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Milagros en el Peñón de los baños

 

 

En el oriente de la Ciudad de México se encuentran los baños termales más antiguos de América, localizados a unos metros del aeropuerto y a un costado del Circuito Interior. Nuestro cronista nos lleva de la mano por sus metamorfosis y su historia.

 

El desfile llegaba invariable, intacto, ritual, cada semana. Los martes para más señas. El pedazo de tropa marchando con un tropel de cobijas que se desplegaban en papel de “casita” para preservar las intimidades de don Manuel Romero Rubio, cuya carga de reumas volvía infame la ascensión al cerrito de Tepetzinco.

El suegro del presidente Porfirio Díaz en comunión con el milagro de las aguas prodigiosas que brotaban del lugar donde Huitzilopochtli venció a su sobrino Copil y le arrancó el corazón.

La sangre hizo hervir el líquido.

Conjugado al anhelado milagro a fuerza de repetir devotamente el rito, don Manuel ordenaría la reconstrucción de los baños termales del lugar, al que el pueblo llegaría en dolientes caravanas una y otra vez.

Para entonces, sin embargo, las curaciones milagrosas contra la anemia, la esterilidad, la hidropesía incipiente, los males cutáneos y el reumatismo, ya eran viejas.

Faro náutico

La primera vez, previo permiso del rey de España, Carlos V, fue el capitán Nuño de Guzmán quien se bañara largas horas en el chorrito de agua salitrosa y ácida, para curar los males de su cuerpo.

Antes de ello, el cerro del Peñón, el Peñón de los Baños, el Tepetzinco o pequeño volcán en náhuatl, servía de faro a las embarcaciones que navegaban con proa hacia la ciudad de México-Tenochtitlán.

Durante siglos sería punto de partida para los pescadores de juiles, charales, ajolotes y huevas de mosco, conocidas como ahuautle, las que se cocinaban en tortas con huevo de gallina.

Hasta el siglo XIX el manjar cobijaba el platillo conocido como “revoltillo” o revoltijo.

De ahí partían las pateras a cazar de madrugada para desplumar y enchilar las aves y venderlas en las callejuelas de la Nueva España por la tarde.

La posibilidad alcanzaba también a las chichicuilotas, apipisca y gallinotas.

Recuerdo de gloria

Y el cinco de mayo, a partir de 1862, el Peñón de los Baños, su capilla franciscana dedicada al Cristo Morenito de Tepetzinco, Señor del Peñón o Cristo de la Salud, se estremecía al fragor de los cañones al remedo de la batalla de Puebla.

Zacapoaxtlas contra zuavos, las armas nacionales se han cubierto de gloria.

El verdadero escándalo, empero, llegaría cuando los llanos del Peñón se convertirían en pista de carreras en la que pilotos suicidas corrían a 20 kilómetros por hora.

La escena le aplanó las pistas al aeropuerto Benito Juárez, del que se escapó una colosal nave para estrellarse en la faldas del peñón.

El milagro es que aún está viva la descripción de la marquesa Calderón de la Barca en 1843: “Un cuadro de edificios bajos con una iglesia. En cada edificio cinco o seis baños en cuartitos separados. El camino para llegar ahí es una llanura triste”.

El consuelo de los afligidos.

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