sólo a tres empresas que se dedican a ello: Fiestas Mexicanas SA, de Yucatán; G. Marín Exports, de Jalisco, y la neoleonesa Sagui Internacional. Esta última, para aprovechar su capacidad instalada de ensamble, terminados manuales y empaque para tarjetas de felicitación, abrió su abanico hacia la fabricación artesanal e industrial de piñatas que destina a Chicago, Nueva York, Atlanta, Texas o Nuevo México. Hasta hace algunos años la firma regiomontana se decía capaz de fabricar hasta 250,000 unidades anualmente.

Otra empresa que también pretende exportar es Piñatas Zass, de Toluca, Estado de México. Puede hacer 500 piezas diariamente gracias a su experiencia de 30 años y tiene su mirada puesta en la prometedora zona de Los Ángeles. Es de las pocas empresas que sí paga licencias de personajes con copyright como El Chavo del 8, Dora la Exploradora o las princesas de Disney, y debe enfrentarse a los participantes locales de la gran zona de California, como Amazing Pinatas o Piñata District.

Pero hay casos en los que vender fuera de México se da un poco más natural. Por su ubicación, la Piñatería Ramírez, de Reynosa, Tamaulipas, tiene clientes en ambos lados de la frontera. Este taller es célebre por una cualidad particular: su gran oportunismo para confeccionar piñatas basadas en personajes reales y ficticios del momento. El ya famoso artesano Javier Ávalos Ramírez dice a Contenido que luego de 30 años en activo el taller desarrolló un feeling especial para saber qué piñatas hacer, amén de que los clientes piden sus propios diseños.

“Por ejemplo, hemos hecho unas 100 figuras de Donald Trump, pero conozco a alguien en Guadalajara que ha hecho unos 1,000 Trumps este año”, dice Ávalos. Kim Kardashian, Kate del Castillo, el Chapo Guzmán, el Potrillo Fernández o las Tortugas Ninja conviven con las ya clásicas figuras de Mimí, Pepe Le Peau o las princesas. Su precio va de 500 a 1,500 pesos, dependiendo de la complejidad en el diseño.

 

Gran mercado interno

Si bien hay aventureros que quieren vender fuera, el territorio mexicano sigue siendo promisorio para emprendedores que atienden al cliente nacional. Así, el Estado de México concentra buena parte del quehacer piñatero. Se calcula que en la zona de Ciudad Nezahualcóyotl al menos unas 300 familias se dedican a la fabricación de estos objetos durante todo el año. Christian Gael García, chico de 15 años que heredó la tradición piñatera de tres generaciones familiares, comenta a esta revista que en su taller, Piñatas Garci, hacen artesanía de precio módico y venden a mayoristas. “De 30 a 35 pesos es la barata, pero una vestida y adornada la damos en 45 y ganamos más”.

María del Rocío Ortiz, del municipio de Acolman, confirma que no necesita publicitarse más “porque no nos damos abasto. Tan sólo el año pasado vino una persona que dijo: ‘quiero 40,000 unidades económicas’. Quería estrellas de olla para un municipio, para romperlas. Sólo le pudimos dar 30,000”.

Y así como el mercado mexicano sigue siendo rentable, el panorama para exportar a países europeos –donde no habría tanta competencia– se complica debido a lo que comenta Marco Manzanares, un académico mexicano avecindado en Bruselas. Dice a Contenido: “Es obvio que aquí no hay piñatas con el ingenio mexicano para recrear personajes o para decorarlas, son medio simplonas. Pero la dueña de una tienda holandesa llamada Kitsch Kitchen, quien importaba las tradicionales piñatas de picos me contaba que éstas y otros juegos mexicanos no pasaban las reglas sanitarias de la Unión Europea por lo peligroso del metal, el aluminio, pinturas o plásticos tóxicos”.

Con todo, podríamos estar atestiguando la mundialización del concepto de la piñata como objeto celebratorio. Sufrirá adaptaciones, sin duda, y surgirán más versiones plegables para su comercialización que conserven algo la esencia de la piñata tradicional. Y en lo que eso ocurre, aquí, en la patria de la piñata, los fabricantes en esta época de posadas concentran sus baterías en las tradicionales estrellas de siete y cinco picos, las cuales inundan ya los mercados populares, los almacenes y tiendas de todo tipo.

 

 

¿China, italiana, mexica o maya?

La olla de barro, figura de papel periódico, cartón o alambre recubierta con engrudo y papel maché, listones, telas y que contiene frutas, dulces o regalos tiene un origen incierto… o múltiple. Wendy Devlin, en su History of the piñata, refiere que éstas se originaron en China y fue el viajero Marco Polo el primer europeo que vio las figuras de vacas, bueyes y búfalos cubiertos de papel colorido. Él las llevó a Italia, y ahí tomaron el nombre de pignatta o vasija frágil. La historiadora estadounidense refiere que si bien fueron los misioneros de las órdenes franciscana y agustina de España quienes trajeron y adaptaron esta costumbre a México para convertir a los indígenas al cristianismo, ya pueblos nahuas como los mexicas celebraban con algo semejante –los sacerdotes portaban una vasija de arcilla en un mástil, rellena de pequeños tesoros y ricamente adornada con plumas coloridas– al dios de la guerra, Huitzilopochtli. Los mayas, asimismo, practicaban un deporte en el que los jugadores tenían vendados los ojos, mientras intentaban pegarle a una vasija de barro que estaba suspendida en una cuerda.

 

Los símbolos de la piñata

Según registros de historiadores, se afirma que:

  • La olla decorada como estrella representa a Satanás, en su forma más seductora.
  • Los siete conos o picos representan los siete pecados capitales (avaricia, gula, pereza, soberbia, envidia, lujuria, ira).
  • Las estrellas de cinco picos representa la que guió a los Reyes Magos hacia el pesebre de Jesús.
  • Al tapar los ojos de los participantes se refleja la fuerza de voluntad para defenderse del mal: la fe debe ser ciega.
  • Los gritos de los que están alrededor guían al participante, pero otros tratarán de confundirlo con engaños. Simbolizan las falsas direcciones.
  • La piñata se transforma en esperanza, y cuando se rompe vierte sus riquezas desde el cielo que son tomadas por todos, en justa recompensa por mantener la fe.
  • El palo representa la virtud, pues sólo alguien bueno puede vencer al mal.

 

 

José Ramón Huerta

Te puede interesar

Internet de las cosas: mundo conectado y programable

  Todo lo que existe y lo que existirá en el futuro, incluidas las personas, …