facebook@ twitter@ instagram@ youtube@
Inicio / escuela de artes y oficios / Manos inteligentes

Manos inteligentes

 

Cuando se repite el estribillo de que la pobreza se resuelve con educación no se piensa en la enseñanza de oficios, sino en mayor escolaridad.

 

La inteligencia de las manos favorece el desarrollo social y personal. En el tacto y la destreza, los ojos, los oídos, el cerebro y los dedos se coordinan. Producen resultados, y más que eso: autoconciencia. Las manos inteligentes hacen que el ser humano se vuelva más.

El homo sapiens llegó a serlo a partir del homo habilis. Pero la educación formal lo olvida. Se puede sacar un título universitario sin tener habilidades manuales. Y los graduados que las tienen las adquirieron fuera del mundo escolar: en la casa, los juegos, las aficiones, el trabajo.

La vida social se enriquece con los oficios ignorados por el sistema educativo: afiladores, albañiles, bordadoras, carpinteros, cerrajeros, cortineros, cocineras, costureras, electricistas, encuadernadores, enfermeras, estilistas, floristas, fumigadores, grabadores de placas y trofeos, herreros, hojalateros, impresores, jardineros, mecánicos, mecanógrafas, modistas, optometristas, paragüeros, pintores, relojeros, reparadores de aparatos domésticos, rotulistas, sastres, soldadores, tapiceros, tejedoras, vulcanizadores, zapateros y cien oficios más que exigen manos inteligentes.

Hay escuelas de artes y oficios con talleres que permiten aprender con las manos, no sólo con el oído. Pero son vistas como para familias de menores ambiciones. Quizá porque dan cursos no acreditables para un título universitario. Quizá porque son prácticos, no conceptuales.

A principios del siglo xx, un carpintero muy inteligente, Félix F. Palavicini, enseñaba su oficio; conoció a Justo Sierra (cuyo positivismo veía con malos ojos la enseñanza puramente verbal) y lo convenció de que lo enviara a observar la enseñanza de oficios en otros países. A su regreso, le presentó un informe, luego publicado como Las escuelas técnicas de Francia, Bélgica, Suiza, Italia y Japón. Y Sierra le encargó el desarrollo de escuelas técnicas en México.

Había antecedentes. En la Nueva España, el aprendizaje de artesanías impulsado por Vasco de Quiroga fue todo un éxito. En el México independiente, el presidente Ignacio Comonfort fundó la Escuela Nacional de Artes y Oficios.

En el México revolucionario, José Vasconcelos superó a sus precursores en el ministerio de Educación: integró el desarrollo de las manos a la educación formal (no en escuelas aparte). Abrió secundarias con talleres y huertos escolares donde los niños aprendían con trabajos manuales, no sólo con lecciones orales y pizarrón.

Desgraciadamente, el prejuicio antimanual se impuso y la enseñanza práctica fue perdiendo importancia, como se refleja en el hecho de que la Escuela Nacional de Artes y Oficios se transformó en una Escuela Práctica de Ingeniería Mecánica y Eléctrica; finalmente glorificada como Escuela Superior de Ingeniería Mecánica y Eléctrica (ESIME) del Instituto Politécnico Nacional.

Una fantasía bien intencionada sueña con que todo mexicano tenga un título universitario, aunque no sirva para nada. No es una meta realizable ni deseable, pero distorsiona la política educativa, porque la enseñanza se organiza por grados y el énfasis está en graduarse, no en aprender; menos aún cosas prácticas.

Cuando se repite el estribillo de que la pobreza se resuelve con educación no se piensa en la enseñanza de oficios, sino en mayor escolaridad. La demanda de ilusiones es tan poderosa que justificaría una oferta igualmente ilusoria: titular desde el acta de nacimiento. Tendría un costo muy bajo. El título escogido por los padres se registraría como parte del nombre. Habría niños llamados Licenciado José Hernández Pérez o Doctora María Sánchez Martínez.

Una solución menos radical sería que, en el examen de admisión a los estudios universitarios, se incluyera como requisito el dominio de un oficio. Según la leyenda, en la Academia de Platón había un letrero terminante: “No entra el que no sepa geometría”. En la educación superior pudiera ser: “No entra el que no sepa carpintería”.

En Alemania y otros países, con apoyo empresarial, hay sistemas educativos duales (de trabajo y estudio) que acreditan el aprendizaje de un oficio y la experiencia práctica de ejercerlo en la educación superior.

En México, lo realista es la educación para el autoempleo. Hacen falta miles de escuelas de artes y oficios. Y microcréditos para ejercerlos. Más una legislación estratificada que no imponga la misma carga de trámites a los mosquitos que a los elefantes.

Gabriel Zaid

 

 

 

Te puede interesar

Ignacio Torres Adalid, el Rey del pulque

Un empresario muy conocido en la sociedad mexicana, la figura más célebre de la llamada …