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El Cárcamo de Dolores

 

 

 

Esta obra hidráulica, ubicada en el Bosque de Chapultepec de la Ciudad de México, conjuga arquitectura y arte y una historia muy peculiar. Conozca el Cárcamo de Dolores.

 

Un cárcamo es un sitio donde se deposita el agua para que después sea distribuida. Cárcamos han existido por miles de años en todas partes. Sin embargo, puedo decir que soy muy especial, único en el mundo. Mi historia, además de estar marcada por el paso del agua, se entrelaza con la del arte y la historia.

 

Mis muros fueron construidos a mediados del siglo XX para coronar un gran esfuerzo: llevar agua potable a la Ciudad de México. Es curioso, hoy en día abrimos el grifo, lavamos un plato o nuestras manos sin detenernos a pensar en cómo llegó el agua a nuestro hogar, cuántos kilómetros recorrió desde las entrañas de la tierra. Un milagro de la tecnología moderna con sólo girar un llave.

 

Me inauguraron el 4 de septiembre 1951 con el nombre de “Cárcamo de Dolores” aunque algunos me llaman “Cárcamo de Lerma”. Mi arquitecto Ricardo Rivas me ubicó en el corazón del Bosque de Chapultepec en la Ciudad de México. Ricardo era integrante de la Unión de Arquitectos socialistas, y miembro del partido Comunista Mexicano. Con estas credenciales comprenderán que lo rebuscado y superfluo no era para él. Por ello, me construyó con un estilo sencillo, funcionalista influenciado por la arquitectura mesoamericana. Mis columnas y cúpula son de líneas clásicas y elegantes. Si bien por fuera soy especial, mis entrañas me hacen único ya que fueron pintadas en su totalidad por el muralista mexicano Diego Rivera. ¿Se imaginan? Un mural subacuático, me atrevo a decir que hay pocos en el mundo con estas características.

 

Además del trabajo, a Diego y a Ricardo los unía su ideología socialista, trabajaban sin fricciones. Diego eligió para el mural que llevo en mis entrañas el tema “El agua, origen de la vida”, evidentemente. El muralista plasmó entre mis muros cómo surgió la vida en el agua y cómo fue evolucionando hasta llegar al hombre. Ellos hicieron pruebas con diversos materiales para ver cuáles eran las idóneas, finalmente, optaron por el poliestireno.

 

Definitivamente, los muros de un cárcamo no son un lugar común para realizar murales, no por nada el muralista llamaba a mis murales “el encargo más importante de su carrera”. Desafortunadamente, el experimento con el poliestireno no funcionó y los materiales elegidos no resistieron el contacto con el agua. Mis murales se deterioraban rápidamente. Preocupado, Diego se ofreció a repetir el mural en mosaico instalado en placas de cemento, pero ese proyecto no llegó a realizarse.

 

Poco a poco fui deteriorándome. Me llenaba de angustia que tal obra de arte se perdiera. Restaurar mis murales era muy complicado, ya que para poder acceder a ellos había que desviar las aguas del Rio Lerma y sabemos que una obra así, cuesta mucho dinero. Afortunadamente un grupo de particulares y servidores públicos salió a mi rescate. Realizaron una colecta para reunir los fondos necesarios para poder empezar con las modificaciones. Una vez que habían conseguido secar mis muros, comenzó la labor de restaurar los murales. Tarea nada fácil considerando que éstos se habían pasado 42 años bajo el agua. Dos años tardaron en devolverme a mi esplendor original, pero valió la pena. En el año 2002 volví a abrir mis puertas al público.

 

Hoy tengo un nuevo nombre “Museo Jardín del Agua, Cárcamo de Dolores” y formo parte del Museo de Historia Natural y Cultura Ambiental. Junto con la Fuente de Tláloc y la explanada, miro a la gente pasar, corriendo o haciendo ejercicio. Algunos me visitan. Todos se sorprenden. Mis muros guardan un homenaje a los ingenieros y su esfuerzo para que tengamos agua potable, el trabajo de un talentoso muralista y la suma de esfuerzos de muchos para no perder un patrimonio. Como les dije, no todos los cárcamos del mundo pueden presumir de esto.